[Desnacionalización y supertradicionalización]

L a vida nacional portuguesa sufre hoy los resultados de una triple ruptura de equilibrio. La primer ruptura se dio con el comienzo de la decadencia, donde sea que ella se quiera colocar, antes, durante, o después de Alcazarquivir. La segunda ruptura de equilibrio se dio con la implantación del constitucionalismo, que quebró la tradición política nacional, sin construir nada de nacional que sustituyese el régimen depuesto.

La primer ruptura de equilibrio es la que se da en todas las decadencias: ruptura de la relación sana entre gobernantes y gobernados, estado social en que los gobernantes, aunque por ventura puedan gobernar bien, gobiernan, en todo caso, siempre fuera de la relación interpretativa con la generalidad del pueblo que gobiernan. Esa ausencia de interpretatividad de parte de los gobernantes se explica con facilidad. El primer fenómeno de las decadencias es la pérdida de cohesión social; y el resultado primario de la pérdida de cohesión social es la degeneración del patriotismo. No es que el patriotismo desaparezca, sino que pasa de estado dinámico constante a estado estático. Sólo una fuerte convulsión de origen externo lo despierta; sin eso, la generalidad del pueblo se desinteresa de la Patria, se desinteresa de los gobernantes, y acaban las clases por desinteresarse, tanto cuanto económicamente es posible, unas de las otras. El resultado es una decadencia integral, que progresivamente alcanza [...]

La restauración de 1640 se hizo por una revolución aristocrática, que el pueblo apoyó, pero en la que no colaboró activamente.

El error del Marqués de Pombal consistió en destruir el poder de la aristocracia sin crear otro punto de apoyo para la realeza, que así quedó suspendida en el aire, fuera de relación con el país. De nada valía, dado ese error fundamental, fomentar la industria, auxiliar el comercio, promover la disciplina del ejército. La obra pasaría con el hombre, como, en efecto, pasó. Víctima del error intelectualista del siglo XVIII, Pombal creyó que es posible gobernar sin atender a los elementos instintivos y subconscientes, que, como la ciencia sabe hoy, son la parte fundamental del psiquismo humano, y, sobre todo, del psiquismo colectivo, creado por interrelación de instintos, y no por contacto de inteligencias.

Quebrada la relación entre gobernantes y gobernados, lo que siguió es enteramente deducible de ese simple hecho. Los gobernantes, perdido el contacto con la tradición nacional, sin apoyo en las realidades psíquicas que son el fundamento de la vida de la nación, pasaron a vivir mentalmente del extranjero, pero, como la quiebra de contacto con las realidades nacionales envuelve una quiebra de contacto con la única fuente de inspiración original, pasaron a vivir bastarda y artificialmente del extranjero, impotentes para crear nuevas ideas, siervos sumisos de la primera mezquindad francesa, súbditos miserables de la hipnosis de lo de allá afuera.

El pueblo, la masa gobernada de la nación, roto su contacto con aquellos cuya función es establecer el progreso y estimular el esfuerzo, cayó en el bajo tradicionalismo; en el tradicionalismo que no es un apego a las grandezas pasadas, porque las grandezas pasadas ningún pueblo por educar las puede tener presentes a menos que se las recuerden sus gobernantes; sino en el tradicionalismo de gleba y tarro, apego de animal al yugo usado, arraigo de vegetal a la tierra a la que nació pegado. Desnacionalización (baja) en los gobernantes; supertradicionalización en los gobernados; tal el estado en que nos encontrábamos, y en que nos encontramos.

Encaremos, ante todo, las tres realidades sociales, por las cuales se ha de guiar todo hombre que busque crear cosas sociales. La primera es la ley de continuidad histórica; la segunda es la ley de las elites; la tercera es la ley del equilibrio, o, antes de la representatividad.

C. H. – Ninguna nación se puede transformar sino en varias generaciones. Las revoluciones nada transforman, sólo traen la transformación. La Revolución Francesa atrasó al pueblo francés cerca de cincuenta años; su único producto visible más próximo fue (curiosa ironía) meramente literario, y, aun así, el romanticismo francés, primera obra positiva de la Revolución, surgió, ante todo y a pesar de sufrir de la indisciplina mental que esa revolución causó, como reacción contra esa Revolución.

El ganado ruso, aquellos animales a que se llama pueblo ruso... ¿Hay alguien que, en serio, juzgue que la Revolución Rusa transformó alguna cosa de fundamental? El Imperio de Zar vivía en anarquía gubernativa, en analfabetismo de letras y de energías; ¿cree alguien que el bolchevismo eliminó la anarquía, cree alguien que el bolchevismo eliminó la tiranía, cree alguien que la mera aparición de unos cerebros románticos mandando, sin preparación científica para el pensamiento o para la acción [...]

Los bolcheviques son cristianos sin religión; tienen la mentalidad cristiana, creen en el milagro, porque creen que una sociedad se transforma de un día para otro, o de un [...]

[...]

¿Justicia? La Justicia es la más estúpida de las ilusiones. La única justicia es [...]

La mentalidad obrera, como es de esperar, es esencialmente cristiana; ¿cómo no lo había de ser, si las plebes son herederas de siglos sobre siglos de educación cristiana, y si la ciencia es algo que un cerebro popular no puede alcanzar? La base de la doctrina cristiana es «Libertad, Igualdad, Fraternidad»; este lema «revolucionario» fue promulgado por el ocultista cristiano Claude de St. Martin, discípulo del judío portugués Martins Pascoal. No se diga que el cristianismo no cumplió este lema; no lo cumplió porque no es posible cumplirlo. Ni lo cumplió el revolucionarismo moderno, ni lo cumplirá nunca. El desconocimiento de las leyes que rigen la vida de las sociedades es el hecho primordial de la mentalidad moderna. Y, como último absurdo, tenemos a estos pobre hombres creyendo todavía en el dogma cristiano del libre arbitrio; creen que el hombre es libre, cuando lo primero que la ciencia señala es que el hombre es esclavo; creen que pueden alterar la apariencia de la naturaleza humana y acabar con el viejo hombre humano –puerco, sensual, estúpido, patriota y propietario [...] el hombre es como es y no como el cristianismo laico de los radicales y de los bolcheviques lo quiere hacer.

Fernando Pessoa