[Voluntad de la mayoría y voluntad nacional]

C ontra la democracia se invoca, en primer lugar, el argumento de la ignorancia de las clases cuyo voto predomina, porque su número es mayor. Pero como los sabios divergen tanto como esas clases, no parece haber ventajas en la ciencia para la elucidación de los problemas. Donde hay, sin duda, ventaja para la ciencia es en la selección de los hombres que deben gobernar; pero es precisamente eso lo que el voto escoge. El pueblo no es apto para saber cuál es la dirección que la política patria debe tomar en tal período; pero los hombres cultos tampoco lo saben, puesto que divergen en tal punto. Pero lo que los hombres cultos saben, y el pueblo no sabe, es evaluar las competencias para ciertos cargos. Propiamente, sólo los financieros saben evaluar cuál es el individuo que mejor administraría las finanzas de un pueblo; sólo los militares, cuál es el mejor individuo para ministro de Guerra.

Cumple distinguir entre la voluntad de la mayoría y la voluntad nacional. La voluntad de la mayoría es consciente; la voluntad nacional es inconsciente. En determinada altura, determinada nación sigue cierto rumbo; no lo saben los políticos, en general, ni lo sabe el pueblo. Ahora, el único sentido de «voluntad nacional» será el sentido de ese rumbo. ¿Quién lo siente? Como ese rumbo es inconsciente, fruto de no sabemos qué leyes sociales, sólo puede existir, o en las clases inconscientes del país, o en las clases conscientes que sean representativas intelectualmente de esa inconsciencia.

(Vence siempre aquel partido que representa la fuerza en un momento dado; y si ese partido, y no otro, representa la fuerza, es porque las clases inconscientes de la nación delegaron en él misteriosamente ejecutar su voluntad inconsciente) (ej.) [...]

Una nación, en cualquier período, es tres cosas: (1) una relación con el pasado; (2) una relación con el presente, nacional y extranjero; (3) una dirección hacia el futuro. Así, en todos los períodos, hay fuerzas que tienden a mantener lo que está, fuerzas que tienden a adaptar lo que existe a las condiciones presentes, y fuerzas que tienden a dirigir el presente hacia un norte previsto, visionado en el futuro. No se trata aquí de partidos políticos, sino de íntimas fuerzas nacionales. Así, hoy, en Portugal, el partido democrático es el que tiende a mantener la sociedad portuguesa en su estilo pasado; es el partido conservador, visto que resume los vicios y las actitudes de los partidos monárquicos. Después, está la corriente representada por la extinta dictadura Pimenta de Castro, que pretende adaptar al país a las circunstancias presentes, equilibrarlo, llamarlo a la realidad de las necesidades cotidianas de la vida moderna. Encima de estos dos partidos asoma, un poco desorganizadamente, aquella corriente que pretende dirigir la sociedad portuguesa hacia un fin, hacia una nueva concepción de sí misma.

Surgió lentamente, a través de la Escuela de Coimbra, con Antero de Quental, sobre todo; atravesó la Renascença Portuguesa de Porto; asoma hoy, un tanto en el aire, buscando apoyo y orientación nítida. Es esto lo que le pretendemos dar, disponiéndonos a construir una orientación portuguesa.

Fernando Pessoa