[Un pagano no es humanista: es humano]

[texto manuscrito, tal vez 1916]

Antonio Mora


El Regreso de los dioses

No somos, en verdad, neopaganos, ni paganos nuevos. Neopagano, o pagano nuevo, no es término que tenga sentido. El paganismo es la religión que nace de la tierra, directamente de la naturaleza, que nace de la atribución a cada objeto de su verdadera realidad. Por su propia naturaleza de natural, él puede aparecer y desaparecer, pero no cambiar de cualidad. «Neopagano» es un término que tiene tanto sentido como «neopiedra» o «neoflor». El paganismo aparece con la salud y desaparece con la enfermedad del género humano. Puede marchitarse, como una flor se marchita, y morir, como muere una planta. Pero no toma la forma de otra cosa, ni es susceptible de formas diferentes a las de su sustancia.


Que se designasen a sí mismos neopaganos aquellos cristianos rebeldes, como Pater y Swinburne, que nada tenían de paganos sino el deseo de serlo, concédase, porque no es falta de razón que se dé un nombre imposible a una cosa absurda. Pero nosotros, que somos paganos, no podemos usar un nombre que indique que lo somos como «modernos» o que venimos a «reformar» o «reconstruir» el paganismo de los griegos. Hemos llegado a ser paganos. Renació, en nosotros, el paganismo. Pero el paganismo que renació en nosotros es el paganismo que siempre hubo: la subordinación a los dioses como la justicia de la Tierra para consigo misma.

Un estudioso del paganismo no es un pagano. Un pagano no es humanista: es humano. Lo que el pagano acepta de mejor grado del cristismo es la fe popular en los milagros y en los santos, el rito, las romerías. Es la parte «rechazada» del cristismo la que él más prontamente aceptaría, si algo cristiano aceptase. Aquel «paganismo» moderno, o «neopaganismo», que no comprende los días santos pero sí a los poetas místicos, nada tiene en común con el paganismo. Porque el pagano acepta una procesión sin desagrado pero vuelve la espalda a la mística de Santa Teresa de Jesús. La interpretación cristiana del mundo le produce náuseas; pero una fiesta de iglesia, con luces, flores, cantos y después la romería: estas cosas las acepta como buenas, aunque dentro de una cosa mala, porque estas cosas son de verdad humanas y son la interpretación pagana del cristianismo.

El pagano tiene simpatía por la superstición cristiana, porque el hombre que no es supersticioso no es hombre; pero no siente simpatía por el humanitarismo, porque quien es humanitario no es hombre.

Para el pagano cada cosa tiene su genio o ninfa, cada cosa es una ninfa cautiva o una dríade recogida por el mirar; por eso, cada objeto tiene para él una maravillosa realidad inmediata, y con cada cosa él está en convivencia cuando la ve, y en amistad, cuando la toca.

El hombre que ve en cada objeto otra cosa cualquiera que no sea esto, no puede ver, amar o sentir ese objeto. El que da a cada cosa el valor de haber sido creada por «Dios», le da valor no por lo que ella es, sino por lo que ella le recuerda. Sus ojos están puestos en esa cosa y en otro lugar su pensamiento.

El panteísta, para quien cada cosa vale por su participación en el todo, también ve una cosa para pensar en otra, igualmente mira para no ver. No piensa en ella, sino en su continuidad con el resto del mundo. ¿Cómo puede amar una cosa quien la ama por un principio exterior a ella? La primera regla del amor, y la última, es que la cosa amada sea amada por ser esa cosa y no otra, y amada por ser objeto de amor, no por que haya «razón» para amarla.

El mero materialista o racionalista, para quien cada cosa es maravillosa por el trabajo que en ella tuvo la «Naturaleza», y la energía latente que en ella se agita para que viva –el sistema planetario que cada átomo en ella incluye–, este hombre no ama esa cosa, ni la ve, éste, de igual modo, cuando mira una cosa piensa en otra, que es la composición de esa cosa. Cuando ve una cosa, medita su descomposición. Por eso nunca un materialista hizo arte, nunca un materialista, o un racionalista, ha mirado el mundo. Entre él y el mundo el misticismo de la ciencia interpuso su velo, el microscopio, y él cayó en la realidad como en un pozo. Para él cada cosa se volvió, no una persona de la tierra, sino una reja, desde la que escudriña su anatomía íntima; como para el panteísta es una reja o ventana al Todo; y para el creacionista una reja a través de la cual mira a Dios [...] Místicos cristianos, soñador panteísta, materialista y hombre de la “razón”, para todos ellos el mundo es tan sólo su pensamiento. El vicio cristiano de superponer el hombre a la naturaleza es la verdadera enfermedad de la que todos nacieron decrépitos.