Notas para el recuerdo de mi maestro Caeiro [I]

[texto dactilografiado, 26/4/1930]


Alvaro de Campos


(Algunas de ellas)


C onocí a mi maestro Caeiro en circunstancias excepcionales, como todas las circunstancias de la vida, y sobre todo las que, no siendo nada en sí mismas, vienen a ser todo en los resultados.

Dejé en casi tres cuartos mi curso escocés de ingeniería naval; partí en un viaje al Oriente; en el regreso, desembarcando en Marsella, y sintiendo un gran tedio de seguir, vine por tierra hasta Lisboa. Un primo mío me llevó un día de paseo al Ribatejo; conocía a un primo de Caeiro y tenía negocios con él; me encontré con el que habría de ser mi maestro en casa de este primo suyo. No hay más que contar, porque esto es pequeño, como toda fecundación.

Lo veo todavía, con la claridad del alma, que las lágrimas del recuerdo no empañan, porque la visión no es externa. Lo veo ante mí, lo veo tal vez eternamente como la primera vez que lo vi. Primero, los ojos azules de niño que no tiene miedo; después, los pómulos ya un poco salientes, el color un poco pálido, y el extraño aire griego, que venía de dentro y era una calma, y no de fuera, porque no era expresión ni fisonomía. El cabello, casi abundante, era rubio, pero, si faltaba luz, se acastañaba. La estatura era mediana tendiendo a alta, pero encorvada, sin hombros levantados. El gesto era blanco, la sonrisa era como era, la voz era igual, lanzada en el tono de quien no procura decir sino lo que está diciendo –ni alta ni baja, clara, libre de intenciones, de hesitaciones, de timideces. La mirada azul no sabía dejar de mirar fijamente. Si nuestra observación extrañaba alguna cosa, la encontraba: la frente, sin ser alta, era poderosamente blanca. Repito: era por su blancura, que parecía mayor que la de la cara pálida, que tenía majestad. Las manos un poco delgadas, pero no mucho; la palma era larga. La expresión de la boca, la última cosa en que se reparaba –como si hablar fuese, para este hombre, menos que existir– era la de una sonrisa como la que se atribuye en verso a las cosas bellas inanimadas, sólo porque nos agradan –flores, campos anchos, aguas con sol– una sonrisa de existir, y no de hablarnos.



¡Mi maestro, mi maestro, perdido tan temprano! Lo reveo en la sombra que soy en mí, en la memoria que conservo de lo que soy de muerto...

Fue durante nuestra primera conversación... Cómo fue no sé, y él dijo: “Está aquí un joven, Ricardo Reis, al que te gustará conocer: es muy diferente a ti”. Y después agregó, “todo es diferente de nosotros, y por eso es que todo existe”.

Esta frase, dicha como si fuese un axioma de la tierra, me sedujo con una conmoción, como la de todas las primeras posesiones, que me entró en los cimientos del alma. Pero, al contrario de la seducción material, el efecto en mí fue el de recibir de repente, en todas mis sensaciones, una virginidad que no había tenido.

*

R efiriéndome, una vez, al concepto directo de las cosas, que caracteriza la sensibilidad de Caeiro, le cité, con perversidad amiga, que Wordsworth designa un insensible con la expresión:

A primrose by the river's brim
A yellow primrose was to him,
And it was nothing more.

Y traduje (omitiendo la traducción exacta de “primrose”, pues no sé nombres de flores ni de plantas): “Una flor en la margen del río para él era una flor amarilla, y no era nada más”.

Mi maestro Caeiro rió. “Ese simple veía bien: una flor amarilla no es realmente sino una flor amarilla”.

Pero, de repente, pensó.

“Hay una diferencia”, agregó. “Depende si se considera la flor amarilla como una de las varias flores amarillas, o solamente como aquella flor amarilla”.

Y después dijo:

“Lo que ese poeta inglés suyo quería decir es que para tal hombre esa flor amarilla era una experiencia vulgar, o una cosa conocida. Pero eso no está bien. Toda cosa que vemos, debemos verla siempre por primera vez, porque realmente es la primera vez que la vemos. Y entonces cada flor amarilla es una nueva flor amarilla, aunque sea lo que se dice la misma de ayer. La gente no es ya la misma ni la flor es la misma. El propio amarillo no puede ser ya el mismo. Es una pena que la gente no tenga exactamente los ojos para saber esto, porque entonces seríamos todos felices”.

*

M i maestro Caeiro no era un pagano: era el paganismo. Ricardo Reis es un pagano, Antonio Mora es un pagano, yo soy un pagano; el propio Fernando Pessoa sería un pagano, si no fuese un ovillo enredado para el lado de adentro. Pero Ricardo Reis es un pagano por carácter, Antonio Mora es un pagano por inteligencia, yo soy un pagano por rebelión, esto es, por temperamento. En Caeiro no había explicación para el paganismo; había consubstanciación.

Voy a definir esto de la manera en que se definen las cosas indefinibles: con la cobardía del ejemplo. Una de las cosas que más nítidamente nos sacuden en la comparación de nosotros con los griegos es la ausencia de concepto de infinito, la repugnancia de infinito entre los griegos. Pues mi maestro Caeiro tenía en sí ese mismo inconcepto. Voy a contar, creo que con gran exactitud, la conversación asombrosa en que me lo reveló.

Me refería él, desarrollando lo que dice en uno de los poemas de El Guardador de Rebaños, que no sé quien le había llamado en tiempos “poeta materialista”. Sin hallar la frase justa, porque mi maestro Caeiro no es definible con alguna frase justa, dije, con todo, que la atribución no era del todo absurda. Y le expliqué, más o menos bien, lo que es el materialismo clásico. Caeiro me oyó con una atención dolorosa en el rostro, y después me dijo bruscamente:

“Pero eso es muy estúpido. Es una cosa de curas sin religión, y por tanto sin disculpa ninguna.”

Quedé atónito, y le señalé varias semejanzas entre el materialismo y su doctrina, salvo la poesía de esta última. Caeiro protestó.

“Pero eso que llamas poesía es todo. Ni es poesía: es ver. Esa gente materialista es ciega. Dices que ellos dicen que el espacio es infinito. ¿Dónde es que ellos vieron eso en el espacio?”

Y yo, desorientado. “¿Pero no concibes el espacio como infinito? ¿No puedes concebir el espacio como infinito?”.

“No concibo nada como infinito. ¿Cómo es que puedo concebir cosa alguna como infinito?”

“Hombre”, dije yo, “supón un espacio. Más allá de ese espacio hay más espacio, más allá de ese más, y después más, y más, y más... No acaba...”

“¿Por qué?” dijo mi maestro Caeiro.

Quedé en un terremoto mental. “Supón que acaba”, grité. “¿Qué hay después?”

“Si acaba, después no hay nada”, respondió.

Este género de argumentación, acumulativamente infantil y femenina, y por tanto incontestable, me ató el cerebro durante unos momentos.

“¿Pero concibes eso?” dejé caer por fin.

“¿Si concibo qué? ¿Qué una cosa tenga límites? ¡Claro! Lo que no tiene límites no existe. Existir es que haya otra cosa cualquiera y que por lo tanto cada cosa sea limitada. ¿Qué cuesta concebir que una cosa es una cosa, y no está siempre por ser otra cosa que está más adelante?”

En esta altura sentí carnalmente que estaba discutiendo no con otro hombre, sino con otro universo. Hice una última tentativa, un desvío que me obligué a sentir legítimo.

“Mira, Caeiro... Considera los números... ¿Dónde es que acaban los números? Tomemos cualquier número: el 34, por ejemplo. Más allá de él tenemos el 35, el 36, el 37, el 38, y así sin poder parar. No hay número tan grande que no haya un número mayor...”

“Pero eso son sólo números”, protestó mi maestro Caeiro.

Y después agregó, mirándome con una formidable infancia:

“¿Qué es el 34 en la realidad?”

*

H ay frases repentinas, profundas porque vienen de lo profundo, que definen a un hombre, o, mejor, con las que un hombre se define sin definición. No me olvido aquella en que una vez Ricardo Reis se me definió. Se hablaba de mentir, y él dijo: “Abomino de la mentira porque es una inexactitud”. Todo Ricardo Reis – pasado, presente y futuro – está en esto.

Mi maestro Caeiro, como no decía sino lo que era, puede ser definido por cualquier frase suya, escrita o hablada, sobre todo después del período que comienza de la mitad en adelante de El Guardador de Rebaños. Pero, entre tantas frases que escribió y se publican, entre tantas que me dijo y yo cuento o no, la que lo contiene con mayor simplicidad es aquella que una vez me dijo en Lisboa. Se hablaba de no sé qué que tenía que ver con las relaciones de cada cual consigo mismo. Y yo pregunté de repente a mi maestro Caeiro, “¿está contento consigo?” Y él respondió: “No: estoy contento”. Era como la voz de la Tierra, que es todo y nadie.

*

N unca vi triste a mi maestro Caeiro. No sé si estaba triste cuando murió, o en los días anteriores. Sería posible saberlo, pero la verdad es que nunca osé preguntar a los que asistieron a su muerte cualquier cosa de la muerte o de cómo la tuvo.

En todo caso, fue una de las angustias de mi vida –de las angustias reales en medio de tantas que han sido ficticias– que Caeiro muriese sin estar yo a su lado. Esto es estúpido pero humano, y es así.

Yo estaba en Inglaterra. El propio Ricardo Reis no estaba en Lisboa; estaba de vuelta en Brasil. Estaba Fernando Pessoa, pero es como si no estuviese. Fernando Pessoa siente las cosas pero no se conmueve, ni aun por dentro.

Nada me consuela de no haber estado aquel día en Lisboa, a no ser el consuelo que pensar en mi maestro Caeiro me da espontáneamente. Nadie es inconsolable ante la memoria de Caeiro, o de sus versos; y la propia idea de la nada –la más pavorosa de todas si se piensa con la sensibilidad– tiene, en la obra y en el recuerdo de mi maestro querido, alguna cosa de luminoso y de elevado, como el sol sobre las nieves de las cumbres inaccesibles.


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