[Poesía y Prosa - II]

[texto dactilografiado, tal vez 1930]


E l arte, que se hace con la idea, y por tanto con la palabra, tiene dos formas: la poesía y la prosa. Visto que ambas se forman de palabras, no hay entre ellas diferencia sustancial. La diferencia que hay es accidental y, siendo accidental, tiene que derivarse de aquello que es accidental, o exterior, en la palabra. Lo que hay de exterior en la palabra es el sonido; lo que hay, pues, de exterior en una serie de palabras es el ritmo.

Poesía y prosa no se distinguen, pues, más que por el ritmo. El ritmo corresponde, es cierto, a un movimiento íntimo del alma; pero, como ese movimiento íntimo se manifiesta en el ritmo, prescindimos de atender a él, o a cuál sea él, en el estudio del ritmo y en el de la diferencia entre poesía y prosa.

El ritmo consiste en una graduación de sonidos y de faltas de sonido, tal como el mundo en la graduación del ser y del no-ser. Esto significa que el ritmo consiste en una distribución de palabras, que son sonidos, y de pausas, que son faltas de sonido. A las palabras, como existen, compete un ritmo de variación, dependiente de la extensión de las palabras, de su acentuación, de su cualidad y cantidad silábica, y también de su sentido, ya sea propio, ya sea dependiente de las otras palabras, que son su contexto. A las pausas, como no existen, compete tan solamente un ritmo de extensión; esto es, la pausa como no es más que la falta de una cosa (o sonido) no tiene más variante que la de su duración. La pausa es más larga o más breve; sólo esto.

En la prosa, que es lenguaje hablado escrito, estas pausas están dadas por una cosa a la que se llama puntuación, y la puntuación está determinada exclusivamente por el sentido. De la pausa grande del párrafo a la pausa menor del período, a la menor todavía en el subperíodo (dada por el punto y coma, los dos puntos o el guión) o a la mínima, de la coma, toda pausa de la prosa se deriva de la significación de lo que se dice. Lo máximo que nos está permitido variar, por arbitrio nuestro, en la puntuación, es en un establecimiento un poco cargado de comas, en una abertura de párrafos donde podría haberla sólo de períodos, o en otras cosas así. Pero, en todos los casos, esas puntuaciones no deberán tender a acentuar el sentido; nunca podrán quebrarlo o interrumpirlo, porque la prosa, siendo lenguaje hablado escrito, es, por eso mismo, el reflejo de la idea, para cuya emisión la palabra hablada existe.

Pero si quisiéramos acentuar el ritmo más allá del orden lógico, en virtud de predominar en nosotros la emoción, que produce la entonación (y el canto), sobre la idea propiamente dicha, abriremos pausas artificiales en el discurso; y esas pausas son artificiales porque la emoción es externa respecto a la idea (visto que no es la idea), y por tanto artificial.

Como estas pausas artificiales no pueden ser designadas por puntuación, pues la puntuación designa las pausas naturales, tenemos que designarlas por alguna cosa que, marcándolas acentuadamente, las marque, de todas maneras, como artificiales. Hacemos esto al disponer el discurso en líneas separadas, siendo la pausa indicada por el pasaje de línea. A este género de discurso se lo llama poesía. La pausa de fin de verso es independiente del sentido, y es tan clara como si allí hubiese puntuación. Yerran pues contra toda la sustancia de la poesía los que leen o dicen versos, apresurando uno tras otro cuando no hay puntuación en el final de una línea. El discurso poético está expuesto en líneas precisamente para que se haga una pausa, aunque artificial, donde la línea termina. La poesía es así la prosa hecha música, o la prosa cantada; el artificio de la música es conjugado con la naturalidad de la palabra.

En los principios de la poesía, es el propio ritmo musical el que establece estas pausas; la pausa de la voz que canta acentúa la pausa del fin de verso. Más tarde, por un proceso todavía vagamente musical, que es el cuantitativo, se da a cada verso un igual valor musical, y la voz conoce por anticipación dónde acaba la línea, siéndole dada así una guía para la lectura. Más tarde, se dispensa esa base musical, pero, para que la guía no falte, se establece un sistema de referencias por el cual se sabe donde termina el verso, y ese sistema es la rima. Más tarde todavía, fijo ya el verso en determinadas medidas, cuantitativas por las sílabas y no por la cantidad, la rima se dispensa, es el llamado verso blanco: el regular. Finalmente, se llega al justo criterio del verso: de que basta marcar por la vuelta de línea que el discurso está escrito en verso para que se deba leer como tal, para efectivamente ser tal.

Así se llega al criterio moderno del verso, en que no hay exigencia de cantidad, de sílabas determinadas, ni de rima. La línea aislada es una unidad rítmica. La calidad rítmica depende, al igual que siempre dependió, del poeta.

Así, la diferencia entre la prosa y el verso, sin desaparecer, hasta lejos de desaparecer, se acentúa tal cual es, sin más nada. El verso es la prosa artificial, el discurso dispuesto musicalmente. No es otra la diferencia entre las dos formas de la palabra escrita.

Fernando Pessoa


1 comentario:

emilia dijo...

Pessoa me parece un tanto parangonable o comparable con Kafka. Es decir, aprecio analogías o concomitancias en el planteamiento estético y literario de ambos autores, aunque Kafka escribió sobre todo narrativa y Pessoa fundamentalmente poesía y reflexiones intimistas. Pero en su temperamento e idiosincrasia, e incluso en el plano vital y existencial, me parecen personalidades creadoras muy semejantes.