Cómo organizar Portugal

Publicado en Acção, órgano del Núcleo de Acción Nacional, Nº 1, Lisboa, 19/5/1919


Cuando terminó la guerra – ¡como si la guerra alguna vez terminase, o hubiese en este mundo algo sino guerra!–, cuando, en fin, esta guerra reciente finalizó, paso a ser asunto de primer plano aquello, ya bastante discutido, que más vulgarmente se llamó «los problemas de la reconstrucción». La frase es inglesa, y, como participa de la nebulosidad mental que caracteriza a los ingleses, es susceptible de ser mal interpretada. Si el término se refiere al mero restablecimiento de las rumbos normales de la vida pacífica, tiene cabida etimológica; si se refiere a la reconstitución de las industrias paralizadas, a la reedificación de las ciudades destruidas, también es pertinente. La frase, sin embargo, tiene un sentido vulgar arbitrariamente más lato: cuando se dice «reconstruir», en general, se quiere decir simplemente «organizar». Y esta idea de organización no tiene origen simplemente en la necesidad de rellenar vacíos, que la guerra abriese, o de reparar estragos, que los ejércitos hiciesen. Tiene, de cierto modo, un origen más vergonzoso.

Durante cuatro años soportaron los aliados embates tras embates de los alemanes. Los aguantaron conforme los Dioses fueron servidos, a veces bien, a veces mal, a veces confiando, a veces descreyendo, hasta que el más viejo de los Dioses, el Tiempo, les concedió la victoria. Y durante esos cuatro años, y a través de la dura experiencia que significaron, aprendieron –con qué provecho, todavía no se sabe– por lo menos una cosa. Se dieron cuenta de que la fuerza de Alemania provenía, no de la notable valentía de los componentes individuales de sus ejércitos, ni de la especial pericia de sus jefes militares, sino de ser en la guerra lo que era en la paz, y en la disciplina particular de la vida guerrera lo que era en lo general de toda su vida: una nación plenamente organizada, aglutinándose dinámicamente en virtud de una aplicación inteligente y estudiada de los principios de organización. La envidia es madre del estímulo, como la curiosidad lo es de la ciencia; de la envidia de la organización alemana nació el que se hable tanto de organizar tantas cosas.

Pero si es fácil hablar de organizar, menos fácil es, por lo que parece, organizar de veras, o, por lo menos indicar cómo se organiza. No se puede concebir época menos apta para tomar sobre sí el encargo intelectual que la palabra «organización» comporta. Los hombres de nuestro tiempo, destituidos por completo del sentido de las realidades, extraviados por hipotéticos «derechos», «justicias» y «libertades» de la noción científica de las cosas, no logran, ni aun en teoría, concebir la construcción de la práctica. Un siglo, o más, de «principios del 89», un siglo, o más, de «libertad, igualdad, fraternidad» tornó al general de los europeos, salvo los alemanes, obtuso para aquellas nociones concretas, con las cuales seguramente se construye el futuro.

Y un estudio, como éste, de la organización, debía, para ser completo, comenzar por la eliminación crítica de toda la basura que la locura de los siglos muertos, los idealismos vulgares del siglo pasado dejaran en las almas; por un análisis –fácil, finalmente– que mostrase cómo desde la Revolución Francesa el espíritu humano, en su aspecto político, retrocedió, y cómo las ideas de libertad, de igualdad y de fraternidad, como se las ha entendido desde Babeuf a los bolcheviques, no son más que restos laicos de la ideología cristiana, drogas de propaganda para uso de las plebes por educar.

Pero esto estorbaría el propósito directo de este estudio, que es el de determinar en qué principios debe quedar asentada cualquier teoría de la organización social y, en especial, de la organización social portuguesa.

Supongamos que queremos organizar la sociedad portuguesa; ¿cómo la organizaremos?

Es evidente que el problema de la organización se divide en tres partes, una de las cuales compete a lo teórico, y las otras dos a lo práctico. Tenemos, primero, la determinación del plan o norma según el cual se va a organizar; tenemos, después, la colocación, en los lugares que les competen, de los hombres competentes que han de hacer efectiva, en la práctica, esa organización; tenemos, por último, la coordinación dinámica de los esfuerzos de esos hombres, la manera especial de poner la organización en marcha. La primera parte es de teoría pura, la segunda y la tercera pertenecen ya a la práctica. Para la primera no hay sino reglas; para la segunda y la tercera no hay otra regla sino la realidad, no otra norma, en la segunda parte, que la intuición en la selección de los hombres, y, en la tercera, el espíritu práctico de coordinación de esfuerzos.

No nos interesa –no hace falta decirlo– más que aquella parte que es teoría, y de ésa vamos a tratar. Las otras dos partes, que competen a los prácticos, no nos interesan porque no pueden ser objeto de estudio, ni hay reglas que se puedan dar para ellas. Pero antes de que entremos en la teoría propiamente dicha, veamos bien de qué especie de teoría se trata.

Porque hay dos especies de teorías: la teoría puramente científica e interpretativa, y la teoría preliminar de la acción. A cada una de ellas corresponde un modo determinado de análisis, una actitud especial del espíritu. El análisis de un problema para comprenderlo no es igual al análisis del mismo problema para aplicar a la práctica su solución. Comprender implica analizar lo más detalladamente posible; resolver implica simplificar: existe, por lo tanto, oposición entre las actitudes del espíritu en uno y otro caso. Quien estudia un problema para comprenderlo no tiene frente a su espíritu más que ese problema; quien estudia un problema para resolverlo y aplicar tiene frente a su espíritu dos cosas: el problema y la realidad a la que ha de ser aplicada su solución. En el primer caso, la atención tiene que concentrarse solamente sobre el problema; en el segundo, tiene que estudiar cuál es la media entre el problema y la realidad. No es sólo que el escrúpulo normalmente excesivo de la comprensión entibia, de ordinario, la voluntad; eso sucede con el teórico y no con la teoría, y sólo le puede hacer realmente mal si él pretende ser, además de planificador, el jefe práctico de la ejecución de su plan. Es que toda realización es la diagonal del paralelogramo de fuerzas, cuyos lados son la idea a aplicar y la realidad a la que ella se aplica.

Cuanto más concretamente plausible sea la teoría que se intenta aplicar, más fácilmente será aplicada; o, en otras palabras, y para servirme de la imagen justa que utilicé, cuanto más pequeño sea el ángulo entre la línea-fuerza de la teoría y la línea-fuerza de la realidad, menor será el desvío de ambas, de la diagonal de la realización.

Esta es la parte que compete a la teoría. La intensidad de la fuerza aplicada, que gráficamente se representa por la longitud de la línea, pertenece ya a la práctica. De ella no trataremos ni podemos tratar.

Aplíquese, ahora, esta doctrina. Tratando de organizar, tratamos de organizar alguna cosa; determinemos primero de qué cosa se trata, para que, desde el principio, podamos limitar nuestra investigación a un punto concreto. No se trata –es claro– de una teoría de la organización abstracta, de la organización como actitud mental que tanto puede ser aplicada a un poema como a un estado, a un tratado de filosofía como a una empresa comercial. Lo que procuramos organizar es la sociedad portuguesa; es sobre ese punto, y sólo sobre ese, sobre el que tenemos que hacer incidir nuestra investigación.

El estudio de ese punto, no obstante, se divide en tres partes. Para el análisis, la sociedad portuguesa es, primero, sociedad, y después sociedad portuguesa; tenemos, por ende, que investigar, primero, en qué principios debe asentar la organización de cualquier sociedad, y, después, por qué aplicación especial de esos principios debe ser organizada la sociedad portuguesa. Son éstas las dos primeras partes, pero como en ellas solamente se establecen principios, una tercera parte, derivada y complementaria de aquellas, será el estudio de los procesos a adoptar para realizar la organización, que dichos principios establecen.

En la investigación de los principios en que debe asentar la organización de cualquier sociedad tropezamos, desde el comienzo, con un obstáculo: la ausencia de punto de apoyo científico para tal determinación.

Tomando la imagen de la química, podemos decir que la ciencia llamada sociología está todavía en su período alquímico. De fuerte y seguro, en materia sociológica o política, poco tenemos –nosotros, la humanidad en general– a no ser la Política de Aristóteles, fruto de toda la experiencia política de la Grecia antigua, y El Príncipe de Maquiavelo, fruto de toda la experiencia política del Renacimiento. Tanto uno como otro, habitantes de pequeños estados, donde los engranajes de la política estaban patentes, podían recoger enseñanzas que están vedadas a los súbditos de grandes naciones, donde la profusión de elementos accidentales y heterogéneos oscurece las grandes líneas, las líneas simples, de la realidad sustancial. Desde la Revolución Francesa, sobre todo, se perdió por completo el sentido de las realidades sociales, en provecho de teorías abstractas, de sentimentalismos vagos, de imperialismos místicos y mixtos. Y de entonces para acá, en la era de los grandes estados y del internacionalismo creciente, que la progresiva facilidad de comunicaciones y de relaciones instauró, sigue siendo completa la obnubilación del sentido político. Fue en medios como estos que nacieron las modernas teorías sociológicas. No sorprende que a nada lleguen y de nada sirvan, y que se pueda decir que estamos ante ellas como los viejos diplomáticos recomendaban que se estuviese, para aprender, ante el célebre gobierno de Sicilia: ese gobierno era una perfecta lección de administración, pues bastaba ver lo que hacía y hacer lo contrario, para acertar.

Privados, así, de apoyo científico –pues la propia Política de Aristóteles es más una colección de apuntes admirables que una obra científicamente coherente– no tenemos otro remedio que entrar solos, y sin más recursos que la propia lógica, en la investigación del problema. Pero no vamos a investigar cuáles son las leyes fundamentales y eternas, por las cuales las sociedades se rigen; tal empresa sería, simplemente, la de escribir un tratado de sociología. Nuestro fin, como ya se explicó, sólo es ver el problema en relación a la práctica; basta, por lo tanto, en el caso presente, que descubramos cuál es la ley, el principio que sirve de sostén a las sociedades; si fuera en verdad fundamental, tal cual es nos servirá a nuestro fin práctico.

Limitemos, todavía más, el problema. No es necesario procurar el principio fundamental de todos los tipos de sociedad; basta que procuremos el que sirve de base a las sociedades civilizadas o progresivas. No es preciso más que esto, puesto que a una sociedad civilizada y progresiva (aunque atrasada y perturbada) se le han de aplicar, finalmente, nuestras conclusiones. Nos vemos, así, libres de lo que Summer Maine señaló como el problema capital de la sociología: ¿cuál es la distinción fundamental entre las sociedades susceptibles y las no susceptibles de progresos?

Ahora, si consideramos una sociedad progresiva, la propia designación está diciendo que su principio fundamental se liga con el progreso. Nos excusamos de definir progreso; y así nos vemos libres de otra de las pesadillas de la sociología. Para nuestro caso, basta determinar la dinámica del progreso, sin examinar el contenido lógico del término.

El progreso, sea lo que fuere, y sea que se lo considere bueno o malo, es, con certeza, una alteración, y una alteración supone el abandono de ciertos hábitos, de ciertas costumbres, de ciertas normas y actitudes que, por ser viejas, se hicieron queridas, y, por ser usuales, se tornaron necesarias. La alteración llamada progreso incide, por lo tanto, cuando no sobre los instintos, por lo menos sobre los hábitos de los individuos, o de la mayoría de los individuos, que componen una sociedad. Pero el hombre, como todos los animales, es esencialmente una criatura de instintos y de hábitos; la ciencia psicológica habrá descubierto poco, pero eso, por lo menos, descubrió. La esencia del progreso es, por consiguiente, algo que choca a los hombres en lo que tienen de más humano; la actitud instintiva de la mayoría de los hombres frente al progreso es, por lo tanto, la resistencia a él. La resistencia es grande, patente y fuerte, si la alteración que se intenta hacer es notable y hiere muchos hábitos o hábitos muy arraigados; de ordinario, y en la normalidad del progreso, como éste es lento, la resistencia es débil, y opera como freno y no como obstáculo.

Tenemos, pues, que, en las sociedades progresivas, lo que hay de fundamental se resume en dos fuerzas: una que tiende a hacer progresar, otra que tiende a resistir al progreso.

Ahora bien, la ciencia constata que todo cuanto vive, vive en virtud del equilibrio de dos fuerzas: una fuerza de integración y una fuerza de desintegración. La vitalidad de cualquier ser está en razón directa del equilibrio de estas dos fuerzas; con su desequilibrio esa vitalidad disminuye.

La sociedad, como está compuesta de entes vivos, está, evidentemente, regida por esta misma ley; y esto aunque no se quiera tomar a la sociedad por un organismo. Basta que esté compuesta de entes vivos para que le sea aplicada la ley fundamental de la vida. Constatamos, en las sociedades progresivas, la existencia, precisamente, de dos fuerzas. Aplicando a este caso especial aquella ley general, podemos ya concluir que en el equilibrio de las fuerzas de progreso y de resistencia al progreso reside la vitalidad de una nación.

Es todo lo que precisábamos saber de fundamental. Resta ahora que nos formemos una idea clara de los fenómenos que se dan en cualquier sociedad civilizada cuando se da una ruptura de equilibrio por el predominio de una u otra de aquellas fuerzas.

Cuando la ruptura del equilibrio se da por el predominio excesivo de la fuerza conservadora, se da un estancamiento, un entorpecimiento, y el grado de ese estancamiento depende del grado de predominio de la fuerza conservadora. Pero por atrasada que sea esa sociedad progresiva, algunas clases habrá, puesto que es progresiva, que no estén dispuestas a aceptar ese estancamiento. Esas clases buscarán progresar, instintiva o conscientemente, y ese esfuerzo suyo producirá, tarde o temprano, dos resultados funestos. El primero es que perderán el contacto con las clases estancadas del país, dándose así una quiebra de la cohesión social, y, por lo tanto, una baja de la vitalidad nacional, por la desintegración producida; esa baja de vitalidad, a su vez, alcanzándolos, o a sus descendientes, los disminuye en todo cuanto trabaja para el progreso: el poder de pensar originalmente, la imaginación constructiva, la voluntad directora. El segundo es que, perdido el contacto con las otras clases del país, los progresivos son fatalmente llevados a vivir mentalmente con el extranjero, y así se desnacionalizan, abriendo todavía más el abismo entre ellos y los otros, que, en su estancamiento, permanecen sujetos al pasado y a las tradiciones nacionales. Y, cuando la baja de la vitalidad nacional finalmente alcanza a las clases progresivas, esa vida con lo extranjero, perdidas ya las cualidades que la originan y la orientan, se transforma en servilismo desnacionalizado, en mimetismo idiota de la cosas que vienen de afuera.

Cuando la ruptura de equilibrio se da por el predominio de la corriente progresiva, acontece que las otras clases, no pudiendo acompañar ese progreso (si lo pudiesen acompañar no se rompería el equilibrio) y no adaptándose por lo tanto a él, pasan a reaccionar violentamente, y el país cae en la anarquía. Del mismo modo que en el caso contrario, un abismo se abre entre las dos partes del país, tenemos la misma pérdida de cohesión y, por tanto, de vitalidad nacional. Y como una de esas partes, no mostrando cohesión con la otra, pasa a vivir mentalmente del extranjero, tenemos aquí también, pero en mayor escala, el fenómeno de desnacionalización, que en el caso opuesto también se notó.

Hay, en dos puntos, semejanza entre los resultados de los desequilibrios; en ambos casos pérdida de cohesión y de vitalidad nacional, en ambos casos desnacionalización de una parte del país. La explicación es simple. Esos fenómenos son los que caracterizan a todas las decadencias, y decadencias son, por igual, el estancamiento en que una sociedad superconservadora se entierra, y la anarquía en que cae una sociedad superprogresiva.

Con el propósito, cuya razón ya expliqué, de simplificar el problema, he estudiado solamente su trazos fundamentales. Esto no quiere decir que, cuando sea estudiado con un fin puramente científico, no resulte mucho más complejo, y que no haya, en los períodos de estancamiento, fenómenos de anarquía, ni en los de anarquía, fenómenos de estancamiento. Esos fenómenos son, sin embargo, en cada uno de los casos, secundarios; remarco solamente, en cada caso, el fenómeno fundamental y que define.

Dicho esto, pasaré de este análisis general al estudio particular del problema portugués.

Encarando el problema portugués con el mismo criterio, y, por lo tanto, con el mismo propósito de simplificación, se constata, sin gran trabajo, que en nuestra vida nacional se dio una gran ruptura de equilibrio, y, mucho después, otras dos perturbaciones, de carácter secundario, y subsidiarias de aquélla.

Donde quiera que se coloque el inicio de nuestra decadencia –de la decadencia resultante del formidable esfuerzo con que realizamos los descubrimientos y las conquistas–, ahí se debe colocar el inicio de la gran ruptura de equilibrio que se dio en la vida nacional. Con la dispersión por todo el mundo y la muerte en tantos combates, precisamente de aquellos elementos que creaban nuestro progreso, nuestro pequeño pueblo fue poco a poco quedando reducido a los elementos apegados al suelo, a los que la aventura no los tentaba, a aquellos que representaban las fuerzas que, en una sociedad, instintivamente reaccionan contra todo avance. Es uno de los casos más visibles de la creación de un predominio de las fuerzas conservadoras. Con esto, visto a la luz de lo que se explicó, queda revelado el porqué de nuestra decadencia.

Todos los fenómenos, que en la debida altura detallé, se sucedieron, con el resultado fatal de la supertradicionalización. Lo que quedaba de progresivo se desnacionalizó rápidamente. Se abrió un abismo entre éstos y la mayoría del país. En unos y otros, el nivel intelectual, el nivel cultural y el nivel de voluntad práctica y útil fue bajando. Uno u otro hombre de mayor relieve surgía y desaparecía y su obra, cuando no moría con él, moría poco después, pues no había cohesión social, por donde se propagase, ni interés intelectual, por donde, al menos, se mantuviese. La Restauración, librándonos de la mayor vergüenza externa, no nos libró, ni trajo quien nos librase, de la vergüenza interna paralela. Quedamos independientes como país y dependientes como individuos. Volvimos a ser portugueses de nacionalidad, pero nunca más volvimos a ser portugueses de mentalidad. Ni portugueses, ni nada.

Sólo la obra del Marqués de Pombal dejó alguna cosa, y eso no por la energía del hombre, ni siquiera por sus grandes cualidades de organizador, sino por el punto de apoyo que dio a esa obra: el desarrollo industrial y comercial del país. Al final de este estudio se verá a qué viene esta observación. Pero lo que Pombal creó se extinguió con las invasiones francesas. Después de ellas nuestra desnacionalización tuvo su período abismal: sólo el nombre de nuestra independencia nos quedó. Puede, a primera vista, parecer que la implantación del constitucionalismo representa una reacción del espíritu progresivo contra el peso del tradicionalismo. El constitucionalismo, sin embargo, fue una cosa muy diferente: fue un simple fenómeno de desnacionalización. Lejos de suspender nuestra decadencia, remarcó bien que estabamos en decadencia. Una reacción del espíritu progresivo hubiera procurado reformar nuestra antigua monarquía, hubiera procurado estimular energías, modificar nuestro modo de no-ser económico. Reacción del espíritu progresivo fue la obra de Pombal. Pero el constitucionalismo no hizo más que traernos un régimen político enteramente extraño a toda nuestra vida nacional, enteramente inadaptable a todas las condiciones, materiales como culturales, de nuestra verdadera índole. Destruyó y expolió, inútil y estúpidamente, teniendo en mira solamente nuestra imposible adaptación a un régimen que ningún sentimiento portugués quería, y que toda inteligencia verdaderamente portuguesa repugnaba. El resultado fue aquella política que todos nosotros conocemos, y que en ochenta años lo hundió. Esto fue el constitucionalismo: un 1640 hecho por Miguel de Vasconcelos.

El único bien que el constitucionalismo trajo provino de uno de sus mayores males. Las grandes convulsiones sociales, las revoluciones, las guerras civiles, aunque políticamente nada produzcan, tienen al menos la ventaja de sacudir energías letárgicas; y es a este género de mal del constitucionalismo que debemos la eclosión, en el siglo pasado, de individualidades de relativo, aunque innegable, relieve. Pero de obra política no dejó sino un abismo mayor entre las clases sociales y una desnacionalización más adelantada y corrupta.

Lo que se dijo del constitucionalismo puede decirse, sin peligro de equivocación, de la implantación de la República. Ninguna reacción del espíritu progresivo la instauró; fue un fenómeno, todavía más adelantado, de nuestra decadencia, de nuestra desnacionalización.

Si el régimen constitucional tiene poquísimos puntos de contacto con cuanto en nosotros sea portugués, la república francesa que implantaron en Portugal, entonces, no tiene ninguno. Una reacción verdadera del espíritu progresivo, si hubiera hallado indispensable acabar con el sistema constitucional, sólo lo habría hecho para reconstruir nuestro antiguo sistema de régimen, aunque lo hiciese (concédase) bajo una forma republicana.

Decir de la República, que su advenimiento fue motivado por los errores y crímenes del constitucionalismo vale lo mismo que si se dijera que la llegada del constitucionalismo fue motivada por los errores y crímenes de la vieja monarquía; en ambos casos la justificación es incompleta, pues esos errores y esos crímenes pueden ser razón para echar abajo lo que, en efecto, se derrumbó, pero no tienen nada que ver con que se haya puesto en su lugar lo que en cada caso se puso.

He aquí, pues, nuestra situación: fundamentalmente, una ruptura de equilibrio social por predominio de elementos retrógrados e improgresivos; secundariamente, una creciente desnacionalización, puesto que la República llevó el virus del extranjerismo a un mayor número de clases que la monarquía constitucional.

Las condiciones del problema están puestas. Vamos, ahora, a su solución.

Es evidente que la organización reconstructiva a dar a una sociedad donde se dio una ruptura de equilibrio varía conforme se trate de una ruptura de equilibrio por superprogresivismo o por supertradicionalización. La supertradicionalización es un mal más profundo, pero menos grave, que el exceso de espíritu progresivo. El punto es intuitivo: es más fácil hacer ir más deprisa hacia delante a quien está yendo hacía allí muy despacio, que hacer volver atrás a quien está yendo hacia delante muy deprisa. La base mental de la supertradicionalización es la falta de educación y de vitalidad del espíritu, en el general del pueblo; y, en las clases desnacionalizadas, una educación escasa y viciada. La base mental del desequilibrio opuesto, es, en todas las clases, una educación viciada, de donde deriva la acción excesiva de unas y la reacción violenta de otras. Ahora bien, el resultado psíquico de una falta de educación es la ignorancia, la estupidez, la falta de interés, la carencia de atención y de voluntad; por lo tanto, el remedio a emplear debe alcanzar directamente a las cualidades intelectuales, debe ser del orden que produzca una transformación mental de la mayoría del pueblo, de todo el pueblo incluso, pues, producida que esté en la mayoría apática, ésta o bien vitaliza o bien aplasta a la minoría desnacionalizada. En la educación viciada el caso es diferente, porque la educación viciada llega principalmente a los sentimientos, y produce marcadamente la perversión del carácter; aquí, como resulta evidente, el remedio debe incidir directamente sobre los sentimientos, sobre las cualidades afectivas. En la supertradicionalización, la decadencia se revela directamente por el estancamiento y el atraso, y sólo secundariamente por la falta de cohesión social y el extranjerismo; el remedio, por tanto, aparte de deber ser un transformador mental, debe estar directamente adaptado a quebrar el atraso de la nación.

En el superprogresivismo, la decadencia se revela directamente por la anarquía y la desnacionalización; el remedio, en ese caso, aparte de deber ser un transformador afectivo, debe tender directamente a unir las clases desunidas y fortalecer el patriotismo de todas.

En el caso del superprogresivismo, el remedio es ya patente. Hay tan sólo un proceso para transformar afectivamente a una nación entera, aproximando, al mismo tiempo, las clases desunidas y fortaleciendo el patriotismo. Ese remedio es la guerra: una guerra cualquiera, preferiblemente justa, en que violentamente se lance la nación. Es, sin duda, el proceso germánico, la doctrina germánica. Pero eso es para mi una garantía de que este raciocinio resultó exacto. Siempre que, en materia de organización, una teoría está bien pensada, nos lleva a una conclusión que los alemanes ya practicaron.

El caso del remedio para el exceso de espíritu progresivo no es, sin embargo, el que nos interesa.

En el caso del superconservadurismo, el remedio a aplicar ha de ser un transformador mental, creador de interés y de energía, y, al mismo tiempo, una cura para el atraso de la nación. Ahora, sólo hay un género de transformación, aplicable a una nación entera, y por la cual se le avive el espíritu y se le despierte interés y voluntad: es una transformación profesional. Y, como se trata de un país atrasado, y todos los países atrasados son predominantemente agrícolas, es evidente que la única transformación profesional a realizar, y que llena todas las condiciones exigidas, es la industrialización sistemática del país.

Educación simultáneamente de la inteligencia y de la voluntad, transformador al mismo tiempo de la mentalidad general y del atraso material del país, el industrialismo sistemático, sistemáticamente aplicado, es el remedio para las decadencias de atraso, es, por lo tanto, el remedio para el mal de Portugal. Y si, desde hace mucho, ese remedio nos ha sido necesario, en la coyuntura presente, en que, por las condiciones de la industria moderna, puede ser rápido y, por las condiciones generales de la civilización, tiene que ser urgente, pasa de ser una necesidad a ser la primera de todas las necesidades. Detallar ese plan fundamental, asentar sus bases prácticas, establecer el modo de darle realización: ninguna de estas cosas es objeto de este estudio o asunto de mi competencia.

Lo que me cabía hacer está hecho.

Fernando Pessoa


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