[El antiguo tipo de portugués]

António Quadros dice que este texto “es ciertamente de 1922, año de la primera travesía aérea del Atlántico Sur, realizada por Sacadura Cabral y Gago Coutinho, a propósito de la cual fue escrito. Es un texto muy incompleto, pero que expresa bien el entusiasmo que el hecho despertó entre los portugueses. Fernando Pessoa vio en tal hecho «una señal celeste, por aérea, del resurgimiento del país». Cuando el primero de aquellos aviadores, en uno de sus osados vuelos, desapareció en el mar del Norte (15-11-1924), Pessoa le dedicó el poema «Sacadura Cabral», datado en Diciembre de 1924, que publicó en la Revista Athena, Nº 3, de ese mismo mes. Por el estilo, el poema tal vez estaba destinado a Mensagem. Terminaba así: Floriu, murchou na extrema haste; / Jóia de ousar, / Que teve por eterno engaste / O céu e o mar” (Obra em prosa de Fernando Pessoa. Portugal, Sebstianiasmo e Quinto Império. Prefácio, introduções, notas e organização de António Quadros, Mem Martins:Europa-América, 1986 -Livros de bolso Europa-América, Nº 472-, p.48).


A propósito de la primera travesía aérea del Atlántico Sur, por Sacadura Cabral y Gago Coutinho


A un cuando no tuviese el valor que le es propio y directo, como hecho científico y tentativa heroica, el vuelo oblicuo transatlántico de los dos aeronautas portugueses tendría, todavía, la ventaja de suministrarnos, no sólo en sí mismo, sino en sus consecuencias en el país, tres enseñanzas diversas.

La primera, que es aquella que se deriva del propio acto, es más simbólica que evidente. Es como una señal celeste, por aérea, del resurgimiento del país. En este hecho, que, si civilizacionalmente vale poco y no puede ser comparado con la grandeza imperial y fatídica de los descubrimientos, que científicamente vale mucho y humanamente bastante, regresa súbitamente a la superficie de la vida aquel tipo de disposición espiritual que caracterizó y definió a los hombres que establecieron por los descubrimientos nuestro imperio transitorio. Sir Peter Wyche, hablando en el siglo XVII de los portugueses, dijo que eran «tan notables por el estudio del emprendimiento, como por la bravura de emprenderlo». (Lo digo mejor que él, porque el asunto pide más literatura de la que él podía darle. Pero la sustancia de su frase no desaparece en mi interpretación). Lo cierto es que el portugués apareció en la civilización como hombre armónico, mente segura y planificadora, brazo apto para realizar lo que el mismo planeó [Por eso era poeta y guerrero en el tiempo de los cancioneros]. Reunía la audacia y la ciencia que hace de la audacia algo más que un impulso animal de quien no ve. Difería en eso del francés, ajeno por naturaleza a esta armonía, capaz solamente de planear sin grandeza, o de ser grande sin plan, y es por eso que el Destino, cuando quiso dar a Francia un jefe al mismo tiempo grande y lúcido, tuvo que ir a buscarlo a Italia. Difería en eso del italiano, científico, astuto, frío, sin entusiasmo ni propenso al entusiasmo, porque el tipo moderno de italiano, de Garibaldi a Fiume, es una ficción y un remedo, imitado del francés y sin gracia ni personalidad. Difería también del inglés, práctico pero no científico, audaz grosera o elegantemente, pero nunca pensadamente, por lo menos en el fin sino en el acto, de la audacia. Sólo el alemán de Bismarck consiguió introducir de nuevo en la civilización europea, si bien en un nivel inferior, porque la organización de un simple imperio no vale la organización de una expansión imperial basada [...]


Después este portugués desapareció. Vino el portugués a la «antigua portuguesa» que no es a la antigua portuguesa: buen católico, torero, estúpido como una puerta de caja fuerte.

Este en su tiempo pasó también; viene el portugués del siglo XIX, engañado (?) por la política desnacionalizante.

[...][...]

A mitad del siglo pasado, por alguna razón misteriosa, el antiguo tipo de portugués comenzó a reaparecer. Reapareció en literatura, porque la acción no le era propicia. Reapareció principalmente con tres grandes nombres: Antero de Quental, Cesário Verde y Junqueiro. En Antero, si bien sólo en el campo literario, el regreso del tipo portugués antiguo ya es nítido: la profundidad del pensamiento se alía a la gracia de la forma, no por añadidura, sino por fusión orgánica. En Junqueiro, como en Pascoaes después, baja el nivel, tal vez no de la poesía, por cierto de la realización, porque uno no tiene profundidad real de pensamiento y el otro no tiene seguridad artística, sino ocasionalmente. Esta aparición evidentemente es un buen augurio; la gran intuición de Sampaio Bruno de cierto modo lo vio, en la crítica a «Patria» incluida en O Brasil Mental. La aparición de filosofía (verdadera filosofía) en Portugal, con Leonardo Coimbra y Raul Leal, es otro indicio del regreso de ese tipo de portugués, aplicado ahora en otro sentido.

Volvieron a aparecer las condiciones propicias para la manifestación del portugués antiguo, si todavía existiese alguno. Tiene la ciencia muchas ramas, pero sólo en dos de ellas se pueden casar la novedad científica y la bravura personal. Son ellas la exploración polar y el establecimiento científico de la dirección aérea. El primer caso, sin embargo, es más de persistencia y tenacidad que de ciencia o que de arrojo propiamente dicho. Estaba el segundo por primera vez desde los descubrimientos marítimos, hechos contra la hipótesis de mares negros y poblados de monstruos, en las condiciones naturales de tener que aparecer un portugués para ejecutarlo. Y dos portugueses aparecieron. Este comparecer a la llamada de la hora europea tiene un sentido simbólico enorme. El hecho, repito, no es civilizacionalmente grande; nada tiene que se compare con los descubrimientos; este hecho puede establecer la navegación aérea en bases firmes, aquél transformó la faz del mundo, creo un nuevo tipo de imperio, abrió la amplitud de la tierra a la posibilidad conjunta de aquella civilización que hasta allí no se soñara más que concentrada en Europa, o por el Mediterráneo, o hasta Asia Menor.

La segunda enseñanza, que nos suministra este vuelo notable, aparece en sus consecuencias, no ya en él mismo. Es el de la incompetencia de los elementos actualmente representativos de Portugal, primero, para homenajear ese acto, segundo para siquiera comprenderlo, tercero para poder comprenderlo.

Esta ausencia de sentido estético, de sentido intelectual, a veces incluso de sentido moral, se deriva, como fenómeno colectivo de la ausencia de sentido nacional. En efecto, quien no tiene de la propia personalidad, con la que convive constantemente, una noción aproximada y lúcida, ¿qué noción puede tener de las otras cosas?

Pero fue desde el comienzo de la dinastía de los Bragança que se volvió notable la ausencia del tipo portugués, la desaparición de la psicología del portugués de la superficie de la tierra. Hubo siempre, gracias a Dios, patriotas de Portugal; portugueses, dejaron de haber.

Quien no tiene la conciencia cierta de las raíces profundas de su ser, esto es, del pueblo al que pertenece, ¿de qué puede tener certeza o noción?

Esto indigna y rebela. Y merecía el castigo del único periodista que hay en Portugal, porque así sin nombre se puede escribir el nombre del Sr. Hombre Cristo.

Sin embargo, no es sólo la simple falta de educación y de sentido estético, la simple bajeza de sentimientos, lo que se reveló a propósito de estos homenajes. Se revelaron también las causas de esos bajos sentimientos, que son la falta de visión civilizada y la falta de instinto portugués.

Un ejemplo –más dolorosamente flagrante por su constancia y por su inconsciencia– es el modo en que se emplean en el lenguaje de la tribuna y de la prensa, para elogio de contemporáneos de relieve mínimo, los nombres mayores de nuestra historia. Cualquier Afonso Costa (¡y hay tantos!) es el Marqués de Pombal del siglo XX. Cualquier Couceiro es un Nun’Alvares. El despreciable ingreso que hicimos en la guerra europea, como sirvientes de Inglaterra y lacayos de Francia –que es lo que en efecto somos, y por eso era lógico- trajo comparaciones recordando a los descubridores y a los hombres que escribieron el nombre portugués a sangre eterna de este a oeste del Mundo.

Cuando un día un colaborador ocasional del Mundo comparó a França Borges con Nun’Alvares se llegó al límite. Por lo demás, como Nun’Alvares difiere cualitativamente tanto de Couceiro como de F.B., [...]

Lo que hay de despreciable y desgraciado, por inarmónico, en el portugués de hoy, tal cual los principios liberales y otros lo crearon, se revela así constantemente. Se abre un periódico monárquico, se recoge una referencia a la triste figura nacional que fue el Rey Don Carlos, cuyo reinado denotó el abismo de decadencia, de negligencia, y de desidia; ¿y en qué términos se refieren esos periódicos al Señor Don Carlos? En términos en los cuales quien no mire el nombre por cierto juzgaría destinados a referirse al Rey Don João II. Un extranjero, ignorante por completo de nuestra historia, fácilmente pensaría que el período de aquel rey habría sido el del apogeo de nuestros descubrimientos o de la grandeza de nuestro imperio. Los muertos merecen, al menos, el respeto de nuestro pudor al hablar de ellos. Cuando no haya más, que al menos haya eso. ¿Qué se diría de quien enalteciese, en elogios tristes, la grandeza de Antero de Quental como poeta épico, o hablase de la profundidad filosófica de Bernardim Ribeiro?

Paiva Couceiro no escapó [a] ser comparado con Nun’Alvares. El gran Condestable es, por lo demás, de una infelicidad enorme. Cualquier hombre que combate cualquier cosa con cualquier relieve pasa inmediatamente a merecer para nuestros referentes la designación del gran jefe militar medieval.

Estos hombres merecen ser tratados de modo diferente de los políticos y de los ocasionales que andan por las esquinas de ser conocidos mendigando homenajes indirectamente. No se trata de un Afonso Costa o de un Lopes Vieira , que nacieron para vivir de los aplausos externos de los otros, porque, si no fuese para eso, ¿para qué habrían nacido?

Esta gente es gente.

Con el Soldado Desconocido, hecho de menor alcance patriótico, y consagración que comenzaba por estar plagiada de consagraciones extranjeras idénticas, sucedió lo mismo. En todo caso, y a pesar de que nuestra entrada en la guerra europea haya sido realizada en condiciones de inelegancia suprema, que consiguieron hacer de la tragedia de tantas vidas perdidas un episodio vil de política partidaria, la piadosa naturaleza del homenaje debería haber dado en algo más que la inmundicia en que dio.

Hubo cuidado en despertar de todas las maneras el instinto supersticioso del pueblo. La superstición no es más que el recelo de infringir leyes desconocidas del universo. Y como casi todas las leyes del universo, y por cierto las fundamentales, nos son desconocidas, todo cerebro sano es naturalmente supersticioso. Quien reconoce, por instinto o por inteligencia, que en realidad nada sabe del mundo en que vive, ni de las fuerzas que lo mueven, ni cómo se tallan los destinos, quien, con el instinto o con la razón, reconoce que la voluntad humana es un pobre humo sobre el que soplan vientos venidos de la noche, por fuerza ha de ser supersticioso.

De todas las maneras se hizo despertar, en el sentido de crear recelo, la superstición del pueblo. La travesía iba por la mitad y ya se organizaban fiestas para cuando se realizase por entero. Este delirio de esperanza de los necios creció con la llegada a los Rochedos, como si fuera, en verdad, la demostración absoluta de la seguridad de la dirección y el punto donde la travesía comenzaba a estar realmente hecha.

Se dio al avión el nombre fatídico de Lusitania, contra pedidos y protestas.

Los poetas menores, las notoriedades de las fuerzas vivas, todo eso que queda lejos de ser todo, los porteros de todas las consagraciones, los fijos en todos los homenajes, no faltaron, porque una de sus características es no faltar, incluso donde no son deseados ni apropiados.

Armaron arcos, pusieron banderas, prepararon fiestas, no tanto para consagrar lo ya hecho, aunque mucho, sino para consagrar lo que quedaba por hacer, recordando agoreramente aquella célebre medalla que Napoleón mandó a acuñar como celebración de su invasión a Inglaterra, que nunca se realizó.

De tal modo han consagrado los [...]

Las plebes de la inteligencia cercaron de tal modo a los dos aviadores que nadie pudo llegar hasta ellos sin correr el riesgo de ensuciarse en la travesía. Dieron un tono tan definitivamente grosero a los homenajes –con una falta de sentido estético, e incluso moral, tan inconscientemente aflictiva- que quien quisiese prestar homenajes apropiados a los dos marineros tenía que desistir, como habrá desistido. No es la emoción de la plebe, que tiene la elegancia del acto instintivo, la que desmerece la aprobación de la inteligencia. Es lo descomedido de la otra plebe, de aquella que, como dijo el escritor francés, «incluye mucha buena gente», que estropea para siempre.

Así desvirtuado todo, no queda más que protestar, con el conocimiento anticipado de la inutilidad de la protesta.

Y así fue rebajado, ante el país y el extranjero, un hecho digno de gloria por ser grande, de admiración por ser heroico, de respeto por ser patriótico. Dos hombres que habían puesto en emprenderlo una suma de grandes cualidades, a las que no faltaba la modestia y la sumisión instintiva a lo que el Destino quisiera hacer de lo que ellos querían hacer, fueron puestos en el escarnio de la publicidad comercial para servir a los intereses de dos periódicos intelectualmente despreciables y nacionalmente por debajo de adjetivos. Todo el vuelo transatlántico se transformó en un acto de propaganda del Século y del Diário de Notícias. ¿Quién podría creer que el más pequeño designio patriótico hubiera podido forzar esas puertas de hierro con que las empresas del género de aquéllas se defienden de las solicitaciones de la inteligencia y de la nobleza? Uno, el primero, propiedad de un extranjero y envuelto siempre en el batón roto de campañas financieras sin elevación ni escrúpulo; y otro, siervo de una plutocracia sin patria, porque la plutocracia por naturaleza no la tiene; parasitan.

Habituados a consagrar en el mismo tono tipográfico a los actores, a los políticos basureros, nuestros hombres representativos se encuentran desprovistos de cualquier noción de valores que pueda orientarlos en la consagración de un acto realmente grande. Habiendo empleado los adjetivos máximos en los mínimos, tienen que aplicar a los máximos los mismos adjetivos, que ya están mínimos.

Si hubiese en esta gente un resto de equilibrio mental, en el simple conocimiento de su propia nulidad habrían encontrado sin dificultad un modo decente de hacer esta consagración, sin menoscabo de sus adjetivos y de la subgente a quien acostumbran aplicarlos. Habrían sido sobrios en la narrativa, como sobrios en su emprendimiento fueron los dos aviadores. Y de homenajes, a prestar en el fin del viaje concluido, o de algún modo cerrado, se habrían encargado uno o dos de los hombres que todavía valen intelectualmente en Portugal: un Junquiero, un Pascoaes, en la oratoria un João Arroio.

¿No se les habrá ocurrido a los directores de esos diarios Borda-d’Àgua que hay cosas para las que no tienen competencia? ¿Tan alto será el concepto en que tienen su palabra, hablada o escrita, que la juzguen apropiada para todas las ocasiones, adecuada a todos los géneros?

Imagínese que mañana acontezca en Portugal un hecho más alto (por cualitativamente diferente) que el del vuelo transatlántico? ¿Cómo lo consagrarían? ¿Quién lo consagraría?

[...]

Antes de eso, sólo en el Imperio Romano se encuentra una tan justa armonía entre las cualidades de planear y de ejecutar; pero con esta diferencia: que lo que los Romanos planearon y ejecutaron estaba dentro del imperialismo de siempre, era la conquista y la ocupación sabia, la administración ordenada, siendo novedosa allí sólo la perfección de la ciencia administrativa y la notable aplicación a la práctica de la cultura griega y de sus resultados; mientras que en el imperio portugués el elemento cultural, la ciencia, era propia, como la ejecución. Así tuvimos que emplear los tres elementos del plan: la ciencia, la teoría de la práctica, y la práctica.

Más allá del valor que le es propio y directo, como hecho científico y tentativa heroica, el vuelo oblicuo transatlántico de los aeronautas portugueses tiene todavía la ventaja de suministrarnos, no sólo por sí, sino también por sus consecuencias, tres enseñanzas diversas.

La primera, que es aquella que se deriva del propio acto, es más simbólica que evidente. Es como una señal celeste, por aérea, del resurgimiento del país.

Fernando Pessoa