[La obra y la vida de Caeiro]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


No es este el lugar, ni todavía la hora, para decir todo acerca de la obra poética a que estas palabras sirven de preámbulo. Sería necesario, para fingirla comprendida, que se buscase tal abundancia de argumentos y de explicaciones con los que no pudiese así haber deshonra para el espíritu en no comprenderla. Pero esa explicación iría más lejos de lo que el propósito de lo que se escribe debe ir; por ahora, ya que lo que se puede decir no es todo, basta que se diga bastante (lo suficiente); ya que lo que se puede explicar no es […]

La claridad hará las veces de amplitud, y donde no puede haber cantidad, que haya, al menos, el peso, de los argumentos.

No me cabe la tarea, que otros, los cercanos, con mayor competencia ejercerán, de describir cuál fue, en sus cortos años y pocas nuevas, la vida del poeta del cual esta obra es. Ni la narración de esa vida auxiliaría el entendimiento de la obra, que pocas raíces tiene en la historia personal del hombre que la escribió; ni esa historia, de ser contada, esclarecería, no ya por causa, sino por paralelo, la obra realizada.

¿Qué tiene ver esta obra con lo que sucedió en la vida del poeta? Cualquier campo es el campo que él vio; cualquier amor, el amor breve que dejo de sí en los dos poemas de «El Pastor Amoroso», únicos en el mundo en este género; cualquier final de vida, con la tristeza de su sentido, produce la quiebra de la fuerza artística, la turbación de la quietud meditativa que, por momentos, en la tercera parte del libro, se deja revelar. Cuál era la enfermedad no importa, como cuál fue el amor no importó. Tan perfecta es la obra que del hombre sólo conserva la humanidad y no la personalidad; como de la naturaleza sólo conserva lo natural y no (lo relativo a sus pormenores).

En obra tan perfectamente objetiva, tan de estructura ajena a la propia mente que la concibió, sería insensata malicia querer ser explicador. Como el cielo y la tierra no se explican sino viendo, y cada uno ve con sus ojos y no con las indicaciones de otros, tal esta obra […]

Esta obra no tiene semejanza con la obra de ningún poeta de ningún país y de ninguna época. De una u otra se puede aproximar en la forma: pero es más una forma para los ojos que para los oídos. Escrita en aquel verso que lo es sólo porque el pensamiento piensa en verso, y no porque la voz mida el ritmo externo, obedece, sin embargo, a un oculto movimiento rítmico que tiene sus raíces en la curva íntima del pensamiento en que la ejecución se genera.

Cito esto, y, citándolo, lo describo. No es la forma genérica lo que vale en la obra; en la forma ninguno innova, porque, finalmente, o en prosa o en verso habremos de escribir, o escribimos; lo que importa es lo mejor o lo peor que escribimos. La sustancia de la obra valdrá más, pues, a nuestra atención que sus accidentes externos, fruto tal vez del contacto del pensamiento con la necesidad de expresarse, esto es, de determinarse para los otros, y no del pensamiento con la necesidad de pensarse, esto es, de determinarse para sí.

Ni de la forma me ocupo, dado que no la considero natural. Pero por forma entiendo solamente la escritura y el ritmo de la obra. Llego a la esencia, en los pensamientos y sentimientos que son la sustancia, y a las formas de conocer esos pensamientos, que son las actitudes de él. No me sirvo de estos términos del panteísta, porque me haya educado en su escuela. Me sirvo de ellos porque me sirven.