[Caeiro y los iniciadores]

[texto dactilografiado, tal vez 1917]

Ricardo Reis


I njusto sería –y no sólo injusto, sino también desagradecido– que increpásemos a Alberto Caeiro la poca observancia que ejerce de la forma y de su perfecto equilibrio, y no sólo esto, sino también la disciplina relativamente débil, para tan elevado concepto de las cosas, que emplea en su propia inspiración. Pero a los iniciadores no se puede exigir que, además de lo nuevo que traen, cuiden también de la disciplina de la novedad que acarrean. Aristóteles fue, como sabéis, el primero que formó una noción de la síntesis científica; pero no es su obra el mejor ejemplo de la síntesis rígida como la quisiéramos. Porque inició, su atención quedó detenida en lo que había que iniciar, sin mucho tiempo para emplear en cómo ordenar lo que había traído. Lo que no exigimos de Aristóteles –aunque por fuerza lamentemos su ausencia– no lo hemos de requerir de Alberto Caeiro. Bueno es que se note, con todo, que, de los iniciadores, él es de los menos pecadores en materia de llevar a buen éxito la novedad que trajo.

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Otra cosa todavía, tal vez, cabría que no dejase de explicaros. En lo que escribo, dado que escribo, no es abuso que procuréis la excelencia de la forma y el cuidado de la frase. Es deber de quien practica las letras, aunque sólo sea para enseñanza, cuidar de cómo usa el material de que se sirve. Ahora, en mis páginas no se os deparará copia de elegancias, con que os extasiéis, ni relieve de conceptos, con que mis propios teoremas se realcen. Reparad, sin embargo (y que reparéis en eso me disculpa), en que soy, no un cultor de las letras, que puede, sin perjuicio de su ingenio, poner todo el escrúpulo en cómo escribe, sino apenas un estudioso y un pensador, que no da otro uso a las cualidades de su espíritu que emplearlas en la procura de la verdad y en la observancia de la lógica. Por eso no encontrareis con qué deleitaros en los párrafos de esta exposición; antes bien con qué hastiaros y entregaros al enfado.

[manuscrito]

En este punto quiero que seáis benévolos; no ya, sin embargo, en el estudio de la teoría que voy a exponer, donde el mejor elogio es la atención y la ponderada discordancia; […]

Si bien que no pueda agradar, más aprovecha [...] que el espontáneo y descuidado deleite [...]