[Ricardo Reis, visto por Alvaro de Campos]

Alvaro de Campos


Nuestro Ricardo Reis tuvo una inspiración feliz si es que él utiliza inspiración, al menos por fuera de las explicaciones, cuando redujo a seis líneas su arte poética:

No el arte poética, sino la suya. Que él ponga en la mente altiva el esfuerzo sólo de la “altura” (sea eso lo que fuere), lo concedo, aunque me parezca estrecha una poesía limitada al poco espacio que es propio de las cimas. Pero la relación entre la altura y los versos de un cierto número de sílabas me resulta más velada. Y, es curioso, el poema, salvo la historia de la altura, que es personal, y por eso queda con Reis, que por otra parte la guarda para sí, está lleno de verdad:

Que cuando es alto y regio el pensamiento,

Súbdita la frase lo busca
Y el esclavo ritmo lo sirve.

Excepto que pensamiento debe ser emoción, y, otra vez, a tal altura, es cierto que, concebida fuertemente la emoción, la frase que la define se hace espontánea, y el ritmo que la traduce surge por fuera de la frase. No concibo, sin embargo, que las emociones, ni siquiera las de Reis, estén universalmente obligadas a odas sáficas o alcaicas, y que Reis, sea que diga a un ladrón que no huya, sea que diga que tiene pena de tener que morir, lo tenga forzosamente que hacer en frases súbditas que por dos veces son más largas y por dos veces más cortas, y en ritmos esclavos que no pueden acompañar las frases súbditas sino en diez sílabas para las dos primeras, y en seis sílabas las dos segundas, en un graduar del paso desconcertante para la emoción.

No censuro a Reis más que a cualquier otro poeta. Lo aprecio, realmente, y a decir verdad, por encima de muchos, de muchísimos. Su inspiración es estrecha y densa, su pensamiento compactamente sobrio, su emoción real aunque demasiadamente volcada hacia el punto cardinal llamado Ricardo Reis. Pero es un gran poeta –aquí lo admiro–, si es que hay grandes poetas en este mundo fuera del silencio de sus propios corazones.