[Los grandes movimientos revolucionarios]

Notas para el estudio «El prejuicio revolucionario», 1918/1919


L os grandes movimientos revolucionarios –sea que se concreticen en convulsiones sociales, sea que solamente se manifiesten en ideas que tienden a esas convulsiones- derivan siempre de un sentimiento claro, y por lo tanto cierto, de una injusticia, y de una idea vaga, y por lo tanto errada, del modo de remediar esa injusticia. Todos los grandes movimientos revolucionarios existen, por consiguiente, en virtud de una razón sentimental a la que se junta una sinrazón intelectual. Por eso son simultáneamente defendibles y absurdos; defendibles cuando se mira a las injusticias y a las tiranías que los causan y posibilitan; absurdos, cuando se analizan las ideas, siempre excesivas e inaplicables, que pretenden poner en práctica.

No hay gran movimiento revolucionario –esto es, movimiento revolucionario extenso y profundo- que sea posible sin una razón cualquiera. No existen revoluciones hechas por la mera lectura de libros, por la mera influencia de ideas, por la mera insinuación de oradores. Los hombres son, en su naturaleza, inertes y misoneístas. El hombre es un animal con hábitos, como los otros animales; pero el hombre tiene, además de los hábitos propiamente dichos, otra especie de hábitos llamados tradiciones. Difícilmente las quiebra; difícilmente se une para quebrarlas; difícilmente se levanta contra sus semejantes nacionales y sociales, con rabia y odio, para quebrarlas.


Es necesario, por eso, que la doctrina revolucionaria, una vez lanzada, encuentre eco en el corazón humano. Ir a decirle a un pueblo, que no tiene hambre, que se rebele porque lo tiene, lo puede hacer uno u otro convertido, entre los que realmente tienen hambre, y entre los que creen que lo tienen; pero un movimiento tal no logra, por cierto, el número necesario de adherentes para convertirse en revolución.

Siempre hay, es claro, argumentos posibles para este tipo de casos. En todas las épocas hubo ricos y pobres, en todas las épocas hubo una cierta injusticia evidente en la distribución de la riqueza. Pero aunque en todas las épocas haya habido quien predicase la revuelta contra los ricos, no en todas esa revuelta congregó adeptos en un número que rozase lo considerable. En todas las épocas hubo una cierta injusticia política y social, aparte la riqueza; pero, aunque en todas las épocas surgiese quien aborreciese esas injusticias sociales, no en todas congregó adeptos esa indignación.

Forzosamente, había en ciertas épocas condiciones especiales que hicieron que calase en el ánimo de las multitudes, por lenta infiltración, cierta teorización contra la injusticia. Es cuando la injusticia se convirtió un sistema, como en la Francia del ancien régime, en la que ya no había diferencias sociales pronunciadas, sino un uso constantemente tiránico de las diferencias sociales pronunciadas; y como en la Rusia de los Zares, en la que la tiranía era no una eventualidad del desgobierno, sino una modalidad substancia del gobierno existente.

Para que la injusticia sea generalmente sentida como tal, no basta, sin embargo, que simplemente exista. El ancien régime, cuando cayó ya era viejo, y siempre había sido tiránico; la tiranía zarista no era de ayer, ni de anteayer.

Para que la injusticia sea sentida como tal, y por lo tanto dé ocasión a la formación del espíritu de revuelta, es preciso que pierda la base por la que existía. El zarismo no cayó sólo por ser tiránico, sino porque, sobre ser tiránico, perdió el consenso general. Cuando el zar era positivamente el representante sentimental del pueblo ruso, todas las tiranías eran posibles en su nombre, porque su autoridad, inclusive para practicarlas, era generalmente aceptada.

Se levantan voces clamando contra la injusticia. Ahora bien, un poder injustamente injusto implica un gobierno o institución desadaptada al medio. Un gobierno desadaptado al medio implica un gobierno incapaz de acción coherente y fuerte. Un gobierno incapaz de acción coherente y fuerte frente a ataques a su constitución, alternadamente los tolera y los persigue con violencia. Y ya sea por la tolerancia, ya sea por la persecución, la voz que clama gana aliento.

Por fin la ola revolucionaria triunfa –o por un impulso de reforma, si todavía existen en el sistema vigente fuerzas de adaptación; o por fuerza de la violencia, si ese régimen no se adapta- y entonces continúa la anarquía que ya había, porque la ley de continuidad histórica no admite revoluciones capaces de transformar nada. La anarquía revolucionaria es siempre la continuación de la anarquía disfrazada que la precedió. No hay revoluciones contra organizadores. Hay sólo revoluciones contra desorganizados. Esto es, la desorganización de un país mal gobernado, cuando produce una revolución, no se transforma, se prolonga. Así, ¿quién no ve la perfecta continuidad empeorada de los procesos: del ancien régime al terror, del zarismo al bolchevismo, de la monarquía de Don Carlos y de Don Manuel II a la triste república portuguesa?

Apuntando al establecimiento de la libertad, la Revolución Francesa la suprimió toda; invirtió los términos de la opresión, nada más. Apuntando a la libertad, a la liberación de los obreros y de los débiles, el bolchevismo oprimió a otros débiles y no desoprimió a los que dijo servir. Apuntando a reformar una administración corrupta, y subvertir una semitiranía política, la República Portuguesa instauró una administración más corrupta todavía, una semitiranía por cierto aun más opresiva.

Esto está en la fatalidad de las revoluciones, que, como derivan de una inadaptación, son fenómenos enfermizos (...)

Las ideas revolucionarias –ya sea que nazcan de la propia injusticia que motiva el sentimiento revolucionario, o que sean extrañas a él y por él apropiadas– son siempre absurdas; lo son por dos razones.

Las revoluciones, como vimos, se basan en un sentimiento fuerte de injusticia, sentimiento que se torna general. Pero un sentimiento general y fuerte de injusticia genera forzosamente ideas absurdas. En primer lugar, un sentimiento fuerte es una condición negativa para la lucidez; quien estudia apasionadamente (salvo en el sentido de entusiasmo intelectual) un problema, lo estudia siempre mal. En segundo lugar, un sentimiento de injusticia envuelve siempre un odio o rencor a quien la practica; y la teoría nacida, o adaptada, por ese sentimiento tenderá fatalmente a ser excesiva en el sentido contrario: no sólo a deshacer la injusticia, sino a castigarla, esto es, a herir y vengarse de los que la practican, o se supone que la practican. Resultará una teoría tan injusta como la práctica a que esa teoría se contrapone. En tercer lugar, los problemas que una revolución busca resolver son siempre problemas sociales, todos, por naturaleza, de una gran complejidad. Ahora, una teoría de contra-injusticia, para ser generalmente sentida, tiene que ser simple; porque el común de la humanidad no puede comprender ideas complejas. La teoría ha de ser, por lo tanto, inadaptable a la complejidad del problema.

Por eso, de toda y cualquier idea revolucionaria se puede afirmar, sin saber cuál es, pero sabiendo sólo que es revolucionaria, que es falsa; pero también se puede afirmar, si fue aceptada por muchos, si sirvió de estímulo a movimientos y agitaciones, que tuvo una razón sentimental de existir, y que hay una injusticia a reparar, una reforma por hacer.

Estudiar cuál es esa reforma es, en todo caso, el papel –en general inútil- del sociólogo.

Una revolución verdaderamente tal no falla nunca; las ideas revolucionarias fallan siempre.

Finalmente se establece el equilibrio, y se ve que lo que resultó de la revolución, de las contrarrevoluciones y todo eso, fue una diagonal a ese paralelogramo de fuerzas: dirección social que no es ni la que estaba, ni la que está.

El papel del hombre de ciencia, libre de los prejuicios revolucionarios, absurdos todos porque son revolucionarios; libre también de los prejuicios contrarrevolucionarios, porque, por idéntica razón, son igualmente absurdos, es preestablecer la hipótesis de equilibrio final.

Fernando Pessoa


3 comentarios:

Bárbara Amaya dijo...

me parece absurdo tu ensayo. Y te lo digo xk sin revoluciones no ay cambios, y sin esos cambios la gente no tendria esperanzas. Deja tu pensamiento conservador y dictatorial a un lado, porque las revoluciones dan esperanzas y fuerzas a la gente, lo que no les da fyuesras es kedarsesentados a esperar a ver ke pasa

Raul dijo...

Tampoco me gusta mucho tu reflexión, parece escrito y pensado por las típicas clases sociales a las que no les interesa que cambie nada... y para eso llaman a la paciencia y criminalizan cualquier acto revolucionario.

fernanda morales dijo...

No me gusta... y no le entiendo