Athena

Editorial de presentación de la Revista Athena, Lisboa, Oct. de 1924



Tiene dos formas, o modos lo que llamamos cultura. No es la cultura sino el perfeccionamiento subjetivo de la vida. Ese perfeccionamiento es directo o indirecto; al primero se lo llama arte, al segundo ciencia. Por el arte nos perfeccionamos a nosotros mismos; por la ciencia perfeccionamos en nosotros nuestro concepto, o ilusión, del mundo.

Como, sin embargo, nuestro concepto del mundo comprende lo que hacemos de nosotros mismos y, por otra parte, en el concepto que formamos de nosotros se contiene el que formamos de las sensaciones por las cuales el mundo nos es dado; sucede que en sus fundamentos subjetivos, y por lo tanto en su mayor perfección en nosotros –que no es sino su mayor conformidad con esos mismos fundamentos– el arte se mezcla con la ciencia, la ciencia se confunde con el arte.

Con tal asiduidad y estudio se empeñan los máximos artistas en el conocimiento de las materias de que han de servirse, que parecen antes sabios de lo que imaginan que aprendices de su imaginación. No escasean, tanto en las obras como en los decires de los grandes sabios, iluminaciones lógicas de lo sublime; en la lección dada por ellos se inventó el dicho, lo bello es el esplendor de lo verdadero, que la tradición rigurosamente errónea, atribuyó a Platón. Y en la acción más perfecta que nos figuramos –la de los que llamamos dioses– amamos por instinto las dos formas de la cultura: los figuramos creando como artistas, sabiendo como sabios, aunque en un sólo acto; pues lo que crean, lo crean enteramente, como verdad, y no como creación; y lo que saben, lo saben enteramente, porque no descubrieron sino crearon.

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Si es lícito que aceptemos que el alma se divide en dos partes –una como material, la otra puro espíritu–, de cualquier conjunto u hombre hoy civilizado, se puede decir que debe la primera a la nación que es o en que nació, la segunda a la Grecia antigua. Exceptuadas las fuerzas ciegas de la Naturaleza, dijo Sumner Maine, todo cuanto en este mundo se mueve, es griego en su origen.

Estos griegos, que todavía nos gobiernan desde más allá de los propios túmulos deshechos, figuraron en dos dioses la producción del arte, cuyas formas todas les debemos, y de que no crearan sólo la necesidad y la imperfección. Figuraron en el dios Apolo la ligazón instintiva de la sensibilidad con el entendimiento, en cuya acción el arte tiene origen como belleza. Figuraron en la diosa Atenea la unión del arte y de la ciencia, en cuyo efecto el arte (como también la ciencia) tiene origen como perfección. Bajo el influjo del dios nace el poeta, entendiendo nosotros por poesía, como otros, el principio animador de todas las artes; con el auxilio de la diosa se forma el artista.

Con este orden de símbolos –y así en esta materia como en otras– enseñaron los griegos que todo es de origen divino, esto es, extraño a nuestro entendimiento y ajeno a nuestra voluntad. Somos sólo lo que nos hicieron ser, y dormimos con sueños, siervos orgullosos en ellos de la libertad que ni en ellos tenemos. Por eso el nascitur que se dice del poeta, se aplica también a mitad del artista. No se aprende a ser artista; se aprende, no obstante, a saber serlo. En cierto modo, con todo, cuanto mayor el artista nato, mayor su capacidad para ser más que el artista nato. Cada uno tiene el Apolo que busca, y tendrá Atenea que buscar. Sin embargo, tanto lo que tenemos como lo que tendremos, ya nos está dado, porque todo es lógico. Dios geometriza, dijo Platón.

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De la sensibilidad, de la personalidad distinta que ella determina, nace el arte por lo que se llama inspiración: el secreto que nadie dijo, el sésamo dicho fortuitamente, el eco en nosotros del encantamiento distante.

La sola sensibilidad, sin embargo, no genera arte; es tan solamente su condición, como el deseo lo es del propósito. Es necesario que a aquello que la sensibilidad suministra se junte lo que el entendimiento le niega. Así se establece un equilibrio; y el equilibrio es el fundamento de la vida. El arte es la expresión de un equilibrio entre la subjetividad de la emoción y la objetividad del entendimiento, que, como emoción y entendimiento, y como subjetiva y objetivo, se superponen, y por eso, conjugándose, se equilibran.

Para nacer, el arte tiene que ser de un individuo; para no morir, tiene que ser como extraño a él. Debe nacer en el individuo por –y no en– lo que él tiene de individual. En el artista nato la sensibilidad, subjetiva y personal, es, al serlo, objetiva e impersonal también. Por donde se ve que en tal sensibilidad se contiene ya, como instinto, el entendimiento; que hay por tanto fusión, y no sólo conjugación, de aquellos dos elementos del espíritu.

La sensibilidad conduce normalmente a la acción, el entendimiento a la contemplación. El arte, en que estos dos elementos se funden, es una contemplación activa, una acción inmóvil. Es esta fusión, compuesta en su origen, simple en su resultado, la que los griegos representaron en Apolo, cuya acción es la melodía. Esa doble unidad sin embargo sólo tiene valor como arte con sus elementos, no solamente unidos, sino equivalentes.

Pobre de sensibilidad y de persona, el arte es una matemática sin verdad. Por mucho que un hombre aprenda, nunca aprende a ser quien no es; si no fuere artista, no será artista, y del arte que finge se dirá lo que Scaliger dijo del de Erasmo: ex alieno ingenio poeta, ex suo versificator, poeta por el ingenio ajeno, versificador por el propio.

Pobre de entendimiento, sin embargo, y de la objetividad que hay en él, en el genio sobresale la locura, en que se funda; en el talento la extrañeza, en que se fundamenta; en el ingenio la singularidad, en que tiene origen. El individuo mata la individualidad.

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En el arte buscamos para nosotros un perfeccionamiento directo; podemos buscarlo temporario, constante o permanente. Nuestra índole, y las circunstancias, determinarán la especie, que es también el grado, de nuestra elección.

Perfeccionamiento temporario, no lo hay sino el del olvido; porque, como forzosamente lo que tenemos de malo está en nosotros, perfeccionarnos temporalmente, esto es, sin perfeccionamiento, no puede ser más que el olvidarnos de nosotros, y de la imperfección que somos. Suministran por naturaleza este olvido las artes inferiores –la danza, el canto, la representación–, cuyo fin especial es el de distraer y entretener, y que, si exceden ese fin, también a sí mismas se exceden.

Perfeccionamiento constante significa, no el perfeccionamiento sino la presencia constante de estímulos para él. No hay estímulos, sin embargo, sino exteriores; serán tanto más fuertes, cuanto más exteriores; serán tanto más exteriores, cuanto más físicos y concretos. Suministran por naturaleza este estímulo constante las artes superiores concretas –la pintura, la escultura, la arquitectura–, cuyo fin especial es el de adornar y embellecer. Constantes como perfeccionamiento, son sin embargo permanentes como estímulos de él; de ahí que sean superiores. Puede este arte, con todo, admitir, como todo lo concreto, una animación de lo abstracto; en la proporción en que, sin desertar de su objetivo, lo hiciere, a sí mismo se excederá.

El perfeccionamiento permanente no puede darse sino por aquello que en el hombre es ya más permanente y más perfeccionado. Operando y animando en este elemento del espíritu se hará el hombre vivir cada vez más en él, se lo hará vivir una vida cada vez más perfecta. Es la abstracción el último efecto de la evolución del cerebro, la última revelación que el destino hizo de sí mismo en nosotros. Es la abstracción, todavía, substancialmente permanente; en ella, y en la operación de ella a que llamamos razón, no vive el hombre siervo de sí, como en la sensibilidad, ni pensador superficial del ambiente, como con el entendimiento: vive y piensa sub specie aeternitatis, desprendido y profundo. En ella, pues, y por ella, se debe efectuar el perfeccionamiento permanente del hombre. Las artes que por naturaleza suministran tal perfeccionamiento son las artes superiores abstractas: la música y la literatura, e incluso la filosofía, que abusivamente se coloca entre las ciencias, como si ella fuera más que el ejercicio del espíritu en figurarse mundos imposibles.

Así, sin embargo, como cualquiera de las artes superiores puede descender al nivel del arte inferior, cuando se dé la finalidad que naturalmente conviene a aquel, así también las inferiores y las concretas pueden, en cierto modo, elevarse al nivel del superior. Así es que todo arte, sea cual fuere su lugar natural, debe tender hacia la abstracción de las artes mayores.

Tres son los elementos abstractos que puede haber en cualquier arte, y que pueden por tanto en él sobresalir: la ordenación lógica del todo en sus partes, el conocimiento objetivo de la materia que él informa, y la excedencia en él de un pensamiento abstracto. En cualquier arte es dado, en mayor o menor grado, que se manifiesten estos elementos, aunque sólo en las artes abstractas, y sobre todo en la literatura, que es la más completa, puedan manifestarse enteramente.

La misma abstracción es también el estadio supremo de la ciencia. Tiende ésta a ser matemática, esto es, abstracta, a medida que se eleva y se perfecciona. Es pues en el nivel de la abstracción que el arte y la ciencia, ambas elevándose, se conjugan, como dos caminos en el pináculo a que ambas tienden. Es éste el imperio de Atenea, cuya acción es la armonía.

Como, sin embargo, toda ciencia, si tiende hacia la matemática, tiende, con eso, hacia una abstracción concreta, aplicable a la realidad y verificable en sus movimientos físicos; así todo arte, por más que se eleve, no puede desprenderse del entendimiento y de la sensibilidad, en cuya fusión se creó y tuvo origen. Donde no hubiere armonía, equilibrio de elementos opuestos, no habrá ciencia ni arte, porque ni siquiera habrá vida. Representa Apolo el equilibrio de lo subjetivo y de lo objetivo; figura Atenea la armonía de lo concreto y de lo abstracto. El arte supremo es el resultado de la armonía entre la particularidad de la emoción y del entendimiento, que son del hombre y del tiempo, y la universalidad de la razón, que, para ser de todos los hombres y tiempos, es de hombre y tiempo ningunos. El producto así formado tendrá vida, como concreto; organización, como abstracto. Esto estableció Aristóteles, de una vez para siempre, en aquella frase suya que es toda la estética: un poema, dijo, es un animal.

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Existe todavía el prejuicio, nacido de prestar atención sólo a las formas inferiores del arte o de prestar atención inferiormente a cualquiera de ellas, de que el arte debe dar placer o alegría. Nadie suponga, olvidando sus grandes fines, que el arte superior deba darle alegría, o, dado el caso que lo satisfaga, satisfacción. Si el arte inferior tiene por deber entretener, si el arte medio tiene por misión embellecer, elevar es el fin del arte superior. Por eso todo arte superior es, al contrario de los otros dos, profundamente triste. Elevar es deshumanizar, y el hombre no se siente feliz donde no se siente ya hombre. Es cierto que el gran arte es humano; el hombre, sin embargo, es más humano que él.

Aun por otra vía el gran arte nos entristece. Constantemente nos señala nuestra imperfección: ya sea porque, pareciéndonos perfecto, se opone a lo que somos de imperfectos; ya sea porque, ni aun siendo perfecto, es la señal mayor de la imperfección que somos.

Debido a esto los griegos, padres humanos del arte, eran un pueblo infantil y triste. Y el arte, acaso, no es más, en su forma suprema, que la infancia triste de un dios futuro, la desolación humana de la inmortalidad presentida.

Fernando Pessoa


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