[El sensacionismo: arte y vida moderna]

[textos dactilografiados, tal vez 1916]


C

uando en marzo de 1915 surgió en Lisboa la revista Orpheu, tuvo, por parte de la gente que representa entre nosotros aquello a que en otros países se llama crítica, una acogida adversa y escandalosa. El resultado fue, como se sabe, que esa revista constituyó un suceso de librería. El mismo orden de manifestaciones acogió la aparición del segundo número, salvo que determinadas piezas literarias, que ese número contenía, llevaron a un auge de indignación dispersa la adversa opinión popular a su respecto.

Orpheu pasó para las revistas de año, y hacia los acasos de las conversaciones particulares. Un incidente pintoresco, acontecido con uno de los periódicos de Lisboa, vino a ornamentar de escándalo político el éxito espléndido de la revista.

Algunas personas, sin embargo, habrá habido que pensasen decentemente sobre el asunto. Ciertas curiosidades civilizadas, emergiendo en nuestro medio de carbonarios y gatunos políticos, quisieron de veras saber a qué venía esta revista. No podían creer que fuese una pura blague, dado que le sentían demasiada fuerza para ser solamente eso. Pero sus cerebros, desacostumbrados todavía a las manifestaciones originales y europeas de la literatura, no podían, al mismo tiempo, juzgar enteramente seria esa tentativa.

Urgía, pues, que a aquella parte del público lector que manifestó, aunque que sólo para sí misma, este interés, los sensacionistas diesen la satisfacción de una explicación integral. Este libro apunta a ese fin. En él procuraremos exponer lo que sea, en toda su opulenta complejidad, el movimiento sensacionista portugués.

¿Qué es, pues, el sensacionismo?


Fundamentos del sensacionismo

1) El Sensacionismo difiere de todas las actitudes literarias en ser abierto, y no limitado. Mientras que todas las escuelas literarias parten de un cierto número de principios, asientan sobre determinadas bases, el Sensacionismo no asienta sobre base ninguna. Cualquier escuela literaria o artística halla que el arte debe ser determinada cosa; el Sensacionismo halla que el arte no debe ser determinada cosa.

Así, mientras que cualquier corriente literaria tiene, en general, por característica, excluir a las otras, el Sensacionismo tiene por característica admitir a todas las otras. Así, es enemigo de todas, dado que todas son limitadas. El Sensacionismo acepta a todas, con la condición de no aceptar a ninguna separadamente.

El Sensacionismo es así porque, para el Sensacionista, cada idea, cada sensación a expresar ha de ser expresada de una manera diferente a aquella que expresa otra. ¿Hay reglas, sin embargo, dentro de las cuales esa idea o sensación tiene, básicamente, que ser expresada? Sin duda que las hay, y ellas son las reglas fundamentales del arte. Son tres:

1a. – Todo arte es creación, y está por tanto subordinado al principio fundamental de toda creación: crear un todo objetivo, para lo que es preciso crear un todo parecido a los todos que hay en la Naturaleza, esto es, un todo en que haya la precisa armonía entre el todo y las partes componentes, no armonía acabada y exterior, sino armonía interna y orgánica. Un poema es un animal, dijo Aristóteles; y así es. Un poema es un ente vivo. Sólo un ocultista, es claro, puede comprender el sentido de esa expresión, no es permisible, tal vez, explicarla muy detalladamente, o más que la nada que ya se dijo.

2a. – Todo arte es expresión de algún fenómeno psíquico. El arte, por tanto, consiste en la adecuación, tan exacta cuanto quepa en la competencia artística del autor, de la expresión a la cosa que quiere expresar. De donde se deduce que todos los estilos son admisibles, y que no hay estilo simple ni complejo, ni estilo extraño ni vulgar. Hay ideas vulgares y ideas elevadas, hay sensaciones simples y sensaciones complejas; y hay criaturas que sólo tienen ideas vulgares, y criaturas que muchas veces tienen ideas elevadas. Conforme a la idea, el estilo, la expresión. No hay para el arte criterio exterior. El fin del arte no es ser comprensible, porque el arte no es propaganda política o inmoral.

3a. – El arte no tiene, para el artista, fin social. Tiene, sí, un destino social, pero el artista nunca sabe cuál es, porque la Naturaleza lo oculta en el laberinto de sus designios. Explico mejor. El artista debe escribir, pintar, esculpir, sin mirar a otra cosa que a lo que escribe, pinta, o esculpe. Debe escribir sin mirar hacía fuera de sí. Por eso el arte no debe ser, intencionadamente, moral ni inmoral. Es tan vergonzoso hacer arte moral como hacer arte inmoral. Ambas implican que el artista descendió a preocuparse con la gente de allá afuera. Tan inferior es, en este punto, un autor de sermones católico como un triste Wilde o D'Annunzio, siempre con la preocupación de irritar a la platea. Irritar es un modo de agradar. Todas las criaturas que gustan de mujeres saben eso, y yo también sé.

El arte tiene, sin embargo, un resultado social, pero eso tiene que ver con la Naturaleza y no con el poeta o el pintor. La Naturaleza produce determinado artista para un fin que ese mismo artista desconoce, por la simple razón de que él no es la Naturaleza. Cuanto más quiera dar un fin a su arte, más se aparta del verdadero fin del arte, que él no sabe cuál es, pero que la Naturaleza escondió dentro de él, en el misterio de su personalidad espontánea, de su inspiración instintiva. Todo artista que dé a su arte un fin extra-artístico es un infame. Es, además de eso, un degenerado en el peor de los sentidos que la palabra no tiene. Es, además de eso, y por eso, un antisocial. La manera de colaborar útilmente el artista en la vida de la sociedad a la que pertenece, es no colaborar en ella. Así le ordenó la Naturaleza que hiciese, cuando lo creó artista y no político o comerciante.

El buen funcionamiento de cualquier sociedad depende, como hasta algunos periodistas ya saben, de la perfecta división de trabajo cuando el miembro de un grupo del trabajo social procura añadir a su trabajo como tal miembro elementos pertenecientes al trabajo de otros. Cuando el artista procura dar un fin extra-artístico a su arte, da un fin extra-artístico a su personalidad, y la Naturaleza, que lo creó artista, no quiso eso.

La indiferencia para con la Patria, para con la Religión, para con las llamadas virtudes cívicas y los pertrechos mentales del instinto gregario no son sólo útiles, sino que son absolutamente deberes del Artista. Si esto es amoral, la culpa es de la Naturaleza, que lo mandó a crear belleza y no a sermonear a alguien.

Cuanto más instintivamente se hiciere esa división del trabajo social, más perfecto será el funcionamiento de la sociedad, porque, siendo instintiva esa división, mayor revela ser el estado de espontánea adaptación de la sociedad a la vida que tiene que vivir. Por eso el artista debe eliminar de sí cuidadosamente todas las cosas psíquicas que no pertenecen al arte.

Es perfectamente lógico que un artista exalte la decadencia en su arte y que un político exalte la Vida y la Fuerza en su política. Es, incluso, así que debe ser. No se admite que un artista escriba poemas patrióticos, como no se admite que un político escriba artículos antipatrióticos.

¿Cuál es, no obstante, la relación que existe entre el modo de escribir que, frente al público y los “críticos”, ha tipificado el Sensacionismo y esta tesis que exponemos? Si el Sensacionismo es esta cosa liberal, amplia, acogedora, que apuntamos, ¿en qué es que no es errado (porque no lo es) llamar Sensacionismo, considerar como típicamente Sensacionista, a esa corriente extraña a la que pertenecen la mayoría de las composiciones de Orpheu, los libros de Sá-Carneiro, excepto Principio, y otras composiciones análogas?

Es muy simple.

Dijimos que uno de los principios sobre los que asentaba el Sensacionismo –a pesar de, es claro, no asentar él en principio ninguno– es el de estar la expresión condicionada por la emoción a expresar. Dijimos que cada idea, por su virtualidad íntima, por su simplicidad o índole compleja, impone que se exprese de modo simple o complejo. Esta tesis –que es la verdadera tesis artística– abarca y admite todas las especies de expresiones, desde la más simple cuadra popular, que sólo puede ser expresada en ese lenguaje y que sería mucho peor expresada si fuese expresada en lenguaje más complejo, hasta la más avanzada desarticulación de lenguaje lógico que se encuentra en las páginas de Orpheu. Acontece que la generación a la que pertenecemos –merced a razones civilizacionales que sería tan ocioso, como excesivo, pasar a exponer– trae consigo una riqueza de sensación, una complejidad de emoción, una tenuidad y entrecruzamiento de vibración intelectual, que ninguna otra generación nació poseyendo. Véase. Sobre una vida social agitada, directa como intelectualmente, por las complejas consecuencias de la irrupción en la práctica de las ideas de la Revolución Francesa, vino a caer todo el complejo y confuso estado social resultante de la proliferación siempre creciente de las industrias, del enjambre cada vez más intenso de las actividades comerciales modernas. El aumento de las facilidades de transporte, el aumento de las posibilidades del confort y del lucro, el crecimiento vertiginoso de los medios de diversión y pasatiempo –todas esas circunstancias, combinadas, interpenetradas, actuando cotidianamente, crearon, definieron, un tipo de civilización en la que la emoción, la inteligencia, la voluntad, participan de la rapidez, de la inestabilidad y de la violencia de las manifestaciones propia y diariamente típicas del estadio civilizacional. En cada hombre moderno hay un neurasténico que tiene que trabajar. La tensión nerviosa se volvió un estado normal en la mayoría de los incluidos en la marcha de las cosas públicas y sociales. La hiperexcitación pasó a ser regla.

El aumento de las comunicaciones internacionalizó fácilmente todo esto, con el auxilio que trajo el aumento de la cultura y de la capacidad de cultura, que es otra cosa y más importante para el caso. De modo que ese estado de espíritu, que, de por sí, parece que debía caracterizar solamente a los países en el auge de la vida industrial y comercial fue a parar a otros, más apagados y quietos, y de un lado al otro de Europa una red de nervios define el estado de las almas en esta Hora de fuego y tinieblas.

Si todo esto hubiese acontecido en una época de bases sólidas, el resultado sería de menor relieve. Pero acontece en un período en que se sufre todavía de la disolución de los antiguos regímenes, en que la muerte tocó al principio monárquico, en que el gusano de la crítica desmoronó del todo el edificio de la fe religiosa. Fue más lejos, después, el efecto del espíritu crítico: como era fatal que aconteciese, se volvió sobre los ídolos que mal irguiera, las fuerzas defensoras de las ideas antiguas lo tomaron como arma contra las ideas nuevas. Y, así, a la confianza en la ciencia, que caracterizara el período darwinista del siglo ido, a la actitud positiva en que cristalizara la mentalidad coetánea de los descubrimientos, diariamente realizados, de la física y de la química y de la biología, le siguió una crítica a esas mismas ideas, una inquisición sobre las bases en que esas nuevas fórmulas asentaban. Se preguntó qué mayor razón para la certeza tenía la metafísica de la ciencia que la metafísica de la creencia: la respuesta fue la actitud pragmatista, la actitud neoespiritualista, las innumerables formas de actitudes religiosas, desde el neocomtismo católico al neotomismo de la misma secta, desde la filosofía religiosa de un Ritschl a la de uno u otro low o broad churchman en la Inglaterra teológica y pseudo-racionalista. El desarrollo de la sociología, que, aunque todavía no sea una ciencia es ya, con todo, tanto un almacenaje de hechos como una dirección del espíritu científico, vino a sacudir más la seguridad de los científicos de las dos generaciones anteriores. El papel social de las religiones, la (por lo menos aparente) absurdidad de los lemas fraternitarios e igualitarios, pasaron a ser asunto de duda. La rapidez, la precipitación de la época coloreaban todo. Y, así, difícil, cada vez más difícil, se volvía divisar, a través de la polvareda de la literatura y de la ciencia de las columnas de periódicos, cuáles las fuerzas eternas operando, cuáles los hombres dignos de guiar hoy, cuáles las permanencias, las seriedades, los sostenes y los apoyos.

De modo que llegamos a una época singular, en que nos aparecen todas las características de una decadencia, conjugadas con todas las características de una vida intensa y progresiva. La moral familiar y social descendió al nivel de la decadencia del imperio romano.

Con el mercantilismo político, la disolución nacional llegó al fondo. Pero, a la par de todo esto, progresaban las industrias, se multiplicaba el comercio, la ciencia continuaba descubriendo, día a día las comodidades aumentaban y las complejidades de la vida se volvían más complejas. Sólo había un fenómeno inequívoco, como distintivo de una decadencia: el rebajamiento en el nivel de los hombres representativos. Nadie, en la literatura, en el nivel de los grandes románticos, o aun de los maestros realistas. En el arte, idéntica penuria. En la política, lo mismo. Y así, en todo. En la propia ciencia, tan inferior en su nivel, y tan típica del siglo, el mismo desnivel, el mismo desgaste en la superioridad de los hombres conductores.

Así, cada uno de nosotros nació enfermo de toda esta complejidad. En cada alma giran los volantes de todas las fábricas del mundo, en cada alma pasan todos los trenes del globo, todas las grandes avenidas de todas las grandes acaban en cada una de nuestras almas. Todas las cuestiones sociales, todas las perturbaciones políticas, por poco que por ellas nos preocupemos, entran en nuestro organismo psíquico, en el aire que respiramos psíquicamente, pasan a nuestra sangre espiritual, pasan a ser inquietamente nuestras como cualquier cosa que sea nuestra.

¿Cuál es el arte que debe corresponder a este estado de civilización?

Vimos ya que el papel del arte es el de, al mismo tiempo, interpretar y oponerse a la realidad social coetánea suya. (This must have been well determined before.)

¿Cómo interpretar esta época, oponiéndosele?

Tres maneras son posibles.

Como vimos, podemos dividir las características de la época actual en tres grupos. Tenemos la decadencia proveniente de la falencia de todos los ideales pasados e incluso recientes. Tenemos la intensidad, la fiebre, la actividad turbulenta de la vida moderna. Tenemos, finalmente, la riqueza inédita de emociones, de ideas, de fiebres y de delirios que la Hora europea nos trae.

El arte moderno debe por tanto:

1) o cultivar serenamente el sentimiento decadente, escrupulizando en todas las cosas que son características de la decadencia: la imitación de los clásicos, la limpidez del lenguaje, el cuidado excesivo de la forma, características de la impotencia de crear;

2) o, esforzarse por vibrar con toda la belleza de lo contemporáneo, con toda la ola de máquinas, comercio, industrias (...)

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SENSACIONISMO

Capítulo sobre la relación entre el arte y la vida moderna

Toda época civilizacional gira en torno a un principio que define tal época y le proporciona sus características típicas y predominantes. Pueden otros elementos, venidos de otras épocas anteriores, o surgidos a la par del citado elemento típico, dentro de la misma época, caracterizarla también, para un análisis, o deficiente, o asintético; pero resultará de un escrúpulo más exacto de analizar que una época es siempre definible, y en justicia lo es, por una característica predominante, que es la que le imprime el estigma de su tipicidad.

La época moderna, tomando esta frase en el sentido usual de abarcar un período que date, aproximadamente, de la Revolución Francesa y venga hasta nuestros días, se resume típicamente en la acción de un fenómeno principal. Ese fenómeno es el pasaje del elemento comercial e industrial de la vida al primer plano de la existencia social merced al incremento de la vida científica, de las invenciones y perfeccionamientos constantes de la ciencia. Así, nuestra época es la época de la ciencia positiva, esto es, de la ciencia desenvuelta en todas sus ramas aplicables a la práctica, y del desarrollo de esa propia aplicación. Las ciencias no directamente, sino indirectamente aplicables a la práctica, como las matemáticas, poco avance tuvieron –relativamente a las otras– en nuestros tiempos, y lo que sufrieron, típicamente, ha sido menos un avance, que una crítica tendiente a destruirlas. Basta que se recuerden los trabajos del matemático Poincaré para que se note bien cual es la orientación positiva de nuestra época hacia las ciencias matemáticas: o procura destruirlas, o reducirlas a positivas por la reducción de ellas a meras hipótesis utilizables, solo pragmáticamente ciertas.

Los progresos de la ciencia y de la aplicación de la ciencia dominan toda la época moderna y configuran el tipo civilizacional. Veamos cual ha sido, de todas maneras, pero ciñéndonos a lo principal, el resultado de ser esta la época de la ciencia.

En la esfera nacional el resultado del desarrollo de la ciencia fue:

1) El aumento extraordinario de las facilidades de comunicación y de transporte.

2) El aumento, extraordinario también, de las industrias y de la actividad comercial.

3) El aumento, no menos notable, del mero contenido mental de la experiencia humana, por el propio progreso de la ciencia, entendiendo no sólo la ciencia positiva, sino las ciencias históricas y otras, cuya investigación fue también beneficiada, no sólo por el general aumento de facilidades como por la mayor ansia de cultura que ellas trajeron, por la especialización creciente de ocupaciones (intelectuales como las otras) y por la mayor atención que a los Estados eminentes merece la dotación atinente a la realización de tales estudios.

Estos tres elementos evidentemente, no existen separados sino en el análisis que los separa; en la realidad forman un todo armónico e interactúan constante y activamente.

¿Cuál fue el resultado que estos tres elementos trajeron a la modalidad de la civilización? De su convergencia ese resultado fácilmente se deduce. Se traduce en la palabra internacionalismo, o por su sinónima cosmopolitismo.

La mayor facilidad de las comunicaciones tornó fácil, y, por fácil, constante, la fluctuación de poblaciones, los viajes, las relaciones comerciales, la emigración, la acción comercial e industrial de importadores y exportadores. Esta, a su vez, tornó mayor la propia facilidad de transportes, que la generara en el auge que alcanzó. Fatalmente, pues, el punto de apoyo de la mentalidad moderna pasó gradualmente a estar en aquella parte de la vida social que íntimamente se relaciona con, y necesariamente se desenvuelve por, una creciente facilidad de comunicaciones, y ese punto es la vida comercial, en tanto que vida internacional de exportación y importación. Y el crecimiento de la vida industrial, que por el aumento de las condiciones científicas paralelamente se daba, mayor tornaba la actividad comercial que naturalmente la prolonga. Resultó la mentalidad esencialmente comercialista e industrialista de las sociedades modernas, con las características que, en todo tiempo, correspondieron y fueron el resultado de tal vida: el amor al lujo, la degradación del sentido moral por el predominio del instinto mercantil, la indiferencia a los fines elevados en las cuestiones sociales y políticas, etc. Pero sobre este punto paso ligeramente ahora, porque no es un resultado internacional, sino individual, de las condiciones modernas de la civilización.

Resultó, dije, un internacionalismo como fórmula típica de las sociedades modernas en sus relaciones unas con otras. Esta palabra internacionalismo ¿qué significa? Que el sentimiento nacional decae, dada la mayor necesidad de relacionarse con el extranjero, y dado, también, el golpe que en ese sentimiento pega, por su naturaleza, el instinto comercialista; que cada nación, aparte de eso, pasó a ser más rica dentro de sí misma, pasó a resumir en sí todo cuanto es típico de las otras naciones, que la vida de cada ciudad de Europa (por ejemplo) pasó a contener en sí elementos típicos de la vida de todas las otras ciudades, no sólo de Europa, sino de todo el mundo, sea esto por la presencia en todas las colonias de naturales de esas otras naciones, sea por las constantes relaciones comerciales e intelectuales con ellas, sea por la diaria información periodística, espectacular, cinematográfica. (...)

En el campo individual los resultados fueron de idéntico orden. La mentalidad comercialista en todos los tiempos produjo determinados resultados: el aumento del amor al lujo, el debilitamiento del sentido moral, la molicie social hasta cierto punto... Y, así como para la formación de esta mentalidad contribuyó el internacionalismo arriba descrito, para la formación de ese nacionalismo no menos y no diferentemente contribuyo esta mentalidad, frutos ambos de la misma causa triplemente agente, y que ya se mencionó cuando se inició este estudio.

Lo curioso y notable es que la mentalidad creada por esta acción de la era de las máquinas sobre el individuo, en tanto individuo, coincide con lo que, en otras épocas, es la mentalidad de la decadencia. Y este tipo mental, en que el lazo social flaquea, en que el amor del lujo toma aumento, en que el individualismo se torna nítido y fuerte, contiene en efecto todas las características de la oscura cosa a que se ha llamado Decadencia. Solo que la causación es, en los dos casos, diversa. Cuando, en la antigüedad, este tipo mental aparecía, y era efectivamente el tipo mental de las decadencias, él resultaba, no de la aparición de un nuevo factor en la vida social, sino del debilitamiento y perturbación de los viejos factores. Así, para detenernos apenas en el ejemplo mayor y más típico, la decadencia de Roma no resultó sino de la perturbación social producida por la política del imperialismo, siempre mortal para una nación, porque un punto hay en que el dominado excede las fuerzas del dominador, y él nunca sabe parar en ese punto, tan cierto resulta del dominar, como del rascar y comer del proverbio: todo es empezar. Pero la política del imperialismo no fue sino un producto de la propia política típica de Roma en el auge de su prestigio, ni fue, ella, un elemento nuevo, sino en la proporción en que trajo elementos nuevos. No sucede lo mismo con la era de las máquinas en nuestra civilización. El internacionalismo, por cierto, estaba creado con los descubrimientos de los portugueses, la difusión de cultura del renacimiento italiano, y el comienzo de las invenciones (propiamente tales), como la pólvora, la imprenta, que vinieron a dar inicio a la facilidad de la vida de relación entre las naciones de Europa.

Así, la era de las máquinas produjo, en los individuos de Europa, un individualismo excesivo, un ansia feroz de vivir en toda la extensión la vida individual, un abandono correspondiente y concomitante, resultante del sentido moral, de las prisiones de la religión, de los llamados preconceptos que habían sido la base de la vida en los siglos anteriores.

Adentro de la vida de las naciones, encarando ahora, no ya los individuos, ni las naciones en la relación entre unas y otras, sino cada una adentro de sí, como sociedad, otro fue el fenómeno resultante. Fue la creciente separación de clases. El fenómeno industrial agrandó la brecha natural entre el capital y el trabajo; el aumento de cultura agrandó la brecha entre el pueblo de educación y la aristocracia del pensamiento; y el crecimiento constante de la democracia, inevitablemente producido por la creación de proletariados cada vez más hábiles y conscientes, vino a poner de pie todas las reacciones tradicionalistas y aristocráticas contra ese crecimiento.