[Reis criticando a Caeiro - I]

[texto dactilografiado, tal vez 1917]

Ricardo Reis


P or cierto que la obra tiene defectos, y defectos que, siendo para mí bien patentes, no empañan, salvo en lo poco que la empañan, la brillantez de la obra.

Rasgó Caeiro la niebla cristiana, que encubre la naturaleza y las emociones que nacen de ella. Pero ni rasgó enteramente esa niebla, ni del todo la consiguió levantar delante de sus propios ojos. Ambas incompletitudes eran de esperar. Que no rasgase del todo esa niebla, era cierto de antemano, pues eso no podía ser obra de un hombre, sino de generaciones de hombres, que ni sólo una bastaría. Que no la apartase del todo frente a sus propios ojos también era de esperar; pues en su alma, como en la de todos nosotros, yacía, a pesar de la aspiración de objetivismo, el fermento subjetivista cristiano, que, sin que lo demos por tal, forma parte consubstancial de la esencia de nuestro ser espiritual. El más pagano de nosotros tiene que expresarse en un lenguaje cristiano, porque las palabras en sus relaciones entre sí y el sentido de cada una aisladamente (de por sí) están cristianizadas. Como ya no hablamos griego, tampoco pensamos griego. Por eso en la obra de Caeiro aparecen algunos elementos que, aunque no escondan su esencia, todavía la contradicen. Enumeraré esos elementos.


Para enumerar primero, escogeré aquel que es el más evidente de todos: la forma poética adoptada, que es, para mí, inadmisible. Sé bien que esa forma tiene un ritmo propio, que ni se confunde con el ritmo de los versos libres de Whitman, ni con el de los versos libres de los franceses modernos. Ese ritmo, sin embargo, nace, en verdad, de la incompetencia de colocar el pensamiento dentro de moldes estables; facilita demasiado, para que lo podamos contar como valor. El objetivista debe, encima de todo, hacer de sus poemas objetos, con contornos definidos, procurando que obedezcan a leyes exteriores a sí mismos, como la piedra, cuando cae, obedece a la gravedad, que, siendo parte de la «lógica» de su movimiento, no es parte de su personalidad material, considerada exclusivamente como tal.

Apuntaré, enseguida, como defecto –más grave para mí, aunque, bien lo sé, mucho menos grave para los otros– el baño tibio de emotividad cristiana en que algunos de los poemas están envueltos, la simbología cristista de la que algunos de ellos, incluso, se sirven. Planea sobre parte del libro un romanticismo naturalista como el que enseñaran a Europa los almibarados cánticos del abominable fundador de la orden franciscana. Por otros pasa, como materia estética, dispensable todavía, un soplo de mitología cristiana que desentona de la índole de la obra.

Si la obra fuese de un cristiano o de un mero emotivo sin una filosofía sosteniendo su arte, se disculparía ese defecto, que, igualmente, no sería más que otro pecado contra la naturaleza. Pero en la obra del más pagano, substancialmente, de todos los autores de todos los tiempos, tal elemento desconsuela y desconcierta, aflige y consterna.

Apuntaré el tercero, que es el último, defecto. No es ese, ya, de la obra en su conjunto, sino de la trayectoria seguida por ella. Lo disculpo, porque la enfermedad, y, antes de ella, una de aquellas perturbaciones emotivas que el hombre fuerte –y tal debe ser el pagano– aun en la juventud no debe sentir, la provocaron. Me refiero al camino seguido por la inspiración de Caeiro, a partir del fin de El Guardador de Rebaños, esto es, a partir de los dos pequeños poemas El Pastor Amoroso hasta el final. El cerebro del poeta se vuelve confuso, su filosofía titubea, sus principios sufren la derrota que, en la indisciplina del alma, representa en espíritu lo mismo que la innoble victoria de una revolución de esclavos. El lector que haya seguido la curva ascensional de El Guardador de Rebaños verá, pasado ese conjunto de poemas, como la inspiración se deteriora y se confunde. No se desvía propiamente, sino que sufre la intrusión de elementos extraños a ella. Que el amigo disculpe al crítico, cuando éste se ve forzado a afirmar que el poeta murió a tiempo. Es posible que cambiase en lo que viniera. No sé. Toda hipótesis de este género es absurda, porque lo que fue era lo que tenía de ser, que así lo quisieron, bajo la mano invisible del Destino, los dioses señores de la materia de nuestro mundo.

Son estos tres, los defectos que, a mi modo de ver, empañan esta obra. Son inevitables: uno por el medio intelectual moderno, en que el autor vivía; otro por la propia espontaneidad y simpleza de la obra, que buscaba expresarse sin cuidar de la forma, escrúpulo que al discípulo, más que al maestro, compete; otra por la enfermedad y por la perturbación del espíritu. Son defectos inevitables, digo; no dejan por eso de ser defectos, pero los defectos inevitables son, en toda obra, los menores. Así esta obra, que se yergue superior sobre nuestra civilización abyecta, no tiene sino los defectos que le vienen de respirar aquel aire por encima del cual va subiendo. A otros, discípulos, compete expurgar las consecuencias de los defectos que todavía empañan la causa. Pero el Maestro, el primero en veinte siglos de niebla que dejó ver los contornos de los montes y la realidad directa de las piedras y de las flores, no podrá ser olvidado mientras los hombres no se aparten por completo de los caminos del mundo y de la materia humana de que fueron hechos.