[Las cualidades fundamentales del artista]

[texto dactilografiado, tal vez 1916]

Fragmento con la mención: Estética


Las tres cualidades fundamentales del artista son:

1) La originalidad,

2) la constructividad, y

3) el poder de suspensión.

Es vulgar que haya confusiones que oscurecen totalmente el verdadero sentido de estas palabras, y es absolutamente importante que esas confusiones se deshagan. Ellas resultan, en general, de la adopción de un ideal artístico estrecho, por vía del cual se vicia la interpretación de las causas. Así, muchos no saben propiamente distinguir la originalidad de la excentricidad; una caracteriza al genio, la otra manifiesta al loco. Y, en el mismo punto, lo más frecuente es que no se sabe evaluar bien la originalidad de un autor, por no saberse, en general, medir el valor de las influencias que él recibe, de donde sucede, muchas veces, que se considera como plagio lo que es legítima influencia. Ahora bien, la originalidad es de tres especies: a) de pensamiento, b) de modo de manifestar ese pensamiento, c) de modo de manifestar esa manifestación; tenemos, por tanto, a) originalidad ideativa, b) originalidad formal (...)

Los románticos confunden en general el poder de construcción con el poder de desarrollo, el cual, meramente por sí, y desprovisto de la base de construcción propiamente dicha, no pasa de ser una mera facilidad retórica sin gran valor, salvo episódico.

Si en estos dos puntos son grandes los errores que se cometen, mucho mayores son los que padece, casi siempre, el concepto general de «poder de sugestión». Por ese término deseo expresar aquello que en el artista permite volver enteramente perspicua su intención y su emoción. Importa mucho –la distinción es de relieve capital– no confundir «poder de sugestión» con «comprensibilidad», como importa no confundir perspicuidad con claridad. Sobre este tipo de confusiones asienta el error que siempre hubo, de parte de las personas de escasa sensibilidad, en la crítica a los poetas simbolistas y decadentes: todos aquellos que, en su plenísimo derecho, fueron perspicuos sin ser claros.

Fernando Pessoa