El prejuicio del orden

Artículo publicado en Eh Real!(número único), Lisboa, 13/05/1915

Entre los varios prejuicios que salpican las tesis de los neomonárquicos sobresale, como gran mancha, el prejuicio comtista del Orden.

Es evidente que por «orden» sus defensores no entienden el mero orden material y ostensible, aquél que guarda la policía. Entienden también el orden en los espíritus, la disciplina íntima de la que resulta el buen funcionamiento, tanto físico como psíquico, del engranaje social. Ellos comprenden, por lo demás, que no existe orden sólo material, que el orden comienza en los espíritus.

Dicho esto, sin embargo, hay que reparar todavía en que el concepto de orden puede ser tomado en dos sentidos, conforme se entienda que existe esencialmente en la propia constitución íntima de las fuerzas sociales o esencialmente sólo en el modo de manifestarse esas fuerzas.


Si se entiende que el orden existe tanto más perfectamente cuanto más perfecta conformidad básica existe en los ánimos, cuanto más íntima y real es la sumisión a la orientación general de la sociedad en que se vive, se llega, como conclusión rigurosa, a este resultado: que el ideal social de los defensores del orden es una sociedad absolutamente nivelada, de la que no puedan emerger valores ni aristocracias. Porque esos valores y aristocracias, o bien han de actuar en el sentido de la orientación general de esa sociedad, o bien en sentido contrario. Si actúan en sentido contrario, son, frente al concepto de orden que examinamos, creadores de anarquía y disolución. Y si actúan en el sentido de la orientación social, actúan, o bien creándola, o bien representándola. Si actúan creándola, se presupone que la mayoría de esa sociedad es una masa inerte y muerta, incapaz de esbozar una orientación social, y en ese caso: ¿cómo pudieron surgir esos valores y aristocracias, y el poder creador que se les supone?, ¿cómo, si la sociedad donde, por hipótesis, existen es una sociedad en la que, por la misma hipótesis, no podrían existir? La hipótesis sólo es admisible si esa «aristocracia» fuera de extranjeros; pero no es, por cierto, un «orden» impuesto por extranjeros el que los nacionalistas quieren defender. Si, por otra parte, esos valores y aristocracias no crean, sino simplemente representan y dirigen una orientación social general, tendremos este absurdo: individualidades superiores, y por lo tanto destacadas, que sólo piensan en subordinarse y apagarse; dirigentes y mandantes con la mentalidad típica de los mandados y de los dirigidos. A este repugnante igualitarismo nos arrastra el concepto de orden, en la primera de sus dos formas posibles.

Pero no es este, tal vez, el «orden» al que los neomonárquicos cantan. Es en el segundo de los dos sentidos apuntados que toman la palabra. El orden existirá, por tanto, no en una servil uniformización de las orientaciones sociales, sino en una preocupación en que sus manifestaciones sean ordenadas. Esto es, cada partido político debe incluir, tácita o expresamente, la preocupación por el orden en su programa.

¿Medirán bien los neomonárquicos las terribles consecuencias sociales que resultarían de tal orientación?

Repárese en qué iríamos a caer. Un partido político cualquiera tendría, además de la preocupación de las teorías políticas que lo hacen tal, la preocupación del orden. Ha de tener las dos preocupaciones con igual intensidad. Porque si está pronto a sacrificar el orden a la realización de sus teorías políticas, no tiene, realmente, la preocupación del orden. Y si está pronto a sacrificar al orden sus teorías políticas, no es propiamente un partido político; puesto que, teniendo tales teorías, las tiene por cierto por esenciales a la Patria o a la Humanidad, y no va a sacrificar la Patria o la Humanidad al Orden, que, en cualquier hipótesis, sólo puede tener valor secundariamente a la Humanidad o a la Patria. Pero, si un partido político tiene con igual intensidad determinadas teorías y la preocupación del orden, él, por tener tales teorías y no otras, está fatalmente llevado a creer que la verdadera realización del orden sólo puede ser obtenida por la verdadera realización de esas teorías. Porque no es de suponer que un partido, que se preocupe por el orden, juzgue que sus principios partidarios están en desacuerdo con él; en ese caso, o no existiría, o sería otro partido. Sigue que la preocupación del orden dará a un partido político una voluntad de dominar y de imponerse absolutamente violenta, visto que es como imprescindiblemente necesario, para el mantenimiento del orden, su dominio, el dominio de los principios que representa. De donde se concluye que la preocupación del orden, en un partido político, eleva sus pasiones al rojo; y que, por lo tanto, en un país donde todos los partidos tengan la constante preocupación del orden, se estará en constante desorden y anarquía social. Ese estado proviene de la excesiva preocupación por el orden.

Queda así hecho harapos el prejuicio del orden, roto por todos lados el papel en que los neomonárquicos envuelven sus teorías de contrabando. Pero esto, con certeza, aunque oriente, no satisfará al lector. Él querrá saber, sin duda, cuál sea, sobre este punto, la verdadera noción sociológica. Es fácil hacerla ver.

El orden es en las sociedades lo que la salud es en el individuo. No es una cosa: es un estado. Resulta del buen funcionamiento del organismo, pero no es ese buen funcionamiento. El hombre normal sólo piensa en la salud cuando está enfermo. Del mismo modo, la sociedad normal sólo piensa en el orden cuando en ella aparece el desorden. El hombre normal, cuando enferma, procura, no simplemente sentirse bien otra vez, sino atacar la enfermedad; apartada ella, de su apartamiento resultará la salud. De nada le serviría sentirse saludable, si esa sensación no proviniese del apartamiento definitivo de la enfermedad, sino sólo de su intermitencia o de una anestesia cualquiera. Semejantemente, en la sociedad: cuando aparece el desorden, la sociedad sana procura inmediatamente, no mantener el orden, que puede ser provisorio o aparente, sino atacar el mal que produjo el desorden. La exclusiva preocupación por el orden es un morfinismo social.

Llevemos hasta el fin esta justísima analogía. En el individuo, la constante preocupación por la salud es un síntoma de neurastenia, o de males psíquicos más graves todavía. En la sociedad, paralelamente, la preocupación por el orden es una enfermedad del espíritu colectivo. Si los argumentos que arriba expuse no bastaran para insinuar esta conclusión en el ánimo del lector, él puede verificar toda la hipótesis, reportándose a las circunstancias sociales en que nació la moderna preocupación por el orden, y a la especie de cerebro donde ella surgió definidamente.

Apareció en un período perturbado y anormal de la política francesa y en plena vigencia de la enfermedad llamada romanticismo. Es, característicamente, una idea romántica.

Su creador filosófico, el infeliz llamado Augusto Comte, toda la vida sufrió de alienación mental.

Fernando Pessoa