[Ética del paganismo vs. el culto de lo excesivo - II]

[texto dactilografiado]

Antonio Mora


Regreso de los Dioses

Ética

A qué lleva la moral excesiva? A tres resultados, todos ellos anti-morales, por anti-humanos.

Poniendo la belleza moral en el exceso, convierte el exceso en esencia del acto concebido como bello y valioso, y así facilita que, en un espíritu cruel, la crueldad máxima sea considerada, no diré moral, sino bella.

Poniendo la belleza moral en la quiebra de armonía, que el exceso representa, deshabitúa al espíritu a pensar de acuerdo con la realidad y con la codeterminación de las cosas, entonteciendo su actividad, y llevándolo a la práctica de actos «morales» que no sirven a los otros ni sirven a sí mismo.


Perjudicando la armonía, perjudica la propia bondad, porque la bondad útil, la verdadera bondad, que ve lo que hace y a quién lo hace (para que, errando, no yerre el propio fin caritativo), ciertamente depende más de un estado de espíritu propenso a la suavidad y a la no-precipitación que a un estado de espíritu propenso al exceso. Así, la moral del exceso, perjudica los propios principios en virtud de los cuales fue creada.

La moral es un producto de la sociabilidad humana. Darle un sentido que trascienda la humanidad es sacarla de casa, es darle un papel que no tiene, es someterla a influencias que, por extrañas a su índole, fatalmente la corromperán.

Porque son inhumanos, los sistemas subjetivistas son, por lo tanto, inmorales. Buda y Cristo son símbolos de la corrupción de la humanidad. Si algún principio abstracto quisiéramos que ellos representen, diremos que representan el Mal.

Podemos preguntar al Budista, y con más facilidad al Cristiano, ¿por qué es que un Dios concebido como bueno creó un mundo malo? O, por lo menos, un mundo donde existe el mal, y, tratándose de principios absolutos, donde no hay Bien absoluto, hay Mal absoluto. Ni el Cristiano ni el Budista encontrarán nunca respuesta para esta vieja pregunta, que les fue siempre, por lo demás, erróneamente hecha.

Porque este mundo imperfecto nos fue dado por ese Creador, en la hipótesis creativa. Siéndonos dado así imperfecto para nosotros vivir en él, ¿por qué no concluyen los budistas y los cristianos que Dios quiso que nos adaptásemos a las condiciones de este mundo imperfecto? ¿Para qué darnos este mundo, si lo que hay de bueno en él es salir de él? Si el bien es la conformación a Dios, y, en un sistema o en el otro, la identificación, con Dios o con sus fines, ¿por qué es que, habiéndonos dado Dios este mundo, para que vivamos en él, no consistirá nuestro bien, lo que es el bien para nosotros, en la conformación al mundo que ese Dios nos dio? Porque este mundo ostensivo, o es la propia sustancia divina revelada a nosotros o es un efecto de la Causa divina. Si es la propia sustancia divina, nuestra adaptación a las leyes del mundo es la conformación a la naturaleza divina, y por lo tanto el Bien; porque, evidentemente, al conformarnos a la Naturaleza Divina, debemos conformarnos a aquella forma de naturaleza divina, por la cual Dios se nos reveló, y Dios se nos revela como Universo. Así, siguiendo la hipótesis budista, llegamos de la misma manera a la moral pagana. ¡Tan cierto es que todos los caminos conducen a la verdad, si nunca olvidamos que es hacia la verdad que queremos ir! Pero, llevando hacia la verdad, lleva, al mismo tiempo, hacia afuera del budismo.

Veamos la otra hipótesis. Supóngase que el mundo no es Dios, sino efecto de Dios, extraño a la sustancia divina. No discutamos ahora la extrañeza de la tesis; admitámosla, discutiendo los resultados. Si Dios creó este mundo para que vivamos en él, este mundo es el fin que Dios tuvo, porque, si no lo es, es solamente un medio para un fin; ahora, en la Causa Absoluta, forzosamente el medio ha de ser idéntico al fin, dado que sólo para quien existe en relación a algo es que el medio es una cosa y el fin otra. Siendo, pues, el mundo el fin que Dios tuvo, la conformación a las leyes de ese mundo es la conformación a las leyes de la finalidad divina. Llegamos al mismo punto.

A estos dos contra-argumentos, hay una sola respuesta posible. Es la de que no hay semejanza entre nosotros y Dios y que nosotros no comprendemos a Dios; no sabiendo cuál es su finalidad y el género de acción divina, diferente infinitamente de la nuestra. Los caminos de Dios son oscuros, dice la Biblia; es eso. Sea. Pero si el concepto de finalidad es una cosa en Dios y para la acción divina, y otra cosa para nosotros, ¿quién nos dice que Dios tiene alguna moral? Si es diferente, debe ser enteramente diferente, más allá del bien y del mal, fuera de todo cuanto para nosotros constituye bien y mal. En ese caso –dado que nuestro criterio moral no deba ser de un entero agnosticismo ético- al querer nosotros hacer el bien, debemos imitar a Dios, y, si el bien divino es la conformación de Dios con su propia naturaleza, nuestro bien deber ser nuestra conformación con nuestra propia naturaleza. Llegamos al mismo punto siempre.

Supóngase el dualismo creacionista de los cristianos.

El Bien será siempre la conformidad a la voluntad divina.

La voluntad divina creó el mundo. La conformidad a la voluntad divina es por lo tanto la conformidad con el mundo.

Puede decirse: la voluntad divina creó en verdad el mundo; pero lo creó para un fin que no está en el mundo. Pase el absurdo de la tesis; admitámosla, y discutamos, frente a ella, el asunto que discutimos.

El fin con que Dios creó el mundo no perjudica que el Bien sea la conformación a la voluntad divina, en este caso será con el fin con que Dios creó el mundo. Pero el fin con que Dios creó el mundo, o está contenido en la sustancia de ese mundo o no lo está. Si está, la conformación a la voluntad divina está en la conformación. Si el mundo no es hijo de la voluntad divina, sólo puede ser medio para ese fin. Dejemos de lado la primera objeción, que sería preguntarse si para una Voluntad Absoluta el fin puede ser distinto del medio. Admitamos la tesis absurda. Como nosotros pertenecemos al mundo, pertenecemos al medio de que Dios se sirvió para realizar un fin; nuestra conformidad a la voluntad divina está, por lo tanto, en obedecer el papel que Dios nos dio. Si nos hizo parte del medio de que se sirvió para un fin, ser lo más posible conformes a ese medio es el único modo que tenemos de ser lo más conformes posible con el fin que Dios tuvo y para el que se sirve de este medio: porque conformarnos al fin que Dios tuvo, aparte de que no podemos saber cuál sea, sería, en este caso, ser nosotros Dios. Pero en este sistema, dualista, el hombre no puede ser Dios. Por eso, o caemos en el sistema emanacionista de los budistas, cuya idiotización ética vimos, o caemos en la moral de la conformación a las leyes del universo.

Sea cual fuere el lado para el que viremos, encontramos la moral objetivista. Pero, si esa moral pertenece al sistema objetivista, y es la única moral que podemos descubrir como buena, ¿cómo no aceptar que es el sistema objetivista el que representa la verdad, y el paganismo, manifestación del sistema objetivista, la religión verdadera?