[Entrevista a Alvaro de Campos]

[texto dactilografiado, 1919]



Alvaro de Campos
Ingeniero naval y Poeta futurista
concede al [periódico «…»] una entrevista sensacional:
La situación de Inglaterra - La situación de Europa - La situación de Portugal

Puntos de vista originalísimos






L a estadía ocasional en Lisboa, venido de Newcastle-upon-Tyne, de Álvaro de Campos, ingeniero naval de la casa Forsyth y uno de los más célebres colaboradores del celebrado Orpheu, nos sugirió la idea de indagar lo que pensaría del estado actual de cosas en Portugal, sobre todo relacionándolo con el de Europa (y ese era, para nosotros, el punto más interesante), uno de los espíritus más originales y brillantes de la que tal vez ya no se pueda continuar llamando «la nueva generación».

Encontramos a Alvaro de Campos en el Terreiro do Paço, por una coincidencia feliz, cuando iba, todavía con tiempo, a tomar el vapor para el rápido del Algarve. Y nuestra primera pregunta, pasados los saludos iniciales, fue esta:



– ¿La situación actual en Inglaterra?

– Muy mal industrialmente hoy, y por tanto muy mal políticamente mañana.

La crisis industrial deriva de causas, algunas antiguas, otras modernas, de causas algunas económicamente ciertas, otras económicamente ficticias. El mal es radical. Los gobiernos han sido de una notable incapacidad en la solución de los principales problemas con que han sido confrontados: el problema industrial propiamente dicho, el problema del desempleo, el propio problema de la vivienda. Gran Bretaña continúa entreteniéndose demasiado con las viejas ficciones políticas, reliquias de una época extinta. Todavía hay mucha gente en Inglaterra que tiene en lo íntimo del alma la convicción de que una elección general es una cosa del género y de la categoría de una ley de la naturaleza, y de que «voluntad del pueblo» es frase que comporta alguna especie de sentido. Lo que hay de más extraño en los individuos políticos es lo poco que consiguen aprender con la flagrante experiencia. Se les meten en la cabeza ciertas ideas y atraviesan la vida con esas ideas, aunque la experiencia cotidianamente las desmienta. Mientras el desmentido no sea violento –y así sucede en todas las sociedades en que, como la inglesa, no se está en estado revolucionario–, el apego a las viejas fórmulas y a las ficciones muertas persiste, sueño idiota de los buenos tiempos, en que estas ideas eran tan falsas como son hoy y tampoco a nadie le importaba.


Los políticos de estos países pacíficos y conservadores me dan la impresión, cuando se aproxima a ellos un período de agitación y de revolución, de hombres que quisiesen andar sobre el agua por la razón del agua presentar, como la tierra, una superficie lisa. Emplean la experiencia de un pasado que fue una cosa para que les sirva en un futuro que es otra cosa. Si leen historia, la leen como si fuese sólo libros, y no cosas que sucediesen. Estoy seguro que un inglés tiene la idea oscura de que guerra civil y revolución son, en Inglaterra, cosas que se dieron en el siglo XVII, como si las cosas fuesen los números de las fechas y por eso no se pudiesen volver a dar.

Los políticos ingleses, que son inteligentes para los problemas secundarios y de una estupidez crasa para los problemas fundamentales, están convencidos, y con ellos gran parte de los periódicos, de que la «mayoría» del proletariado, del proletariado «sano», como ellos dicen (la frase, es claro, no quiere decir nada), no está con los comunistas. Es para impacientar a un cristal este modo de pensar. ¿Qué diablos importa que la mayoría del proletariado «esté» o «no esté » con los extremistas, cuando los extremistas llevan a esa mayoría pasiva hacia donde quieren? ¿Qué diablos importa que la mayoría del proletariado no concuerde con el extremismo, si la mayoría del proletariado no está organizada, y el comunismo inglés lo está? ¿Qué importa la opinión de esa «mayoría», si ella piensa políticamente, y el comunismo revolucionariamente? En tiempos de paz y de elecciones generales (y los políticos ingleses creen que las elecciones generales son la llave del universo), está bien que un millón de electores valga más que diez mil electores. Pero en tiempos de guerra un millón de personas organizadas para la paz no vale un ejército de diez mil hombres expresamente organizado para la guerra. Los políticos ingleses juzgan que las revoluciones no se pueden hacer si la mayoría del país no quiere; cuando las revoluciones, para que se hagan, exigen solamente una minoría audaz organizada para hacerlas, y capaz de hacerlas. La masa del país nunca importa. ¿Cree alguien que el «pueblo» hace revoluciones? ¿Alguien cree que el régimen ruso actual es mayoritario? ¿Por qué hay tanta gente estúpida en el mundo, sabe el señor?

La mayoría es esencialmente espectadora. Las propias elecciones, dada la complejidad y el costo de la maquinaria electoral, nunca pueden ser ganadas sino por partidos electoralmente organizados. El elector no escoge lo que quiere; escoge entre esto y aquello que le dan, lo que es diferente. Todo es oligárquico en la vida de las sociedades. La democracia es el más estúpido de todos los mitos, porque ni siquiera tiene carácter místico.

– ¿Qué piensa de la cuestión social?

– No hay cuestión social –creo que es «cuestión social» como las bestias dicen– en parte ninguna. Europa es hoy el teatro de un gran conflicto, de un conflicto ligeramente triangular. Están en guerra, en el mundo, dos grandes fuerzas: la plutocracia industrial y la plutocracia financiera. La plutocracia industrial con su tipo de mentalidad organizadora, la plutocracia financiera con su tipo de mentalidad especulativa; la industrial con su índole más o menos nacionalista, porque la industria tiene raíces, y liga por tanto con las otras fuerzas que las tienen, la financiera con su índole más o menos internacional, porque no tiene raíces, y no liga por tanto sino consigo misma o, en este caso, sólo con aquella raza prácticamente privilegiada que, a través de la finanzas internacionales, se puede decir que hoy, sin tener patria, gobierna y dirige las patrias todas.

– ¿Pero las fuerzas proletarias, el bolchevismo, el radicalismo?

– Esos son mitos. No hay corrientes proletarias, no hay bolchevismo (ni en Rusia), no hay radicalismo en ninguna parte. Todo eso es la otra cara de la plutocracia financiera, y está probadamente dirigido y financiado por ella. No hay ningún movimiento de orden radical que no sea movido, en última causa, por el Frankfurter Bund o por cualquier otro organismo derivado de la Internacional Financiera, que es la auténtica internacional. Los obreros son todos unos idiotas, y sus jefes, o idiotas también, o locos; todos son elementos esencialmente sugestionables, instrumentos inconscientes de fuerzas de cuya existencia muchos de ellos ni siquiera sospechan. En el congreso reciente de las Asociaciones de Clase inglesas (Trade Unions), fueron votadas varias mociones de carácter extremista; pero es singular que todas ellas apuntan a cosas que dejan libre al «capitalismo» internacional. La ejecución de los principios consignados en estas mociones importaría la ruina de la industria inglesa, y la del imperio británico; dejaría en pie, no obstante, a todas las fuerzas y medios de acción del auténtico capitalismo, de las finanzas internacionales. ¿No es interesante este extremismo? Fue precipitada, se dijo, la redacción de esas mociones; pero es curioso que la precipitación nunca alcanzó al fenómeno máximo del capitalismo siendo todas ellas dirigidas contra el capitalismo...

– ¿Y la situación en Portugal?

– Portugal es una plutocracia financiera de especie asneril. Es, como todos los países modernos, excepto Italia tal vez, una oligarquía de simuladores. Pero es una oligarquía de simuladores provincianos, poco industriados en la propia histeria postiza. Nadie engaña ya a nadie, lo cual es tristísimo, en la tierra natal del Cuento del Vicario. No tenemos más que a los embusteros de plaza como prueba de cualquier supervivencia de las cualidades de impostura de la nación. Pero un país sin grandes embusteros es un país perdido, porque la civilización, en cualquiera de sus niveles, es esencialmente la organización de la artificialidad, esto es, de la mentira. «Quien no engaña no come», es ésta la forma sociológica de un proverbio que el pueblo no sabe decir, porque el pueblo nunca sabe decir nada. Por lo demás, la sociología tampoco existe.

–¿Asistió a alguna sesión del juzgamiento del 18 de Abril?

– ¿Para qué? Las farsas no me divierten. El 18 de Abril –en que, además, no surgió un solo elemento intelectualmente superior, ni un jefe, porque ser jefe no es ser vencido– fue simplemente el conflicto entre dos corrientes que, con igual intensidad, presentemente agitan Portugal. Hay hoy en Portugal dos corrientes perfectamente definidas: la que halla insoportable este estado de cosas; y la que descree de todos los procesos revolucionarios para resolverlo. Esas dos corrientes chocaron el 18 de Abril y venció la segunda. He ahí todo. El resto es una farsa de cuestiones personales que no interesa sino a los idiotas. Los hombres no importan, de un lado o de otro; lo que importa son las corrientes esenciales, que esos hombres, de un lado y de otro, de una manera o de otra, transitoriamente encarnan. ¿Qué importa que fulano hubiese dado su palabra de que haría esto o aquello, o alguien supusiese tener por oído decir a mengano, que parece que él supiera de zutano, que esa palabra estaba dada? Lo que importa es el conflicto del país consigo mismo, la guerra civil en el alma nacional. El país hoy quiere dos cosas al mismo tiempo: quiere cambio, y no quiere revoluciones. Es la cuadratura del círculo a resolver in anima vili .

– ¿ Qué hay que hacer, entonces?

– ¿Para salvarnos? Adherir anticipadamente al futuro imperio de Israel. Los judíos tienen ganada la primer batalla; la ganaron en Moscú, como allí la perdió Napoleón. A su debido tiempo ganarán también su Waterloo. La civilización europea actual está moribunda. No es el capitalismo, ni la burguesía, ni ninguna otra de esas fórmulas vacías lo que está muriendo, es la civilización actual: la civilización grecorromana y cristiana. Ya nada la puede salvar. Podríamos pensar, un tiempo, en salvarnos con la plutocracia industrial, ¿pero cómo, si la plutocracia industrial está cayendo, si está cayendo en provecho de la plutocracia financiera?

– ¿Pero cómo es que adheriremos anticipadamente al futuro imperio de Israel, suponiendo que él venga?

– Desintegrando intencionadamente todas las fuerzas contrarias, esforzándonos por desmembrar la industria nacional, por destruir lo poco que resta de influencia católica (excepto ritualmente no es gran cosa); por sustituir con una cultura técnica a la cultura clásica, por desintegrar la familia en su sentimiento tradicional...

– ¡Pero eso es monstruoso! ¿Y usted, un ingeniero, habla de desintegrar la industria?

– Es monstruoso, lo es; la vida es frecuentemente monstruosa. Y en cuanto a mí, ingeniero, hablar sobre desintegrar la industria, no me refiero a la industria sino como industria nacional. No digo «desintegrar la técnica». Debemos crear la humanidad de los técnicos... Algo de esto –antes de toda la orientación en este sentido que ha surgido dentro del bolchevismo, dirigida desde arriba, desde afuera, y por mano de maestro– yo ya había proclamado en esencia en mi Ultimátum de 1917, publicado en el único número del Portugal Futurista, ese mismo año.

– ¡Pero eso es bolchevismo!

– Es y no es. No es bolchevismo porque nada hay aquí de interés por las plebes, por los obreros, que deben ser reducidos a una condición de esclavitud todavía más intensa y rígida que aquella a que ellos llaman la «esclavitud» capitalista. La masa humana debe ser compelida a amalgamarse en una clase compuesta del actual proletariado y de los restos de las clases medias.

– ¿Pero que tiene que ver el imperio de Israel con el imperio de los técnicos?

– Esencialmente, nada. Pero el único imperio que puede haber es el de Israel, y la única manera de realizar hoy un imperio es utilizando la técnica, que es la característica distintiva de nuestra época. Si se ve bien, una cosa es imperio, propiamente dicho, otra cosa el proceso por el cual se mantiene y conserva.

Todas las civilizaciones, parece, nacen de un dominio de una nación sobre otra, de una clase sobre otra. Un viejo sociólogo, de los más notables, aunque olvidado, Stuart Glennie, expuso hace unos buenos treinta años esta teoría. Déjeme ver... Tal vez recuerde su definición de civilización, obtenida a través del examen más exhaustivo que se puede hacer de los mitos y de los usos primitivos.

– Nos pareció siempre que esa historia del «judaísmo» y del peligro judío era un delirio de fanáticos...

– En algunas de sus manifestaciones, lo es. Pero en esencia no es delirio ninguno. Delirio sería, sin duda, el de alguien que en tiempos de Tiberio o de Nerón se le hubiera ocurrido decir que el Imperio Romano corría riesgo de ser absorbido, conquistado, por una oscura secta judaica llamada cristianismo (...)