[Reis criticando a Caeiro - II]

[texto dactilografiado, tal vez 1917]

Ricardo Reis


E n estos poemas aparentemente tan elementales, el crítico, si se dispone a un análisis cuidadoso, hora a hora se encuentra en frente de elementos cada vez más inesperados, cada vez más complejos. Tomando por axiomático aquello que desde el principio lo impresiona, la naturalidad y espontaneidad de los poemas de Caeiro, se asombra al verificar que ellos están, al mismo tiempo, rigurosamente unificados por un pensamiento filosófico que no sólo los coordina y concatena, sino que, todavía más, prevé objeciones, antevé críticas, explica defectos por una integración de ellos en la sustancia espiritual de la obra. Así, dándose Caeiro por un poeta objetivo, como es, lo encontramos, en cuatro de sus canciones, expresando impresiones enteramente subjetivas. Pero no tenemos la satisfacción cruel de poder presumir al indicarle que erró. En el poema que inmediatamente precede a esas canciones, él explica que ellas fueron escritas durante una enfermedad, y que, por tanto, tienen por fuerza que ser diferentes de sus poemas normales, dado que la enfermedad no es la salud. Y así el crítico no llega a conducir a los labios la taza de su satisfacción cruel. Si quisiera tener la alegría, un poco menos concreta, de apuntar otros pecados contra la teoría íntima de la obra toda, se ve confrontado por poemas como el (...) y el (...), donde su objeción ya está hecha, y su pregunta respondida.

Sólo quien pacientemente, y con el espíritu dispuesto, lea esta obra puede evaluar lo que esta previsión, esta coherencia intelectual (más todavía que sentimental o emotiva) tiene de desconcertante.

Todo esto es verdaderamente, sin embargo, espíritu pagano. Aquel orden y disciplina que el paganismo tenía, y el cristismo nos hizo perder, aquella inteligencia ponderada de las cosas, que era su privilegio y no es nuestro, está allí. Porque, si falta en la forma, aquí está en la esencia. Y no es la forma exterior del paganismo –repito– lo que Caeiro vino a reconstruir; es la esencia que llamó del Averno, como Orfeo a Eurídice, por la magia armónica (melódica) de su emoción.

¿Cuáles son, en mi criterio, los defectos de esta obra? Dos solamente, y ellos poco empañan su fulgor hermano de los dioses.

Falta, en los poemas de Caeiro, aquello que debía completarlos: la disciplina exterior, por la cual la fuerza tomase la coherencia y el orden que reina en lo íntimo de la Obra. Él escogió, como se ve, un verso que aunque fuertemente personal –como no podía dejar de ser– es todavía el verso libre de los modernos. No subordinó la expresión a una disciplina comparable a aquella a que subordinó casi siempre la emoción y siempre la idea. Se le perdona la falta, porque a los innovadores mucho se perdona; pero no se puede omitir que sea una falta y no una distinción.

Semejantemente, la emoción adolece todavía un poco del medio cristiano en que surgió a este mundo el alma del poeta. La idea, siempre esencialmente pagana, usa a veces un traje emotivo que no le es adecuado. En El Guardador de Rebaños hay un perfeccionamiento gradual en este sentido: los poemas finales –y sobre todo los cuatro o cinco que preceden a los dos últimos- son de una perfecta unidad ideo-emotiva. Yo perdonaría al poeta que hubiese permanecido todavía así esclavo de ciertos pertrechos sentimentales de la mentalidad cristista, si él nunca, hasta al fin de la obra, consiguiese liberarse de ellos. Pero si en cierta altura de su evolución poética, él lo hizo, lo culpo, y severamente lo culpo (como severamente, en persona, lo culpé) de no volver a sus poemas anteriores, ajustándolos a su disciplina adquirida, y si algunos a esa disciplina no se sujetasen, eliminándolos enteramente. Pero el coraje de sacrificar lo que se hizo es el que más escasea en el poeta. Tanto más difícil es rehacer que hacer por primera vez. Verdaderamente, al revés de lo que dice el proverbio galo, es el último paso el que más cuesta.

Así yo encuentro el poema nº (...), tan irritantemente enternecedor para un cristiano, absolutamente deplorable para un poeta objetivo, para un reconstructor de la esencia del paganismo. En este poema se desciende a las últimas bajezas del subjetivismo cristista, yendo hasta aquella mixtura de lo objetivo con lo subjetivo que es el distintivo enfermizo de los más enfermizos de los modernos (desde ciertos puntos de la obra intolerable del infeliz llamado Víctor Hugo hasta a la casi totalidad de la magma amorfo que hace las veces de poesía entre nuestros contemporáneos místicos).

Exagero, posiblemente, y abuso. Habiendo aprovechado la resurrección del paganismo que Caeiro consiguió, y habiendo, como todos los aprovechadores, conseguido el fácil arte secundario de perfeccionar, es tal vez ingrato que me subleve contra los defectos inherentes a la innovación de la que me aproveché. Pero, si los hallo defectos, aunque los disculpe, así tengo que llamarlos. Magis amica veritas.