Notas para el recuerdo de mi maestro Caeiro [II]

[texto dactilografiado, 26/4/1930]


Alvaro de Campos


H ay frases repentinas, profundas porque vienen de lo profundo, que definen a un hombre, o, mejor, con las que un hombre se define sin filosofía. No me olvido aquella en que una Ricardo Reis se me definió. Se hablaba de mentir, y él dijo: “Abomino de la mentira porque es una inexactitud”. Todo Ricardo Reis – pasado, presente y futuro – está en esto.

Mi maestro Caeiro, como no decía sino lo que era, puede ser definido por cualquier frase suya, escrita o hablada, sobre todo después del período que comienza de la mitad en adelante de El Guardador de Rebaños. Pero, entre tantas frases que escribió y se publican, entre tantas que me dijo y yo cuento o no, la que lo contiene con mayor simplicidad es aquella que una vez me dijo en Lisboa. Se hablaba de no sé qué que tenía que ver con nuestras relaciones con nosotros mismos. Y yo pregunté de repente a mi maestro Caeiro, “¿está contento consigo?” Y él respondió: “No: estoy contento”. Era como la voz de la Tierra, que es todo y nadie.

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Es muy curiosa la complejidad de la simplicidad de Caeiro. Es también muy curiosa la evolución de su concepto de universo, o, mejor, de la falta de universo. Siendo absolutamente un sensacionista, sus sensaciones son inteligencias, con un raciocinio propio, con un poder crítico propio. Comenzando como una especie de San Francisco de Asís sin fe, se fue arrastrando lentamente, rasgándose en los obstáculos, a través de la breña de lo que había aprendido: felizmente muy poco. Finalmente, apareció desnudo. Fue el punto más elevado de El Guardador de Rebaños, de los poemas –¡tan nuevos en la superficie de la función más antigua en el mundo!– de El Pastor Amoroso y de los poemas no-anómalos de los Inconjuntos. Esos poemas anómalos son ya la invasión de la verdad por la muerte. Hay algunos en que la visión como que se perturba. El hombre desnudo está experimentando la mortaja. Pero, finalmente, y viendo la obra en conjunto, ella es la desnudez sustantiva, porque la ropa lo cubría mal y lo que la mortaja cubre es nada.

Su comentario a San Francisco de Asís dice todo. Le leí una vez, traduciendo rápidamente, parte de las “Florecillas”. No leí más porque él, indignado o casi, me interrumpió con real incomodidad. “Es buen hombre, pero está bebido”, dijo mi maestro Caeiro. Esto me pareció, en el momento, un impulso con expresión apropiada, pero, casi de inmediato reparé en la delicuescencia del enternecimiento del Santo, en el candor de su alma por tras de éste y reconocí la fotografía.