Orpheu

[texto dactilografiado, tal vez 1915]

António Mora

D

e más en más, lo que el crítico debe distinguir, con curioso cuidado, es lo confuso de lo complejo. No debe caer en ese error craso, vulgar en aquellos que procuran seguir a los clásicos, sin haber comprendido suficientemente el espíritu de su Obra, que consiste en creer que el estilo simple es el mejor de todos, lo que es cierto, pero sin reparar en que no hay solo un estilo simple, sino varios; que la simplicidad no es una, sino de diversas especies.

Hay, por cierto, un modo simple de decir las cosas; pero si esas cosas fueren, por su naturaleza, complejas, no han de ser dichas de tal manera que una simplicidad de expresión las vuelva simples, puesto que, si son complejas, hacerlas parecer simples es expresarlas mal. El espíritu de un Dante o de un Shakespeare, porque han heredado siglos de acumulaciones cristianas, tiene otra complejidad que no la tiene el espíritu de un Homero, o incluso de un Virgilio. Lo que el crítico sagaz exige de un Dante o de un Shakespeare no es que escriban con la simplicidad de un Homero o de un Virgilio, pero sí que escriban expresándose con la claridad que quepa a aquellas cosas que piensan.


La simplicidad, además de ser diversa conforme los individuos, comporta, aparte de esto, diversos aspectos absolutos. Una cosa puede ser expresada simplemente, por la razón de que su naturaleza es simple; puede ser expresada simplemente porque sea traducida directamente como es sentida, sin que se procure ajustarla a cualquier ideal de estética extraño a la cosa sentida; y puede ser expresada simplemente por ser sujetada a un tal criterio estético, a un criterio estético que imponga la preocupación de la simplicidad.

Sucede que, si algún pecado pesa sobre los literatos de Orpheu, es el de expresarse con demasiada simplicidad. Relatan una cosa tal cual la sienten, sin buscar ajustarla a la comprensión de los otros, ni subordinarla a cualquier criterio estético. Cuando el señor Sá-Carneiro dice que “siente los colores en otras direcciones”, peca, si peca, de una excesiva simplicidad. No se le ocurriría decir que siente los colores en otras direcciones si efectivamente –tal vez por algún desorden de los sentidos, lo que concedo pueda ser– no sintiese así los colores, por una transmutación sensional exquisita. Y aunque no los sienta así, sino sólo imagine que los sienta, tiene el derecho de artista de imaginar lo que no es, que no es otro que el derecho que tiene Shakespeare de crear un Hamlet que no existe, ni otro es el derecho fundamental de los artistas.

Fernando Pessoa: Comienzo en este momento, etc.

Aquí, sin embargo, la frase es de una simplicidad calva. Lo complejo es el sentimiento expresado.

Cuando el Señor Alfredo Pedro Guisado dice “Dios, largo muelle en mí”, yo lo comprendo perfectamente, y creo que lo comprenderá la criatura que se hubiera dado al trabajo de estudiar las literaturas antiguas y las modernas, estudiando, con mano diurna y nocturna, las páginas diferentes de cuantos poetas han ornado con su dolorosa gloria las paredes desnudas de este triste mundo. “Dios, largo muelle en mí” es una sensación directa, de origen imaginativo, sin duda.

Lo necesario es compenetrarnos en que, en la lectura de todos los libros, debemos seguir al autor y no pretender que él nos siga a nosotros. La mayor parte de la gente no sabe leer, y llama [leer] a adaptar a sí misma lo que el autor escribe, cuando, para el hombre culto, comprender lo que se lee es, al contrario, adaptarse a lo que el autor escribió. Poca gente sabe leer, los eruditos, propiamente tales, menos que nadie. Como demostré en el primer folleto, los eruditos no tienen cultura.

Debo mi comprensión de los literatos de Orpheu a una lectura constante sobre todo de los griegos, que habilita a quien los sepa leer a no asombrarse de cosa ninguna. Desde la Grecia Antigua se ve el mundo entero, el pasado como el futuro, a tal altura emerge, de las menores cumbres de las otras civilizaciones, su alto pináculo de gloria creadora.