El sensacionismo. Prolegómenos

[texto manuscrito, tal vez 1916]

Antonio Mora


1. En el principio, en Grecia –y después en Roma, esa América de Grecia– reinó el Objeto, la Cosa, lo Definido. Existía, de un lado, la Cosa; del otro existía, en bloque, la Sensación, la sensación inmediata y vivida. Y así, cuando el arte era del Objeto, el objeto surgía perfecto y claro en la realización. Y, como el espíritu concibe siempre el sujeto a semejanza del objeto, las sensaciones (cuando la sensación se volvía sensación de la sensación, introspectiva, auto-analítica) eran concebidas como concretas, definidas, separadas unas de otras. Por eso no había vago, indeciso, penumbra, en la poesía de alma de los griegos y de los romanos. Todo está detallado y detallado en plena luz.

La sensación de la realidad era directa en los griegos y en los romanos, en toda la «antigüedad clásica». Era inmediata. Entre la sensación y el objeto –fuese ese objeto una cosa exterior o un sentimiento– no se interponía una reflexión, ni cualquier elemento extraño al propio acto de sentir. La atención era por eso perfecta, rodeaba cada objeto a su turno, le delineaba los contornos, lo recortaba para la memoria. Cuando era dirigida hacia el interior, [...] incidía atentamente sobre cada detalle de la vida espiritual, concretizándolo por la propia acuidad equilibrada de la atención.


2. Pasada por las almas la larga enfermedad llamada cristianismo, enfermizamente desmenuzado el espíritu por sí mismo, la claridad de la sensación se perturbó. La presencia en el pensamiento de las ideas de espíritu, de Dios, de otra vida, concebidas como lo eran, llevaron a una descomposición de la Realidad, tal como los griegos la habían concebido. Entre la sensación y su objeto –fuese ese objeto una cosa exterior o un sentimiento– se intercalaron todo un mundo de nociones espirituales que desvirtuaba la visión directa y lúcida de las cosas. Los griegos habían tenido de los dioses y del Olimpo una noción tal que ellos les aparecían como simil-humanos, como meras prolongaciones de la humanidad, concebidos, sin embargo, sub specie humanitatis, como mayores, más poderosos, más libres; no como opuestos, sino en aquello en que «superior» es opuesto a «inferior». La propia inmortalidad de los dioses no era inhumana, porque era una eternidad recorrida humanamente, por una eterna duración exterior.

(El concepto del superhombre de Nietzsche es un concepto pagano... Pero compárese su anti-intelectualismo.)

Otras eran las nociones cristianas. Aquí lo invisible, lo ultra-humano, lo divino, por groseramente que fuese concebido, lo era como opuesto a la Realidad Exterior. Pero un alma que encara las cosas con tal concepto en el espíritu, no las puede encarar directamente, por mucho que quiera tener esa preocupación. La noción de alma, concebida como diferente del cuerpo y superior a él, comienza por convertir a las cosas en menos importantes que el espíritu. La noción de Dios sustituía al concepto del conjunto de las cosas, al que se llamaba Naturaleza. La noción de lo sobrenatural invitaba a una descreencia en la utilidad –al minar su estabilidad- de lo concreto. Esta nueva noción de milagro llevaba al desprecio, cuando no a la indiferencia, por la posible existencia de leyes naturales.

Esto, si conducía a un debilitamiento de la atención, a una perturbación de la visión, a una incomprensión instintiva de los hechos, tenía también a su vez origen precisamente en una tibieza de la voluntad, en una perturbación de la visión, en una incomprensión instintiva de los hechos que tenían en común los griegos y romanos decadentes (precisamente porque tales fenómenos de degeneración psíquica eran naturales de decadentes) con los bárbaros invasores, porque tales fenómenos eran en ellos resultado de su primitividad y de su incultura. Un mundo formado con elementos así de semejantes, por degenerados y primitivos, no podía vivir en una religión que correspondía a un estado relativamente sano del espíritu, donde la atención era segura y clara, los sentimientos desenredados y como que lógicos, y la voluntad, por tanto, en cuanto es humanamente posible, segura y determinada. De la mixtura de razas resultó más impuro todavía el estado de espíritu típico del hombre de la época. En un mundo así alterado el triunfo debía pertenecer a aquella religión que más se le adaptaba; y que más se adaptaba, también, al medio social y a las ideas que él imponía. El cristianismo estaba en estas condiciones. Su naturaleza dispersa y sentimental caía bien al estado de espíritu que la decadencia había creado. Monoteísta, tenía algo de imperial, algo que se conciliaba bien con mentalidades nacidas a la sombra del imperio romano, y del (...) remoto prestigio del nombre del Emperador.

(...) herejías hubo hasta que, por fin, el cristianismo fue adquiriendo elementos de dominio, transformándose, adaptándose. En la Edad Media alcanzó su esplendor unitario.

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¿Cuál es la perturbación que se nos revela en los poemas de los grandes poetas del Renacimiento, incluyendo con [...] Dante y Petrarca [?] con respecto a los antiguos, en la visión de la Naturaleza?

Los poetas cantan las cosas indirectamente, viéndolas ya a través de su emoción. Se ven con claridad, es cierto, pero 1) acompañadas de una emoción que se superpone a las cosas, 2) fundidas unas en otras por el sentimiento de su fraternidad en Dios, por ser todas ellas creadas por Dios (San Francisco de Asís)

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Como la noción de lo exterior nunca dejaba de estar acompañada de la noción de que era creado por Dios, de que el alma le es superior, de que aquello era temporal y transitorio, resulta que la noción (visión) del objeto exterior viene siempre, espontáneamente, como visión, acompañada de una emoción deformadora del objeto.

La sensación es nítidamente de lo exterior pero, al mismo tiempo, ese sentimiento (o sensación) de lo exterior, de lo físico, está siempre acompañado por una oscura conciencia de lo interior, de lo psíquico. De ahí, dos hechos. El arte griego, como se había basado en la lucidez de la atención, era el arte 1) del equilibrio, porque era de lo permanente contenido en lo exterior, 2) de la armonía, porque era arte hecho por gente con la voluntad educada; 3) de lo fasto, esto es, de la acción humana, por ser esa la manifestación típica de gente de atención clara y lúcida. El arte del Renacimiento, dadas las transformaciones indicadas, pasa a ser 1) del hecho físico-psíquico – Shakespeare (...)

Puede llamarse al arte del Renacimiento el arte de lo físico y de lo psíquico; la atención se divide, pero la preocupación por lo físico es acompañada siempre por la percepción de lo psíquico. Pero no se funden: coexisten. La claridad absoluta, la lucidez fuerte desaparece. La actitud es, en el fondo, la misma que la antigua; solamente [?] cambia el centro de la atención que es, aquí, dirigida sobre la sensación y no ya sobre el objeto exterior o interior.

Explicando mejor: el hombre del Renacimiento mira hacia las cosas como los griegos, y mira hacia las almas como el griego; pero, mientras el griego miraba primero hacia las cosas exteriores y después hacia las almas, moldeando su concepto primordial de realidad sobre la materia, sobre los objetos exteriores, el hombre del Renacimiento mira primero hacia el alma y después hacia las cosas exteriores, moldeando las cosas exteriores por su concepto de alma. Ese concepto de alma, como todavía era en parte el concepto antiguo, era todavía nítido, porque tenía todavía algo de sus orígenes y había sido moldeado sobre la noción de los contornos de las cosas exteriores. De modo que la deformación que las cosas sufrían era relativamente ligera, porque pequeña era la deformación que el concepto de alma había sufrido. Pero se había dado el hecho capital de que el alma pasara a ser el centro de la atención dirigida.

(Deformación del Renacimiento)

3. Romanticismo

Proceso de la centralización de la atención en el alma. La sensación pasa a ser la realidad primordial. El objeto exterior cesa como independiente de la sensación, pasa a ser sentido solamente como sentido. Todas las manifestaciones románticas y cisrománticas pertenecen a esta categoría, inclusive el llamado realismo.