[La igualdad entre los hombres]

Notas para el estudio «El prejuicio revolucionario», 1918/1919


L a tesis fue expuesta hace tiempo, como una verdad suprema, por el biólogo Haeckel. Entre el mono y el hombre normal, dijo él, hay menos diferencia que entre el hombre normal y un hombre de genio.

Entre el trabajador intelectual, como le llaman, y el trabajador manual, no hay identidad ni semejanza: hay una profunda, una radical, oposición.

Lo cierto es que entre un obrero y un mono hay menos diferencia que entre un obrero y un hombre realmente culto.

El pueblo no es educable, porque es pueblo. Si fuese posible convertirlo en individuos, sería educable, sería educado, pero entonces ya no sería pueblo.

El odio a la ciencia, a las leyes naturales, es lo que caracteriza la mentalidad popular. El milagro es lo que el pueblo quiere, es lo que el pueblo comprende. Que lo haga Nuestra Señora de Lourdes o de Fátima, o que lo haga Lenin: sólo en eso está la diferencia. El pueblo es fundamental, radical, irremediablemente reaccionario. El liberalismo es un concepto aristocrático y, por lo tanto, enteramente opuesto a la democracia.

Sí, fijémonos en esto. Eliminemos las distinciones puramente exteriores, como la que hay entre negros y blancos. La verdadera distinción es de otro orden. Es entre gente e individuos.

Acepto a un hombre del pueblo como hermano en Dios, como hermano en Cristo, pero no como hermano en Naturaleza. Ante la religión somos iguales; ante la Naturaleza y la ciencia no hay entre nosotros especie alguna de igualdad. Dondequiera que se establezca igualdad entre cosas naturalmente diferentes, hay mística, hay religión; lo que no hay es ciencia.

Todas las religiones, más o menos visiblemente, se dividen, cada una, en dos partes: el culto externo y la doctrina externa, y lo que es dado en la iniciación, ya sea individual y mística, o ritual y mágica. Ahora, la cultura es una iniciación. Y lo es porque tiene la esencia de la iniciación: el ser otra vida.

Fernando Pessoa