[Obra de arte e instinto intelectual]

[texto dactilografiado, tal vez 1916]

Fragmento de un texto sobre el drama Octavio, de Vitoriano Braga, escritor y amigo de Pessoa.


La obra de arte primero es obra, después obra de arte.

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¿En qué se distingue la obra de arte de cualquier obra del esfuerzo humano? En un ejemplo simple podremos verlo.

Carta, frase hablada, M. Jourdain.

Intención o valor notable.

Sin embargo el valor no basta. Será nulo, en relación a quien escribió la carta o profirió la frase, si verificamos que esa carta fue copiada de otro, o que la frase fue reproducida. Habrá, sí, valor artístico en la carta y en la frase, sin embargo el artista será aquel que concibió la carta, el que dijo la frase.

Por lo tanto, en su esencia, una obra de arte es una invención con valor. Si no fuere invención, el valor pertenecerá a quien la inventó; si no tuviere valor no será obra de arte, ¿pues qué importa inventar lo que no sirve?

Una obra que es una invención con valor, ¿de qué procesos intelectuales procede?


Una invención es una idea nueva realizada. Hay aquí dos elementos: la idea y los medios por los que se realiza. ¿En cuál de los dos, o de qué modo, reside la esencia de la idea nueva?

Supóngase un poema, que pienso en escribir. Tengo la idea; los medios, que son los principios de metrificación y de disposición del asunto, supóngase que los tengo, porque los sé, por haberlos aprendido. ¿Estaré seguro con esto de que haré un poema de valor, suponiendo sí que es original la idea que tengo? Si así fuese, cualquier hombre de cultura escribiría un gran poema. Conocedor de los medios y pudiendo tener una idea original, le bastaría realizarla. ¿Qué le falta?

Si, habiendo en la invención ideas y medios, y si, suponiéndose la posesión de la idea y el conocimiento de los medios a emplear, todavía así se puede decir que no es seguro que la idea se realice con valor, ¿qué elemento especial falta considerar? Este: la idea original tiene que ser sentida en todos sus detalles, incluyendo el uso de los medios. Esto es: el acto de invención envuelve una fusión del fin y de los medios. Pero la fusión del fin y de los medios es lo que, según vimos, caracteriza el acto de instinto. La invención de un valor es, por lo tanto, un acto de instinto.

Probado así, por el modo directo, puede esto probarse también por el absurdo del contrario. Supóngase que la invención es un acto de la voluntad consciente; como ésta se divide en la determinación y en la inteligencia, que aquélla emplea, la obra ha de provenir, de una, de otra o de ambas juntas. De la intención ya vimos que no viene, y en verdad todos sabemos que la intención de inventar nunca hizo a nadie inventor. De la inteligencia no viene, porque el conocimiento de los medios (que es lo que la simple inteligencia proporciona) tampoco produce inventores, y los que más conocen los principios de la poesía y su historia no son los mayores poetas. Y si no puede venir de una o de otra, tampoco puede provenir de las dos reunidas.

El instinto, sin embargo, no origina. El instinto de andar no descubre nuevos procesos de andar. Hay en el caso de la invención una fusión del instinto con la inteligencia.

No es difícil encontrar una explicación científica. Por naturaleza, la inteligencia, aunque no crea, constantemente transforma. Una larga utilización de la inteligencia por la humanidad creó un instinto en esta inteligencia, y como la inteligencia por naturaleza transforma, y el instinto por naturaleza opera, una fusión de los dos, o, en otras palabras, un instinto intelectual, será una cualidad del espíritu que transforme operando. Pero la transformación reducida a acto es precisamente la esencia de la invención, puesto que la invención es un acto, y un acto que transforma lo que hay.

La obra de arte, en cuanto invención de un valor, deriva por tanto de lo que con propiedad se puede llamar un instinto intelectual.

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Hay, sin embargo, invenciones de varios géneros, y no todas son arte. Invención fue la de Watt, cuando descubrió la máquina de vapor; invención la de Descartes, cuando una mañana, en la cama, vio de repente la geometría por coordenadas. Ambas son invenciones de un valor, de ninguna de ellas diremos –salvo en algún sentido, que por figurado no tiene cabida aquí– que es una obra de arte. El valor de la obra de arte es por tanto diferente del de aquellas otras. Cumple que distingamos bien en qué difiere.

¿Qué es un valor? Como hay diferencias de valores, el valor es una cantidad... Es una cantidad medida por un principio o criterio cualitativo.

Al contrario de la invención práctica, que es una invención con valor de utilidad, y de la invención científica, que es una invención con valor de verdad, la obra de arte es una invención con un valor absoluto.

Como dijimos que la invención de un valor procede de un instinto intelectual, diremos, de la invención práctica, que procede del instinto intelectual de la utilidad, de la invención científica, que procede del instinto intelectual de la verdad, y así, de la invención artística, que proviene del instinto intelectual (de la intensidad).

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Así, pues, la obra de arte, para que de veras lo sea, y no sea apenas el simulacro de una, ha de provenir del instinto; como, sin embargo, ese instinto, puesto que es intelectual, puede ser imitado en sus operaciones por la inteligencia; como la obra de la inteligencia no puede tener valor en el género a que pertenece, sin embargo puede simularlo; como, por tanto, lo que primero tenemos que hacer es distinguir si una aparente obra de arte puede tener valor o no, esto es, si proviene o no del instinto, tenemos primero que determinar por qué procesos objetivos se distingue inmediatamente una obra del instinto intelectual de una composición de la inteligencia. Para muchos de nosotros, bastará el gusto, o sentido estético, para determinarlo; ese, sin embargo, no es un principio objetivo, ni podemos científicamente proponer a otro que acepte nuestro gusto como criterio para que aprecie con él.

La inteligencia no puede darme el deseo de comer; puede sin embargo darme el deseo de no comer sino lo que me fuere útil. Y cuando, estando enfermo, yo no sienta el deseo de comer, viendo, por la inteligencia, que debo hacerlo, para no desalimentarme, me guío por la utilidad y no por el simple deseo de comer.

Así el acto de inteligencia, cuando colabora en las cosas del instinto, o sustituye al instinto, se distingue por esto: que se guía siempre por una idea accesoria a la idea central del instinto, nunca por la central, hacia la cual sólo el instinto puede guiar.

En esto, pues, se encuentra la distinción entre la inteligencia y el instinto: que el instinto, en tanto funcione, acierta siempre con la esencia del objeto al que tiende, mientras que la inteligencia no acierta con la esencia nunca, quedando siempre en los atributos.

Se advierte bien que, por idea central de un instinto, se entiende aquella que se define por el propio fin del instinto.

Así, un producto del instinto difiere de uno de la inteligencia en que en el primero, lo esencial está dado con certeza, en el segundo lo esencial queda con certeza por dar.

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Establecido el proceso objetivo, por medio del cual se determina si una obra es del instinto o de la inteligencia, está con esto determinado si esa obra puede tener, o no, valor, si puede valer, o no, como obra de arte. Ser de instinto, sin embargo, es la condición del valor, no el valor mismo. Resta, pues, que determinemos en qué se diferencia, en la obra de instinto, lo mayor de lo menor; cuál el principio objetivo por el que, dada una obra de instinto, se determina el valor o fuerza del instinto que realizó tal obra.

Vimos que, en una operación del instinto, el objeto se define, relativo a ese instinto por medio de una idea general central, que sólo el instinto puede dar, así como, mejor, que por medio de otras ideas generales, accesorias ésas, que la inteligencia puede simular.

¿En qué puede residir el valor de un instinto? ¿En qué puede un individuo tener un instinto de comer más perfecto que el de otro individuo? No por cierto en comer mucho, pues, si el valor es una cantidad medida cualitativamente, aquí, donde hay sólo cantidad, no hay valor (...)

Fernando Pessoa


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