[El romanticismo y sus peligros]

[texto dactilografiado, tal vez 1917]


El verdadero peligro del romanticismo es que los principios por los que se rige o se dice regir, son de naturaleza tal que cualquiera los puede invocar para conferirse a sí mismo la categoría de artista. Tomar el ansia de una felicidad inalcanzable, la angustia de los sueños irrealizados, la inapetencia ante la acción y la vida, como criterio definidor del genio o del talento, inmediatamente facilita a todo el que siente aquella ansia, sufre de aquella angustia y es presa de aquella inapetencia, el convencimiento de que es una individualidad interesante, que el Destino, dotándola de aquellas ansias, aquellos sufrimientos, y aquellas imposibilidades, implícitamente la dotó para la grandeza intelectual.

En la teoría clásica no era así. El discípulo de los antiguos apoyaba su creencia en que era poeta en facultades de construcción y de coordinación, en una disciplina interior que no es tan fácil a cualquiera presumir, para sí mismo, que posee. No es tan fácil, en relación con las pretensiones que son la base del romanticismo, del sentimiento romántico. Hay mucha gente que puede creerse, falsamente, dotada de cualidades constructivas en arte; pero toda la gente, y no alguna, puede creerse artista, cuando las cualidades fundamentales exigidas son un sentimiento de vacío en los deseos, un sufrimiento sin causa y una falta de voluntad para trabajar, características que más o menos todos poseen, y que en los degenerados y en los enfermos del espíritu asumen un relieve especial.

No consiste en el estímulo que da al individualismo, el peligro romántico; consiste, sí, en el estímulo que da a un falso individualismo. El individualismo no es necesariamente falso; cuando mucho, es una teoría moral y política. Pero hay una cierta forma del individualismo –como hay una cierta forma del clasicismo– que con certeza es falsa. Es la que permite que el primer histérico o el más ordinario de los neurasténicos se arrogue el derecho de ser poeta por razones que, de por sí, sólo le dan el derecho de considerarse histérico o neurasténico.

Cuando un poeta romántico canta, lamentándose, la eterna perennidad de las cosas, hace uso legítimo de un sentimiento bien humano. Cuando, desde el fondo de su dolor, sufriendo por el contacto con la humanidad, apela a la gran Naturaleza y a su constelado reposo, hace uso legítimo de una emoción que, siendo vieja como la humanidad, no siempre sirvió de tema poético.

La ruina de una vida simple, o de una vida ordinaria, es tan trágica como la ruina de una vida grande, o de una vida noble; pero eso es vistas por fuera, no por dentro. La ruina de un alma ordinaria no puede ser grande para el alma ordinaria, porque ella es un alma ordinaria.

Fernando Pessoa


1 comentario:

Anónimo dijo...

porque no escriben un ensayo argumentativo sobre el romanticismo llevo toda la tarde buscando uno y no lo encontre y era trabajo para mañana buepor nada para gastarsela quien sabe en que "por favor despierten y ponganse a tabajar"