[Salutación al porvenir pagano]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Preface ad finem

No tengo palabras para el futuro, incluso el pasado, de nuestro esfuerzo. Ese esfuerzo (y el Destino) y no ellas, crearán, si lo crean, ese futuro.

Por eso mis últimas palabras no son proféticas, sino exhortativas. Las dirijo a los que quieran acompañarnos, a los dos que hice maestros, en este tiempo redentor. Las dirijo un poco a mí mismo, y al poeta a quien acompaño, para que ese deber, escrito en este libro, corra menos riesgo de ser olvidado. Todas ellas se resumirán en una advertencia. Sabemos nosotros nuestro deber; nuestro objetivo comprendemos; sabemos quiénes son nuestros enemigos.


Pero no nos dejemos arrastrar por la comprensión de cuánto nuestro espíritu no se conforma a nuestra época. Es justo que nos aislemos, porque lo que podemos dar a este mundo, él no lo quiere; ni él nos puede dar aquello que, si pidiésemos, le pediríamos. No podemos, pues, como paganos participar de la vida de la ciudad, o de las cosas de la época activamente. Hasta este punto es justa y apropiada nuestra actitud negativa.

No pasemos, sin embargo, más allá de este punto. Aislándonos, por una higiene del espíritu, de los hombres y de los cuidados de nuestro tiempo, cuidémonos bien de no tomar el aislamiento en sí por un bien, ni dentro de nuestro espíritu pongamos entre nosotros y la humanidad aquella frontera que es forzoso que tracemos entre nosotros y la humanidad presente.

Que nuestro aislamiento sea doloroso, para que sea noble; porque nosotros debemos estar aislados por amor a la humanidad y a la patria, y no por indiferencia a ellas; por amor de la patria del pagano aislados de la patria degenerada y cristista que, seamos nacionales de donde fuéramos, el destino nos dio que habitásemos a nosotros de hoy. Debe dolernos de veras la degeneración y la torpeza en que la humanidad cayó, con el cristismo; no debemos ser indiferentes a que sea así o de otra manera.

De otro modo no seremos dignos de la estatura de paganos, ni del nombre, que debemos merecer, de siervos de los Dioses, de esclavos sumisos del universal Destino. Seremos solamente hombres de un período de decadencia, superiores por el instinto de liberación, pero no por la práctica, dentro de nosotros, de ese instinto.

Digo esto porque tan altos y claros espíritus como Caeiro y Ricardo Reis no dejaron de pecar en este punto. ¿A qué fin superior sirve decir –y antes de decir, pensar- como Caeiro: […]?

¿Qué nobleza hay en la frase impía de Ricardo Reis: Prefiero rosas, mi amor, a la patria?

¿O en el insensato y jactancioso epodo en que se vanagloria de no importarle la guerra y las cosas de los hombres, anteponiéndoles un juego de ajedrez?

¿En qué se distinguen estas […] de las más características efusiones de los bajos «decadentes» de los Whitmans, de los Paters y de los Wildes de nuestra Bizancio Universal?

Tales errores nos obligan a la consabida cita del viejo pasaje de Terencio, donde enseña que al hombre nada humano deber ser ajeno.

Debemos probar, con nuestras palabras, y por eso con nuestros pensamientos, que nosotros, paganos, somos superiores no sólo en la metafísica como en la ética, no sólo en el sentimiento estético como en el sentido humano.

Que seamos enemigos del humanitarismo igualitario de los crististas; que conocedores de las leyes fatales, que hacen pasar bajo su yugo inalterable las sociedades, defendamos como principios eternos de regulación social la supremacía de clase, la desigualdad de sexos y el derecho a la guerra, nada de esto lleva a que, como alemanes descendientes del feroz politeísmo de los nervios, caigamos en el exceso pervertido y obstinado de abandonar aquellos principios de justicia, de caridad humana y de moderación en las costumbres y en los modos que son, no de los cristianos sino del hombre, y que, más que a otro, convienen al pagano, a quien el hombre interesa antes de todo y que, si no lo quiere pervertido por ideas de igualdades inferiores y de estériles paráfrasis, es porque sabe que con esas ideas se arruinan los estados, se deterioran las costumbres y se depravan las civilizaciones. Por amor a los hombres seremos francos para con los hombres, no juzgando bien lo que ellos, en su infancia o vejez espiritual, suponen que les conviene, ni llevando el amor por ellos al extremo en que los pierda, como la mona de la historia que con el ardor excesivo, con que abraza al hijo, lo ahoga y lo pierde.

Que los Dioses nos concedan el auxilio –salvo el Hado, todopoderoso- para que, guiados por él, no nos perdamos en el laberinto de nuestras falsas emociones, ni en el abismo del exceso de nuestros amores, que es el fanatismo. Puede haber un fanatismo de la indiferencia, y un ardor en no sentir. Paganos conscientes y píos, hombres por lo tanto de la armonía y de la moderación, esquivemos esos morbos mentales, frutos más de aquel desequilibrio nacido de la falsa fe, que combatimos, que de nuestra clara religión, cuyo cuerpo inmortal es la armonía y la plenitud.

Toda la disciplina, que coloquemos en nosotros, es poca para los peligros que nos cercan. Cada bocanada que sorbemos del aire que nos circunda trae a nuestra sangre los venenos de la atmósfera cristista. La exageración, el culto subjetivo de la persona humana, la delicuescencia de sentimientos, la pérdida de la noción de las realidades naturales y humanas, son cosas que, no minuto a minuto, sino instante a instante, nos entran por los sentidos, sólo con usarlas, del mundo humano que nos envuelve. Ser pagano es hoy la mayor cosa del mundo, y la más noble, y por eso la más difícil. Nuestra voluntad ha de ser la de un asceta; nuestra visión la de un hombre que sólo tuviese la vista. La armonía de nuestras facultades, y la moderación en su empleo, fueron cosas difíciles en todos los tiempos; cuánto más difíciles no son en una época, degeneración de la degeneración, en que armonía es una palabra en el diccionario, y la moderación una reliquia de la que ningún supersticioso espera milagros, y a la que ningún creyente presta culto.

Creo que este es el mayor peligro, de los diversos peligros que nos amenazan o nos pueden amenazar. Es el peligro de que el cristismo, que es todo lo humano que nos rodea, se insinúe en la propia sustancia de nuestro pensamiento y nos arruine por donde no esperamos, como una plaza asediada en cuyo ámbito habiten traidores.

Es humano en quien combate combatir excesivamente. Es natural en el espíritu del hombre –y cuánto más en un espíritu que vive entre influencias cotidianas, todas indicadoras de exceso y exageración- que, en el combate al enemigo, exagere, para contraponerlos bien y animarse a sí mismo, los principios en cuyo nombre combate.

Recordemos, sin embargo, que al combatir nosotros el cristismo, una de las cosas que más combatimos en él es el exceso, la exageración, la extravasación. Tengamos presente en todos los momentos esa divisa de nuestro estandarte. Nosotros que combatimos la exageración, si caemos en ella, no sólo erramos, sino que seremos vencidos, porque nos pasamos al enemigo. Hagamos de la armonía, de la disciplina y de la moderación, la ciudadela de nuestro destino y de nuestro pensamiento. Firmes en eso, no temamos. Tan bellas son la armonía y la moderación que en ellas no puede haber exceso, porque son lo contrario del exceso; y que su obtención no queda en ellas, pero su calmo auge y su frío climax, es la perfección.

Bello es el combate y la esperanza es grande. Estas palabras de Platón deben ser el lema que nos guíe.

Somos pocos, los suficientes para no ser ningunos, pero puede ser que mañana vengan a nuestro encuentro aquellos a quienes hablemos la lengua olvidada de la civilización.

La senda que proponemos es todavía más estrecha que la que Cristo proponía a los que deseaban seguirle. Por una ironía natural de las cosas, nosotros, aunque en otro sentido, podemos decir a nuestros contemporáneos que aquellos que quieran seguirnos, tienen que dejar el mundo. Pero es el mundo moderno, equivocado como está, el que deben abandonar; él tiene seducciones, todas las seducciones del camino trillado, que por trillado es conocido, por conocido fácil, y por fácil agradable. Nosotros defendemos la civilización contra la civilización hodierna; Apolo contra Cristo; […]

Estos enemigos nuestros, los tiene cada cual en su espíritu; es consigo la mayor lucha que tiene que trabar. ¿Cuántos habrá capaces de este ascetismo liberador?

Quien se bate por una causa grande puede ser vencido sin que la causa se vea disminuida. Lo que muere en la defensa de los dioses, muere solo él, y los dioses quedan.

Lo peor que nos puede suceder es que queden sin eco nuestras palabras, y que nuestros nombres reviertan al olvido, del cual, en ese caso, mal habrían alguna vez salido. El mal es poco: que nada suceda. La derrota será no haber habido victoria.

No nos quedará pesando que, habiendo visto la verdad, no la hubiésemos dicho; o que, habiendo conocido a los Dioses, hubiésemos dejado sin desagravio el insulto de los vencidos a su eterna presencia.

Estas palabras son escritas en la confianza en Apolo, cuya vida da luz a la tierra, y cuyo influjo da verdad al pensamiento. En sus manos soberanas entrego lo que hice, para que él lo tome como sacrificio en su altar.

Mi misión era explicar. He explicado.

No he iniciado: he seguido. Pero he visto que había un camino porque, antes, dos me lo habían señalado. A esos dos consagro el fruto de mi esfuerzo, y, cuando éste sea nulo, el valor de ese esfuerzo, que no puede ser nulo.

Abuso, por ventura, de la duda y de la descreencia. Lo que se comienza en base tan poco propicia, podrá significar anti-creencia, que no quiere, a pesar de todo, […]

¡Elevo pues, a los dioses, lleno de esperanza, mi corazón! ¡En verdad, bello es el combate y la esperanza grande. En verdad algún núcleo de futuro debemos arrancar al estancamiento!

¡Saludo en Caeiro y Ricardo Reis, saludo en nosotros mismos el Regreso de los Dioses!

¡Alegraos, todos vosotros que lloráis, sin saber por qué, en la mayor dolencia de las civilizaciones!

¡El gran Pan ha renacido!


2 comentarios:

Zöe dijo...

Siempre entro en este blog y cada vez ocurre lo de siempre: comienza un paseo, una zambullida en uno y otro de todos estos que son Pessoa. Pienso (analogía obvia pero válida) en la máscara, en la persona… pienso en Pessoa y en lo imperativo de la palabra: la palabra como voluntad ineludible tal vez.
En fin, es siempre una alegría pasar por aquí y ver que hay tanto para seguir leyendo. Hace poco descubrí este sitio y no me tardé en recomendarlo a algunos amigos.

Gracias...

Manlio Torcuato dijo...

A mi me pasa lo mismo. Aprendo cada vez que entro.