[Organizar a los organizadores]

Notas para el estudio «El prejuicio revolucionario», 1918/1919


H ay un sólo problema de posguerra: es el problema de la organización. Conforme ese problema se resuelva, se resolverán los otros, todos dependientes de él. Porque de nada sirve querer organizar la industria, el trabajo o lo que sea, sin primero organizar la organización, sin organizar primero a los organizadores. Dar a la palabra «organización», o a esa muletilla absurda de los idiotas de Inglaterra, «reconstrucción», un valor mágico o milagroso, de suerte que la mera invocación de la idea de organizar misteriosamente dé vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos, es demasiado para una época que, aunque tenga una mentalidad profundamente retrógrada, se tiene por científica. ¿Quién ha de organizar? ¿Cómo organizar sin organizadores? No basta la idea de organización a seguir: también tenemos que tener hombres que organicen. Muchas ideas son, cuando no realmente buenas, por lo menos aceptables; y probablemente lo serían, si a la cabeza de su realización no se colocasen las incompetencias de costumbre. Es difícil hacer, incluso, la crítica de ciertas ideas, porque, sin querer, hacemos la crítica de los hombres que las representan. El propio bolchevismo podrá ser ciertamente interpretado por las figuras desencajadas y despreciables de Lenin o Trotsky: esos infelices que, en una época científica, gobiernan a la romántica, a la (...)

¿Pero cómo organizar organizadores? El temperamento del organizador nace, en sus fundamentos, con el individuo; ese punto está fuera de la competencia de alguien. Pero es posible educar organizadores, para que, sabiendo organizar por instinto, sepan organizar mejor por educación.

Sobre el bolchevismo, por ejemplo, lo único que hay de cierto es la incompetencia pavorosa de sus jefes; y eso no sorprende. Totalmente destituidos de cultura científica y moderna, cerebros románticos sin ninguna noción de las realidades prácticas, infelices que la irrisión del Destino arrojó a la celebridad por aquel principio expuesto hace mucho por Shakespeare, de que «algunos nacen grandes, otros conquistan la grandeza, y a otros los empujan hacia ella». La puesta en escena de los incompetentes es la más cruel de las ironías de los dioses.

Venga lo que viniere del mundo del exterior, ha de ser por fuerza transitorio, absurdo, mal hecho. Digo, «venga lo que viniere», y aplico la frase a lo que venga: neomilitarismo, bolchevismo, industrialismo a la americana, sea lo que fuere. La falta de claridad mental y de capacidad para la acción superior, esto es, para la acción organizadora, es la característica suprema de nuestra época.

Lo que hay que preguntar es sólo esto: ¿en qué puntos debe incidir la organización preliminar? ¿Qué es lo que debemos organizar antes de organizar cualquier cosa? Para eso, debemos, evidentemente, comenzar por establecer, para nosotros, cuáles son las reglas fundamentales de toda organización. Esas reglas, no por ser intuitivas, han sido estudiadas; mucha gente que, al leerlas, dirá que ya las conoce, en verdad no las conoce a ellas ni a cosa alguna. La característica fundamental del incompetente es ya saber lo que los otros iban a hacer, después de verlo hecho.

Son tres las reglas intelectuales de la organización perfecta, y ellas se aplican tanto a la organización de un estado, como a la de una oficina. Ellas se reportan a cualquier cosa que se pretenda organizar, aunque esa cosa sea un disparate o un crimen. No defiendo la organización para fines criminales, o para el propósito humanísimo de no hacer más que necedades; defiendo, tan sólo, la organización, el principio de organizar. (No digo, «de la organización perfecta», porque «organizar» quiere decir «organizar perfectamente», organización imperfecta no es organización).

1º regla: simplificación de los fundamentos de la materia a organizar;

2º regla: colocación de los ejecutantes de la organización; cada uno en el lugar que le compete;

3º regla: centralización de los servicios propiamente de organización.

Fernando Pessoa