[La lucha por la libertad]

[texto dactilografiado]

Antonio Mora


Regreso de los Dioses

El hecho, sin embargo, es que la libertad en sí nada vale; valen dos cosas relacionadas con ella. La primera es el fin al que apunta, que es la acción útil del espíritu constructivo. La segunda es la conquista de la libertad.

Las grandes épocas de la historia son aquellas en que los pueblos lucharon por la libertad, no aquellas en que la obtuvieron; éstas sólo están encima de las épocas de bajo despotismo, y están encima, tal vez, solamente por el confort, y por nada más. Puede el lector buscar en la historia los ejemplos que quiera. Bastará que citemos uno solo. ¿Cuál es la época más valiosa en la historia inglesa, más productora de grandes hombres y de grandes cosas: la actual, en que la libertad está conquistada, o la que va de la época de Enrique VIII a la de Carlos II, donde se trabaron los combates por la libertad? Incluso la época actual, con las libertades conseguidas, ¿valdrá, en cualquier campo salvo en el de las libertades conseguidas, la época contemporánea de la Revolución Francesa y que acabó, propiamente, en la Reforma Parlamentaria de 1832?

No obstante hay que distinguir. Es fecunda la época en que se combate contra la opresión verdadera, contra una opresión que viola la acción de las leyes sociales; no es fecunda aquella en que se combate contra una opresión que no es, al fin y al cabo, sino la de las propias leyes sociales. Por eso el combate contra Carlos I en Inglaterra fue fecundo, y no lo es el combate contra el capitalismo y contra la propiedad individual, que se intenta hoy.

Libertad es un término negativo: significa ausencia de opresión, ausencia de compulsión directa. Erigir en principios positivos elementos puramente negativos, saludablemente negativos, fue el error de la Revolución Francesa. Por eso todo combate contra la opresión verdadera es un combate por la libertad; mientras que un combate por la opresión supuesta es sólo un combate por la indisciplina.

La libertad, en el sentido de libertad individual, es un error; la libertad que vale es la libertad colectiva, o, mejor, la libertad que consiste en la igualdad ante la ley, en la libertad de cada cual en su ocupación, y en la […]

Pero, una vez conquistada la libertad sana, nadie puede mandar a los pueblos a detener la marcha, que seguidamente comienzan, hacia una libertad mórbida. Mientras haya mundo hay leyes que pesan sobre nosotros, y, creado que sea el espíritu de revuelta, que es de la sustancia del hombre social, no lo podremos (como no podemos) hacerlo parar, habrá ese marcha, conseguida la libertad real, hacia la ficticia, porque, tornada positiva la idea de libertad, ella pronto se presenta como fin, en vez de medio, y el hombre pasa a buscar ser libre en aquellas cosas donde la propia constitución de la sociedad no permite que lo sea. Y así comienza la decadencia. Porque la decadencia es inevitable en las sociedades, como la muerte en todo cuanto vive, y lo que está compuesto de vidas, forzosamente que vive, sea organismo el nombre que le demos, sea persona social, sea otro nombre cualquiera.

El progreso indefinido es uno de los más absurdos, anti-históricos y anti-científicos de los dogmas revolucionarios.