El prejuicio revolucionario

[1918/1919]


1. De cómo todas las revoluciones son desnacionalizaciones.

2. Utilidad social de las revoluciones.


1. Definición de «revolución» y de «espíritu revolucionario».

2. Psicología del espíritu revolucionario.

3. Condiciones sociales en que se dan las revoluciones.

4. Inutilidad intelectual de las revoluciones: (a) el principio de continuidad, (b) el principio de (...)


El estado mental del hombre que cree en la eficacia social directa de las revoluciones es exactamente el mismo que el del hombre que cree en la realidad de los milagros. La creencia en la eficacia de las revoluciones presupone la creencia en la intervención antinatural de la voluntad humana en el curso natural de los asuntos sociales. No es más absurdo suponer que determinado taumaturgo invierte, por el uso de cualidades in–analizables, las leyes físicas y naturales (?), que suponer que un grupo de hombres nacidos en el mismo medio que otro grupo, educados de la misma manera, sufriendo las mismas influencias, y con hereditariedad social idéntica, puede, sustituyendo a ese otro grupo y por el simple hecho de tener ideas diferentes, actuar diferentemente en la vida social. ¡Esto es tan simple!

El estado social permanece igual, agravado con la anarquía que resulta de la sustitución violenta de una situación administrativa por otra. Los antiguos detentores del poder, por inmorales y corruptos que fuesen, tenían, al menos, por el uso del poder, cierta noción inevitable de cómo usarlo, sabían, por lo menos, cómo administrar. Los recién–venidos, iguales moralmente a ellos por ser producto del mismo medio, llevan al poder la falta de práctica del poder; son fatalmente peores: intelectualmente peores. Así, los gobiernos revolucionarios, siendo tan inmorales como los gobiernos anteriores, son intelectualmente más incompetentes.

En toda revolución hay siempre tres elementos causales: (1) la inmoralidad y corrupción de los gobiernos; y la idea de hacer una revolución en vez de una reforma significa que la nación se volvió incompetente para resolver sus problemas de gobierno sanamente; (2) la división de ideas principalmente religiosas, en el país; (3) la desnacionalización.

Cuando, por una prolongada decadencia, un país cae en letargo y disgregación, un movimiento revolucionario puede ser salvador. No es, sin embargo, salvador directamente, ni como movimiento revolucionario, ni como portador de determinadas ideas, o determinadas tendencias. Lo que en él hay de salvador es, precisamente, lo que menos parece de salvador: la anarquía que establece, la desorganización violenta que crea.

Cuando una nación cae en letargo, en desorganización, ese mismo letargo hace que no tenga fuerzas para salir de él, esa misma desorganización la imposibilita para organizar una salida de ella, una nueva vida. Para que de un estado de letargo se pase a un estado de acción constructiva, es necesario que el letargo sea sacudido, para que las fuerzas verdaderamente activas aparezcan; es necesario que la desorganización llegue a un estado agudo, para que los más letárgicos se convenzan de que tienen que actuar o ayudar a actuar; es necesario, por último, que la destrucción, la anarquía, se haga patente, para que las fuerzas latentes, que se tornaron activas, se den a sí mismas, no sólo un fin activo, sino también un fin constructivo.

La única utilidad de las revoluciones es ser destructivas, y volver patente la necesidad de construcción; es ser anárquicas, y volver patente la necesidad de orden; es ser siempre extranjeras, y estimular, por reacción, la acción contrarrevolucionaria, siempre nacional.

No son las ideas revolucionarias del 89 las que dieron a la Francia del siglo pasado su relativa grandeza: esa grandeza, tal cual era, resultó de la liberación de fuerzas obligadas a ser constructivas por el espectáculo de destrucción que la Revolución les dio.

Fernando Pessoa




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