[Diferencia entre cultura y erudición]

E ntre los diferentes prejuicios que forman el único bagaje literario con que nuestros «críticos» van de viaje a Santarém (un conocido proverbio[1] allí los espera), el más singular e inexplicable es aquel que consiste en confundir cultura con erudición. Es frecuente sorprender a nuestros pensadores de periódico en el flagrante delito de afirmaciones como esta: que tal criatura es culta porque ha leído mucho, porque sabe mucho, porque compulsó, asimilando, una gran cantidad de páginas de libros.

Al contrario de los prejuicios de la plebe legítima, que muchas veces hacen pie en la observación, los dogmas de la plebe intelectual son falsos en toda su extensión. Éste, que acabo de citar, es uno de los más falsos. Porque no sólo erudición y cultura no son lo mismo, sino que hasta son cosas opuestas. No vayan a creer, por cierto, que mi explicación sea que es erudito quien leyó sin combinar lo que leyó, y culto quien lee aprovechando. Yo nunca doy explicaciones que se puedan prever; si así fuese, ¿valdría la pena darlas?

La diferencia entre culto y erudito es que quien es erudito se hace erudito, y quien es culto nace culto. Nascitur, non fit es verdad del hombre culto como del poeta. Porque la cultura, más que una movilización del espíritu, es una actitud suya. Y esa actitud, cuando no se nace con ella, es inútil intentar adquirirla. En su ensayo sobre Shakespeare, el crítico inglés Walter Bagehot encuentra en el poeta una facultad prominente, la que, de acuerdo con la tendencia inglesa para […], define como la facultad de experienciar.

Discúlpese la traducción que hago; otro término, ya hecho, no convendría. Shakespeare, opina Bagehot, tenía la facultad superior de sacar de todo cuanto veía o leía, de todo a cuanto asistía, elementos de originalización; a eso llama Bagehot la facultad de experienciar. En contraste, él muestra a Guizot y a Macaulay, los cuales, lectores asiduos, políticos asiduos, no recogieron, sin embargo, de la experiencia de sus vidas otra enseñanza que enseñanza ninguna.

Soy yo, no obstante, y no Bagehot –no vaya la malevolencia del lector a sonreír, que yo adapto y traduzco lo que voy teorizando– que hago la distinción entre culto y erudito. Hombre culto es aquel que, de todo a lo que asiste aumenta, no sus conocimientos, sino su estado de alma. El erudito lee y queda sabiendo; cuanto más lee, más queda sabiendo. El hombre culto, en general, cuanto más lee de menos queda seguro. La seguridad y la confianza son atributos finales de la erudición; como el escepticismo y la hesitación la condición extrema de la cultura. Una erudición de lomo y contratapa[2], como dicen los necios, sirve más a un culto, que una lectura a fondo a un erudito. Un título puede hacer recoger más de toda la obra –dado que alguien nazca recolector– que su lectura completa. Nosotros no tenemos hombres cultos; apenas tenemos eruditos. O, antes, los hombres cultos que tenemos son hombres de genio, lo que es demasiado para un pueblo tan pequeño.

Pensarán tal vez que confundo culto con inteligente. Sería un error pensar tal cosa. Yo nunca confundo nada. Hombre inteligente es el que con facilidad saca conclusiones de lo que lee o ve; el hombre culto es el que, naturalmente, siente y no saca conclusiones, o las saca, conforme caiga a su disposición del momento.

Viene todo a propósito de llegar a decir cuál es la tragedia de Portugal. Es la de que, teniendo varios eruditos, y mucha gente inteligente, poquísima gente tenemos que sea culta. Vean cuánta criatura, cuando le presentan algo nuevo, procura comprender. Un hombre culto procura sentir. Percibir implica un esfuerzo. Sentir implica una pasividad deliciosa. La disposición enérgica, violenta, poco indolente del portugués lo lleva hacia la acción precipitadamente. La ciencia de la inacción, la más civilizada de las ciencias, está poco desarrollada entre nosotros. Nuestra tendencia a actuar nos quedó, como una maldición, de la aventura de los descubrimientos. Expiamos la gloria de nuestros mayores en la doliente preocupación de lo útil.

Fernando Pessoa




[1] Muy probablemente el proverbio al que alude Pessoa es el que dice: "Quem burro vai à Santarém, burro vai e burro vem" (Nota del traductor)

[2] Texto original: Uma erudição de lombada.