[Los iniciadores]

[texto dactilografiado]

Antonio Mora


Injusto sería –y no sólo injusto sino desagradecido- que increpásemos a Alberto Caeiro la poca observancia, que ejerce, de la forma y de su perfecto equilibrio, y no sólo esto, sino también la disciplina relativamente débil, para tan elevado concepto de las cosas, que emplea en su propia inspiración. Pero a los iniciadores y […] no se puede exigir que, además de lo nuevo que traen, cuiden también de la disciplina de la novedad que acarrean. Aristóteles fue, como sabéis, el primero que formó una noción de síntesis científica; pero no es su obra el mejor ejemplo de la síntesis rígida como la querríamos. Porque inició, su atención quedó detenida en lo que había a iniciar, sin mucho tiempo para emplear en cómo ordenar lo que había traído. Lo que no exigimos de Aristóteles –aunque por fuerza lamentemos su ausencia- no lo hemos de requerir de Alberto Caeiro. Bueno es que se note, con todo, que, de los iniciadores, él es de los menos pecadores en materia de llevar a buen éxito la novedad que trajo.

Otra cosa todavía, acaso, cabría que no dejase de explicaros. En lo que escribo, dado que escribo, no es abuso que procuréis la excelencia de la forma y el cuidado de la frase. Es deber de quien practica las letras, aunque sólo para enseñanza, cuidar de cómo usa el material de que se sirve. Pero en mis páginas no se os deparará cantidad de elegancias, con que os extasiéis, ni relieve de conceptos, con que mis propios teoremas se realcen. Percataos, sin embargo (y con percataros de eso excusadme) que soy, no un cultor de las letras, que puede, sin perjuicio de su ingenio, poner el escrúpulo todo en cómo escribe, sino solamente un estudioso y un pensador, que otro uso no da a las cualidades de su espíritu que el de emplearlas en la búsqueda de la verdad, y en la observancia de la lógica. Por eso no encontraréis con qué deleitaros en los parágrafos de esta exposición; ni con que vos no hastiéis. Eso me competía daros y os lo he dado siempre. En este punto, en verdad, quiero que seáis benévolos; no ya, sin embargo, en el estudio de la teoría que os doy, donde el mejor elogio es la atención y la ponderada discordancia, si bien que no para agradar, más placentero, por cierto, que el descuidado y espontáneo deleite.

Con esto os dejo y con desearos que de lo que os expongo podáis compenetraros de cuánto era excelente y amable aquella religión de muchos dioses cuyo origen fue en el seno del pueblo a quien el coro de Eurípides decía, como en un (…) para ser grande, «Lucha según las leyes (…)» de la excelencia y de la […], de aquella forma antigua de fe que el cristianismo, revuelta de esclavos, destruyó.