Notas para el recuerdo de mi maestro Caeiro [III]

[texto dactilografiado, 26/4/1930]


Alvaro de Campos


M i maestro Caeiro era maestro de toda la gente con capacidad para tener maestro. No había persona que se acercase a Caeiro, que hablase con él, que tuviese la oportunidad psíquica de convivir con su espíritu, que no retornase otro de esa única Roma de donde no se volvía como se iba; a no ser que esa persona no lo fuese, esto es, a no ser que esa persona fuese, como la mayoría, incapaz de ser individual, a no ser, por ser, en el espacio, un cuerpo separado de otros cuerpos y damnificado simbólicamente por la forma humana.

Ningún hombre inferior puede tener un maestro, porque el maestro no tiene en él nada de qué serlo. Es por esta razón que los temperamentos definidos y fuertes son fácilmente hipnotizables, que los hombres normales lo son con relativa facilidad, pero no son hipnotizables los idiotas, los imbéciles, los débiles y los incoherentes. Ser fuerte es ser capaz de sentir.



En torno a mi maestro Caeiro había, como se habrá desprendido de estás páginas, principalmente tres personas: Ricardo Reis, Antonio Mora y yo. No hago favor a nadie, ni a mí, diciendo que éramos, y somos, tres individuos absolutamente distintos, al menos por el cerebro, de la humanidad corriente y animal. Y nosotros tres debemos lo mejor del alma que hoy tenemos a nuestro contacto con mi maestro Caeiro. Todos nosotros somos otros –esto es, somos nosotros mismos en serio– desde que fuimos pasados por el filtro de aquella intervención carnal de los Dioses.

Ricardo Reis era un pagano latente, desentendido de la vida moderna y desentendido de aquella vida antigua donde debería haber nacido; desentendido de la vida moderna porque su inteligencia era de tipo y cualidad diferente; desentendido de la vida antigua porque no la podía sentir, pues no se siente lo que no está aquí. Caeiro, reconstructor del Paganismo, o, mejor, fundador de él en lo que eterno, le trajo la materia de sensibilidad que le faltaba. Y Ricardo Reis se encontró el pagano que ya era antes de encontrarse. Antes de conocer a Caeiro, Ricardo Reis no había escrito un solo verso, y cuando conoció a Caeiro tenía ya veinticinco años. Desde que conoció a Caeiro y le escuchó El Guardador de Rebaños, Ricardo Reis comenzó a saber que era orgánicamente poeta. Dicen algunos fisiólogos que el cambio de sexo es posible. No sé si es verdad porque no sé si alguna cosa es «verdad». Pero lo cierto es que Ricardo Reis dejó de ser mujer para ser hombre, o dejó de ser hombre para ser mujer –como se prefiera– cuando tuvo ese contacto con Caeiro.

Antonio Mora era una sombra con veleidades especulativas. Se pasaba la vida masticando Kant e intentando ver con el pensamiento si la vida tenía sentido. Indeciso, como todos los fuertes, no había encontrado la verdad, o lo que fuese verdad para él, que para mí es lo mismo. Encontró a Caeiro y encontró la verdad. Mi maestro Caeiro le dio el alma que no tenía; puso dentro del Mora periférico, que apenas siempre había sido, un Mora central. Y el resultado fue la reducción a sistema y verdad lógica de los pensamientos instintivos de Caeiro. El resultado triunfal fueron esos dos tratados, maravillas de originalidad y de pensamiento, El Regreso de los Dioses y los Prolegómenos a una Reforma del Paganismo.

En cuanto a mí, antes de conocer a Caeiro, yo era una máquina nerviosa de no hacer cosa ninguna. Conocí a mi maestro Caeiro más tarde que Reis y Mora, que lo conocieron, respectivamente, en 1912 y 1913. Conocí a Caeiro en 1914. Ya había escrito versos: tres sonetos y dos poemas («Carnaval» y «Opiario»). Esos sonetos y estos poemas muestran lo que yo sentía cuando estaba sin amparo. Luego de conocer a Caeiro, me verifiqué. Llegué a Londres y escribí inmediatamente la «Oda Triunfal». Y de ahí en adelante, para mal o para bien, he sido yo.

Más curioso es el caso de Fernando Pessoa, que, hablando con propiedad, no existe. Conoció a Caeiro un poco antes que yo; el 8 de Marzo de 1914, según me dijo. En ese mes, Caeiro había venido a Lisboa a pasar una semana y fue entonces que Fernando lo conoció. Oyó leer El Guardador de Rebaños. Volvió a casa con fiebre (la de él), y escribió, en un solo lance o trazo, Lluvia Oblicua; los seis poemas.

Lluvia Oblicua no se parece en nada a cualquier poema de mi maestro Caeiro, a no ser en cierta rectilinealidad del movimiento rítmico. Fernando Pessoa hubiera sido incapaz de arrancar aquellos extraordinarios poemas de su mundo interior si no hubiese conocido a Caeiro. Pero, momentos después de conocer a Caeiro, sufrió el terremoto espiritual que produjo esos poemas. Fue inmediato. Como tiene una sensibilidad excesivamente pronta, por estar acompañada de una inteligencia excesivamente pronta, Fernando tuvo sin demora la reacción a la Gran Vacuna: la vacuna contra la estupidez de los inteligentes. Y lo que hay de más admirable en la obra de Fernando Pessoa es ese conjunto de seis poemas, esa Lluvia Oblicua. Sí, podrá haber o llegar a haber, cosas mayores en su obra, pero más originales nunca habrá, más nuevas nunca habrá, y no sé, por lo tanto, si las habrá mayores. Y, más, no habrá nada de más realmente Fernando Pessoa, de más íntimamente Fernando Pessoa. Qué cosa puede expresar mejor su sensibilidad siempre intelectualizada, su atención intensa y desatenta, su sutileza caliente de análisis frío de sí mismo, que esos poemas-intersecciones, en los que el estado del alma es simultáneamente dos, en los que lo subjetivo y lo objetivo, separados, se juntan, y quedan separados, en los que lo real y lo irreal se confunden, para que queden bien distintos. Fernando Pessoa hizo en esos poemas la verdadera fotografía de la propia alma. En un momento, en un único momento, consiguió tener la individualidad que no había tenido antes ni podrá volver a tener, porque no la tiene.

¡Viva mi maestro Caeiro!


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