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[El humanitarismo es el último baluarte de la doctrina cristiana]

[texto dactilografiado, tal vez 1917]

Antonio Mora


El humanitarismo es el último baluarte de la doctrina cristiana. En él están depositadas las propias raíces del cristismo, desvestidas ya del tronco y de las hojas. Pero el mal cristiano existe allí, en toda la plenitud de su maleficencia.

Cuando un criticismo y un contracriticismo hubieren minado sucesivamente las bases de la religión, como ya hicieron, y las de la ciencia, como están haciendo, sólo queda esperar una violenta reviviscencia mística, porque el espíritu humano es intelectual sólo superficialmente, sólo superficialmente es individual, siendo social en su más íntima naturaleza.

En el fondo, la religión es una forma rudimentaria del sentimiento de belleza. Todo el arte no pasa de un ritual religioso.

La profunda frase de Goethe –que puede prescindir de la religión aquel que tiene la ciencia y el arte, pero no quien no las tiene- tiene, en el fondo, esta significación muy simple: quien no puede tener un arte superior, que tenga un arte inferior. (¿O, propiamente, no será la religión la base indiferenciada del arte, de la ciencia y de la moral?) Es tan absurdo querer que el pueblo deje de tener religión, como lo es querer que deje de tener amor a los espectáculos teatrales, que son las formas indiferenciadas del arte. El arte es insocial; la religión es la forma social del arte.


[Influencia del progreso científico sobre el arte]

[texto dactilografiado]

Antonio Mora


El hombre creó la obra de arte. Después vio que la obra de arte es algo exterior. Después observó que las cosas exteriores tenían ciertas características, a las que era forzoso que obedeciesen. Su perfección, esto es, la perfección de su estructura y de su funcionamiento dependía del grado en que poseían esas características. Como la obra de arte es algo exterior, urgía perfeccionar esa obra de arte, darle la perfección de las cosas exteriores. Hacer trabajo de perfecto artesano. De ahí el arte griego.

El griego reparaba esencialmente en la forma. Es característica del visual y del atento notar las formas de las cosas. El nacimiento de la fisiognomía y correlacionadas formas de ciencia, en Grecia, indica esto. Es en la forma en lo primero que se fija el hombre atento al mundo exterior. El Cristianismo trajo un adolecer de sentimientos y de sentidos que llevó a pulverizar las formas y a encontrar el sentimiento de los colores y de las tonalidades. Pero se perdió por ahí, cayó en el error regresivo de buscar en el arte una expresión de emociones, de sensaciones, de aspiraciones. Pero el arte es eso solamente en un estadio inferior suyo; después, llegado a Grecia, desde Grecia, el arte pasa a ser un fenómeno de trabajo, de esfuerzo, de querer realizar la perfección.

¿Cuál es el efecto de las investigaciones de la ciencia moderna sobre el arte? ¿Mostrar que puede ser infinitamente compleja (como la constitución atómica de un cuerpo, por ejemplo), siendo al mismo tiempo simple? Tal vez. Pero el arte tiene un límite. Hay cosas de la vida que son sólo de la vida y que el arte no debe intentar imitar. Al número de éstas pertenece la complejidad atómica tomada como ejemplo. El arte es de lo exterior, imita el exterior y no el interior de las cosas. El arte, justamente, es expresión, y no tiene, por lo tanto, más que exterior; de ahí que no le sirva para nada saber que las cosas son, por dentro, infinitamente complejas. Le basta considerar las armonías de los cuerpos, en la línea general de las correlaciones entre los elementos componentes de un Todo y ese Todo. De modo que no es en la noción de arte, en general, que tenemos que avanzar sobre los griegos; ni tiene la ciencia con qué ayudarnos en este punto. ¿Será nula entonces la influencia del progreso científico sobre el arte? Sobre la sustancia y el sentido del arte, por cierto que es enteramente nula. No hay hacia donde evolucionar en este punto, porque desde Grecia, donde el arte nació, quedó con la forma con que nació, no obstante haber sufrido la enfermedad del cristianismo.

(Es la constitución exterior de las cosas la que interesa al arte; porque el arte, siendo expresión y por lo tanto esencialmente exterioridad, no tiene sino constitución exterior. Desde que en Grecia se advirtió esto, no hay en qué evolucionar en este sentido. No se descubrió una forma de arte, sino el arte, en absoluto. Antes no había habido propiamente arte, sino el embrión del arte. En Grecia el Arte nació. Desde que nació permaneció igual. Puede crecer pero no dejar de ser tal cual es).

El progreso de la ciencia lo que nos proporciona es nuevas fuentes de creación y de inspiración.

En la obra de Alberto Caeiro hay más una filosofía que un arte. Reaparece en él la primitiva forma griega de filosofar a través de la poesía.


[La reconstrucción de la sensibilidad griega]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Vista la necesidad de reconstruir la antigua sensibilidad griega, resta saber de qué forma se ha de manifestar ella modernamente.

La limpidez de la antigua sensibilidad helénica: hemos de sustituirla por complejidad, porque para ser límpida «hoy», ha de ser todo menos límpida.


[La imaginación realista de los griegos antiguos]

[texto manuscrito, tal vez 1916]

Antonio Mora


Regreso de los dioses

El empleo legítimo de la invención es el perfeccionamiento de la existencia.

La imaginación puede ser de tres especies, conforme pretenda sustituir, prolongar o armonizar la materia. Una especie de imaginación, hija del desprecio por el mundo real, busca crear otro mundo, en el que viva más feliz. Otra especie de imaginación, hija del sentimiento de insuficiencia del mundo real, busca prolongar ese mundo en otro, imaginado. Otra especie todavía, nacida del sentimiento de comodidad imperfecta del mundo real, busca crearlo más a su manera. Ésta ve en la adaptación a lo real el criterio práctico de la felicidad, que, como las otras, busca; pero, para que lo más completa y fácilmente posible se adapte a ese mundo, procura adaptarlas también a sí.

Es la imaginación realista de los griegos antiguos.

Como esta invención busca su apoyo en la materia, procura conocerla, saber sus leyes; de ahí aprende a obedecer la idea de ley, y en cada fin encontrar la ley que rige ese fin.


[Romanticismo y cristismo]

[texto manuscrito, tal vez 1916]

Antonio Mora


Regreso de los dioses

Estética

Donde los maestros paganos no guían; donde, por lo tanto, la inspiración fue entregada al sentimentalismo cristiano, el error y el desvarío se vuelven la sustancia del arte.

El cristismo alcanzó su expresión exacta sólo con el movimiento romántico. Allí vemos, en plena exuberancia, todos los resultados del cristismo como forma sentimental: la dispersión del juicio por la imaginación, la sustitución del criterio general por el individual en aquello que en el arte es sustantivamente general; la incapacidad de meditar el asunto, de distribuir su exposición, de armonizar las partes en un todo; la mixtura de elementos heterogéneos, buscándose el efecto en el asombro, y no en el agrado.

Sea Shakespeare, Hugo o Verlaine el nombre del delincuente, el delito es siempre de la misma especie.

¡Cuánto no se eleva un Milton por encima de la confusión de un Shakespeare! La atribución de superioridad a Shakespeare sobre Milton es la demostración flagrante de la perversión social de la estética cristista.

Lo accesorio pasa a ser lo esencial. Lo que era adorno para a ser cuerpo.

Hugo, Musset, Shelley son falsos poetas. William Blake ni poeta llega a ser.

Lo que en una sociedad sana constituye, tanto por lo fragmentario de la exposición como por el episodio del […], mero asunto de conversación, asume en el romanticismo aspectos de obra acabada.


[Claridad, sobriedad, concisión: corolarios del clasicismo pagano]

[texto dactilografiado, tal vez 1917]

Antonio Mora


El Regreso de los dioses

La claridad, la sobriedad, la concisión no son postulados, son corolarios del clasicismo pagano. El pagano es naturalmente conciso, sobrio y claro, pero sólo es todo eso por ser otra cosa de la que esto es la manifestación más natural. Lo esencial, no obstante, es la armonía, la unidad y la coordinación de la obra. Píndaro no es claro. Heráclito es conocido por «el oscuro». De Aristófanes no se puede decir que tuviese un gran respeto por la simplicidad o por la sobriedad, sobre todo en la estructuración verbal.

Importa que esta distinción se haga, para que no se confunda, no ya la esencia con sus atributos, porque los atributos son, después de todo, la esencia vista de otro modo; sino la causa de una manifestación con las condiciones en que ella se manifiesta (más naturalmente). (?????????????)

Hay ideas, por ejemplo las vagas, que no comportan una presentación clara. Hay sentimientos, por ejemplo los desmesurados, que no admiten una manifestación sobria. Hay puntos en que ni es útil ni posible ser conciso, como aquellos en que la explicación es de un asunto complejo, o la demostración de un asunto controvertido, donde las objeciones han de ser previstas y respondidas, y las diversas formas de interpretación revisadas y clasificadas.

Yo no defiendo la falta de claridad, la falta de sobriedad, o la falta de concisión. Quiero, no obstante, indicar que esas cualidades, siendo naturales en el pagano, no son esenciales en él. Era preciso que no hubiese confusión a este respecto.


[Arte: perfeccionamiento del mundo exterior]

[texto dactilografiado, tal vez 1916]

Antonio Mora


Regreso de los Dioses

Estética

¿Pero el criterio de claridad no limitará demasiado el arte? No lo limita, si atendemos a un punto importante, que es que hay diversas artes, cada una de las cuales corresponde a un género de claridad. Ciertos sentimientos vagos y pensamientos nebulosos, que son naturales a todos los hombres, encuentran su expresión en la música.

Sin embargo, el criterio de claridad en el arte helénico es derivado. El griego amaba la claridad porque amaba la generalidad, la universalidad y la distinción de las artes. Pero era difícil que una idea vaga pudiese ser general, universal, y caber en el arte literario o escultural, por muy bien que estuviese en la música.

Semejantemente, no es la sobriedad una característica esencial en la estética pagana, sino también un corolario de ella.

El arte es el perfeccionamiento del mundo exterior. Ahora bien, este perfeccionamiento (de la Realidad) puede hacerse de tres maneras: por la alteración del mundo exterior, por la sustitución [...]


[Estética del paganismo]

[texto dactilografiado, tal vez 1916]

Antonio Mora


Regreso de los Dioses

Estética

Se objetará, sin duda, que, habiendo sentimientos que son vagos, sentimientos que son confusos, impulsos del espíritu que, confundidos con otros, no se nos presentan claros, es abusivo exigir del artista que los perfile como nítidos, como algo que ellos no son.

La respuesta a esta observación está en la pregunta de si esos estados del ánimo son legítimamente representables en arte. El artista subjetivo parte del principio que el fin de su arte es expresar sus propias emociones. Criterio éste que el artista objetivo no acepta, y con razón absoluta no lo acepta, porque es el arte objetivo el que es arte, dado que es una cosa realizada, que pasa hacia afuera del artista y no permanece en él, como la emoción que la produce.

De hecho, preguntemos, ¿por qué razón un pensamiento confuso, un sentimiento vago, un impulso volitivo, no se presentan nítidos? Para todos la razón es una: es que el pensamiento no se puso en contacto con la realidad, es que el sentimiento no se comparó con su realización, es que la voluntad no se midió con lo exterior.

Una obra de arte es un objeto exterior; obedece por tanto a las leyes a que están subordinados los objetos exteriores, en lo que objetos exteriores.

El artista no expresa sus emociones. Su tarea no es esa. Expresa, de sus emociones, aquellas que son comunes a los otros hombres. Hablando paradójicamente, expresa solamente aquellas emociones suyas que son de los otros. Con las emociones que le son propias, la humanidad no tiene nada que ver. Si un error de mi visión me hace ver azul el color de las hojas, ¿qué interés hay en comunicar eso a los otros? ¿Para que ellos vean azul el color de las hojas? No es posible, porque es falso. ¿Para que sepan que yo veo azules las hojas? No es preciso, porque no tiene importancia ninguna. A lo sumo el fenómeno es curioso, y lo curioso es sentirlo; sentirlo lo siento yo, no los otros. Lo que hay de realmente estético, pues, en las sensaciones extrañas es que cada uno las guarde para sí, gozándolas en silencio, si para eso le da el goce.

Así, el primer principio del arte es la generalidad. La sensación expresada por el artista debe ser tal que pueda ser sentida por todos los hombres por quienes pueda ser comprendida.

El segundo principio del arte es la universalidad. El artista debe expresar, no sólo lo que es de todos los hombres, sino también lo que es de todos los tiempos. El subjetivismo cristista, además del error personalista, produjo este otro error: la preocupación de interpretar la época. La frase de Goethe, tantas veces citada sobre el asunto, es de maestro; en efecto, un hombre de genio es de su época sólo por sus defectos. Nuestra época nos deduce de la humanidad. Así como el artista debe procurar levantarse por encima de su personalidad, debe procurar levantarse fuera de su época.

El tercer principio del arte es, finalmente, la limitación. Esto es, a cada arte corresponde un modo de expresión, siendo el de la música diferente al de la literatura, y el de la literatura diverso al de la escultura, éste al de la pintura, y así con todas las artes. Error craso, pero recientemente vulgar, es el de confundir los límites de las artes. Fue cometido por una época tan aparentemente ortodoxa como el siglo diecisiete de los franceses. Poetas como Corneille y Racine aplicaron a la poesía la seguridad de expresión, la claridad de raciocinio, que son características de la prosa. Racine erró como erró Mallarmé. Uno erró por hacer de la poesía prosa, y otro por hacer de la poesía música, no es menor el error de uno que el del otro.

Para los sentimientos vagos, que no comportan definición, existe un arte: la música, cuyo fin es sugerir sin determinar. Para los sentimientos perfectamente definidos, de tal modo que es difícil la emoción en ellos, existe la prosa. Para los sentimientos que son armoniosos y fluidos, existe la poesía. En una época sana y robusta, un Verlaine o un Mallarmé escribirían la música que nacieron para escribir. No habrían tenido nunca la tendencia a decir en palabras aquello que la palabra no comporta. Pregunto al mayor entusiasta de los simbolistas franceses si Mallarmé los conmovió tanto como una melodía vulgar, si la inexpresión de Verlaine llegó alguna vez a la inexpresión legítima de un simple vals. No llegó, y se me respondieran que prefieren para ese fin Verlaine y Mallarmé a la música, lo que me están diciendo es que prefieren la literatura como música a la música. Me están diciendo una cosa que no tiene sentido fuera de dar pena.


[Una época es un estado mental]

[texto manuscrito, tal vez 1917]

Antonio Mora


Caeiro sequence


Estos son los fenómenos de franca inadaptación.

Siguen los de falsa adaptación. Toda la «filosofía científica» del siglo XIX enferma de este error. La metafísica materialista de un Büchner o de un Haeckel; la metafísica pseudo-escéptica de un Comte […], son ejemplos de la falsa adaptación. Como la religión y la metafísica otrora hubieron invadido la esfera propia de la ciencia, ahora la ciencia invade la esfera propia de la metafísica y de la religión; y tenemos un Büchner que niega la inmortalidad del alma (problema que está fuera del ámbito de la ciencia), o un Haeckel que declara [...]. Toda esta falsa adaptación reside en la incomprensión del espíritu de la época. Comprenden que es científico; pero no comprenden qué es el espíritu científico.

Del mismo modo, en el arte, dio los diversos movimientos que, desde el vitalismo al futurismo, procuran representar la época, y oponen un ideal humano, o moderno, al ideal religioso.

Tenemos, por último, la adaptación incompleta. Entran en esta categoría los diversos movimientos que, si por un lado se adaptan al espíritu científico, por otro se separan de él, o lo descuidan.

*

Scientific spirit:

(1) objectivity: (a) the principle of Law,

(b) the principle of Reality,

(c) the principle of organise and environment

(2) humanity

Paganism as corresponding to the religion for a scientific age.

Una época es un estado mental. La religión es la media de ese estado mental para la colectividad.


Regla de vida

Publicado por primera vez en Fernando Pessoa, el eterno viajero, Lisboa: Secretaria de Estado da Cultura, 1981.


El hombre de genio es un mero depositario de su genio. Todo su esfuerzo debe ser utilizarlo, preparándose para utilizarlo.

Si no lo hiciere, graves cuentas prestará –no sé si a Dios– con certeza a sí mismo futuro.

Fernando Pessoa


[Sobre el hombre de genio]

[texto dactilografiado, tal vez 1924]


Fragmento escrito como respuesta a una entrevista de José Pacheco, director de la revista Contemporánea, amigo y antiguo compañero de Pessoa en Orpheu.


En arte todo es lícito, siempre que sea superior. No está permitido al hombre vulgar ser antipatriota, porque no tiene mentalidad encima de la especie, y no la puede tener entonces encima de la especie inmediata, que es la nación a la cual pertenece. Al genio le está permitido. Sucede, por ironía, que los grandes genios en general se ajustan a los sentimientos normales: Shakespeare era intensamente, hasta excesivamente, patriota.

Un genio antipatriota es un fenómeno, no diré vulgar, pero aceptable. Un obrero antipatriota es simplemente una bestia.

El hombre de la especie no puede tener opiniones, porque la opinión es del individuo, y desde el momento en que un hombre pertenezca orgánicamente a una familia, a una clase, a cualquier cosa que constituya ambiente inmediato y vivo, deja de ser un individuo para ser una célula cualquiera. Sólo la nación, por ser un ambiente abstracto, visto que tiene parte en el pasado y parte en el futuro, no estorba el alma individual.

El problema de la protección a los artistas, o cualquier problema parecido, no existe con relación al hombre de genio, cuya vida mental es una cosa aparte y que pasa, en general, incomprendido en su época, o, por lo menos, incomprendido en aquello mismo que en él es genio.

Deben ser protegidos y defendidos los artistas, los escritores, que tienen que vivir de su pena, y esos nunca son los hombres de genio. El hombre de genio es producido por un conjunto complejo de circunstancias, comenzando por las hereditarias, pasando por las del ambiente, y acabando en episodios mínimos de la suerte.

Fernando Pessoa


La inmoralidad de las biografías

[texto manuscrito, tal vez 1913]


El genio, el crimen y la locura provienen, por igual, de una anormalidad, representan, de diferentes maneras, una inadaptación al medio. Si reposan, no obstante, sobre un igual fondo degenerativo, si el genio constituye, de por sí, una especie nosográfica, son cosas que no sabemos. Manifestación especial de epilepsia larvada, como precipitadamente quiso Lombroso, o manifestación de una diátesis[1] degenerativa, lo cierto es que el genio es, por su naturaleza, una anormalidad.

Sucede que la imaginación simplista de las multitudes por instinto no distingue entre lo que en la personalidad del hombre superior constituye, o representa, superioridad, y lo que en ella resulta de concomitante, o intercurrente, anormalidad psíquica, patentemente tal. En el fondo, esta intuición espontánea es justa. En la personalidad todo se liga, se interrelaciona. No podemos «separar», salvo por un proceso analítico conscientemente mutilador de la realidad, en la personalidad de Goethe, por ejemplo, la modalidad específica de su ideación literaria y la tendencia alucinativa que, como se sabe, obliga a la autoscopía externa; ni podemos separar en la personalidad de Shakespeare la intuición dramática de, por ejemplo, la inversión sexual.

La gran multitud de fascinados inferiores, incapaces de crear y (...), faltos de inhibición y de sentido crítico, en la imposibilidad (...), con razonable éxito (salvo un declarado [?] delirio de grandezas) imitar los poemas de Musset o los de Verlaine, pueden con todo, con mayor aproximación, plagiar al primero el vaso [?] gigantesco con que se embriagaba cotidianamente, y al segundo su incurable vagabundeaje y amoralidad de degenerado típico. Quien no puede hacer versos como Baudelaire puede, sin embargo, teñirse los cabellos de verde. La práctica de la pederastia, aunque no siempre fácil [...], es con todo más fácil que la producción de una segunda Salomé[2].

Las biografías de los grandes hombres realizan hoy, en el sentido inverso, lo que entre los hombres del Renacimiento realizó la lectura de Plutarco. Crean un mimetismo [...]

Fernando Pessoa



[1] Predisposición orgánica a contraer una determinada enfermedad.
[2] Título de una obra de Oscar Wilde.


[El hombre de genio y la intuición]

[texto dactilografiado, 1932]

Con la referencia: Goethe


El hombre de genio es un intuitivo que se sirve de la inteligencia para expresar sus intuiciones. La obra de genio –sea un poema o una batalla– es la transmutación en términos de inteligencia de una operación supraintelectual. Mientras que el talento, cuya expresión natural es la ciencia, va de lo particular a lo general, el genio, cuya expresión natural es el arte, va de lo general a lo particular. Un poema de genio es una intuición central nítida resuelta, clara u oscuramente (conforme el talento que acompañe el genio), en transposiciones intelectuales parciales. Una gran batalla es una clara intuición estratégica desdoblada, con mayor o menor ciencia, conforme el talento del estratega, en transposiciones tácticas parciales.

El genio es una alquimia. El proceso alquímico es cuádruple: 1) putrefacción; 2) dealbación[1]; 3) rubificación[2]; 4) sublimación. Se dejan, primero, pudrir las sensaciones; después de muertas se emblanquecen con la memoria; enseguida se rubifican con la imaginación; finalmente se subliman por la expresión.

Fernando Pessoa



[1] Blanquear, volver de color blanco.
[2] Enrojecer, volver de color rojo.


[Pasión, imaginación, pensamiento]

[texto manuscrito, tal vez 1925]

Con la referencia: Estética


Un gran artista (literario) se advierte aplicándole la siguiente pregunta crítica: ¿tiene pasión, imaginación o pensamiento? Por ejemplo: las «Lusíadas» de Camões tienen pasión (el patriotismo), imaginación (el Adamastor, la Isla de los Amores), pero están faltos de pensamiento. Los sonetos de Antero tienen siempre pensamiento, a veces imaginación, pasión nunca (Julio Dantas nada: no es un gran poeta).

El arquitecto, el pintor, el escultor no pueden mostrar pensamiento ni lo puede mostrar el compositor musical. Pero los tres primeros pueden mostrar imaginación (puesto que no emoción); el segundo emoción si bien no imaginación. Vemos así claramente las diferencias entre las artes.

El pintor, si quisiera ofrecer una aproximación del pensamiento, sólo puede hacer una cosa: simbolizar; el escultor menos, el arquitecto nada. El músico nunca puede ni entregar ni indicar pensamiento. La razón es evidente: la música da la emoción, las artes de la vista la imaginación; ahora, la emoción no está ligada a la razón, pero la imaginación se aproxima, estando cerca de ser una combinación de emoción y razón, teniendo el carácter no-rígido de la emoción (a mildness) y la frialdad de la razón. La música es la más intuitiva de todas las artes, la más instintiva, aquella en que niños se vuelven notables; es que depende de la emoción y no de la imaginación ni del pensamiento, quiere decir, la segunda, más que la primera, no desarrollada en los niños.


Estas consideraciones tocaron en el símbolo. Nos ayudan a comprenderlo. El símbolo es el modo de pensar de los imaginativos (en los que son in-intelectuales, habitual; en los que son intelectuales, voluntario, si así se puede decir).

Primeramente, primitivamente, el hombre, en quien todavía no se habían diferenciado imaginación y razón, pensó por símbolos, por imágenes, por metáforas.

La imaginación nace primitivamente de la emoción, y de la imaginación nace después la razón, como hermana. Pero –no siendo creadas– cada cual está ya contenida en la anterior. Tenemos así que la evolución mental humana es del siguiente modo:

1º. la repetición de las sensaciones forma la memoria.

La sensación persistiendo, va dejando alguna cosa que por la memoria se va volviendo permanente. Esta permanencia de la sensación es el sentimiento. Pero el mismo proceso se dio paralelamente en cuanto a la inteligencia: la memoria ideativa (la otra es afectiva, pero está combinándose) también se constituyó por la repetición de las representaciones; así como se forma, en cuanto a la parte afectiva de la psique, el sentimiento, se forma, en cuanto a la parte intelectual, la noción, una idea de las cosas. La misma permanencia que forma, sentimentalmente, el sentimiento, forma intelectualmente la noción. Forma [?] [...] del impulso, repetido: el deseo. Tenemos así el segundo grado de la evolución mental. Noción – sentimiento – deseo. El 1° era aquel en que estos tres elementos se hallaban virtuales en la vida: sensación-impulso que eran una unidad más homogénea. Pero los otros tres no tenían una unidad; es preciso no olvidarlo. Más heterogénea, sin embargo, esta unidad comienza en sus tres elementos a influenciarse mutuamente, ayudando a desplegar lo que cada uno tiene en sí.

Pero los sentimientos y los deseos compelen al ente, cuando los siente, a asociarles nociones que la memoria fijará a ciertos sentimientos y deseos, qua asociaciones en el pasado. Nace así la imaginación. Paralelamente, la influencia de los deseos y de las nociones o ideas en los sentimientos hacen que éstos, al ser recordados e incitados por medio de imágenes y recuerdos, formen una cosa nueva: la emoción (de la cual el ejemplo es el miedo). Y lo mismo sucede con respecto al deseo, siendo el resultado la pasión. (Pasión, emoción e imaginación son tres partes de un todo; por ejemplo: al miedo, son inmanentes la imaginación representativa del peligro, la emoción del miedo y la pasión del temor llevando a la acción de huir: lo que se concibe, lo que se siente y a lo que se es impelido.) Es este el 4° grado de la evolución mental.

A medida sin embargo que en el cerebro nacen representaciones imaginativas (esto es, impulsos de [...] inmediata) el ente los asocia como sensaciones: tenemos el pensamiento. Pensamiento todavía no distante de la imaginación.

Todas estas facultades son, no nos debemos olvidar, desarrollos de una sola: la conciencia. Esa conciencia entra a través de todas esas manifestaciones.

Estas facultades forman clases.

Por ejemplo, la imaginación artística no es la del período de la imaginación, pero sí esa (ya arraigada) + el pensamiento abstracción.

l) El 1º arte (ya de las aves) es la música. 2) La memoria no es un fenómeno inteligente; es un fenómeno de la conciencia.

Fernando Pessoa


[La literatura, las otras artes y el periodismo]

[texto dactilografiado]


Las artes todas son una futilidad frente a la literatura. Las artes que se dirigen a la visualidad, además de ser únicos sus productos, y perecederos, pudiendo por lo tanto, de un momento a otro, dejar de existir, no existen sino para crear un ambiente agradable, para distraer o entretener, exactamente como las artes de representar, de cantar, de danzar, que todos reconocen como siendo inferiores respecto a las otras. La propia música existe sólo mientras es ejecutada, participando por tanto de la futilidad de las artes de representación. Tiene la ventaja de durar, en partituras; pero esa no es como la de los libros, o cosas escritas, cuya valía está en que son partituras accesibles a todos los que saben leer, existiendo allí para la interpretación inmediata de quien lee, y no para la interpretación del ejecutante, transmitida después al oyente.

Las literaturas, sin embargo, están escritas en lenguas diferentes, y, como no hay posibilidades de que haya una lengua universal, ni, si llegase a haberla, será el griego antiguo, en que tantas obras de arte se escribieron, o el latín, o el inglés u otra cualquiera, y si fuese una de ellas no será las otras, se sigue que la literatura, siendo escrita para la posteridad, no la alcanza sino, en la mayoría de los casos, en referencias indirectas, nombres sin sentido, en una vida de cita traducida y diccionario.

El periodismo, siendo literatura, se dirige, no obstante, al hombre inmediato y al día que pasa. Tiene la fuerza directa de las artes inferiores pero humanas, como el canto y la danza; tiene la fuerza de ambiente de las artes visuales; tiene la fuerza mental de la literatura, por ser, de hecho, literatura. Como, sin embargo, su fin no es más que ser literatura en aquel día, o en pocos días, o, cuando mucho, en una breve época o corta generación, vive perfectamente conforme con sus fines.

Concedo, dije, que Esquilo sea hoy, aunque traslaticiamente, una influencia. Niego que una influencia traslata pueda ser una influencia literaria. Es para nosotros como un hombre agradable que nos habla una lengua extraña. Como es agradable, admitimos que esté diciendo cosas simpáticas. Pero como el fin de decir es ser entendido, y no lo entendemos, todo esto está errado.

La religión y el periodismo son las únicas fuerzas verdaderas. Cuando se dice que el periodismo es un sacerdocio, se dice bien, pero el sentido no es el que se atribuye a la frase. El periodismo es un sacerdocio porque tiene la influencia religiosa de un sacerdote; no es un sacerdocio en sentido moral, pues no hay, ni puede haber moral en el periodismo, que sirve el momento que pasa, en el cual no cabe, ni puede caber, moralidad.

Cuando digo que escribe fútilmente el que escribe para la inmortalidad, o para las épocas futuras, debe entenderse que no pretendo con eso negar la supervivencia del alma, o hasta su inmortalidad. No niego ni afirmo; concedo. Pero nada de eso pesa en mi argumento. La acción de la literatura es sobre quien queda en este mundo – (¿y lo astral del poema, o de la narrativa?...)

– Se engaña, mi amigo, dije yo. Cada cosa en este mundo no es por ventura sino la sombra y el símbolo de una cosa (esa la verdadera) en otro mundo antetípico o espiritual. No es pues la lengua en que está escrito un poema que pesa en el caso. Es el poema que fue escrito en esa lengua. Y ese es una entidad abstracta y real, agente sin cuerpo verbal.

– Sea, respondió el periodista. Concedo sin admitir.

Fernando Pessoa


[Arte y moral - IV]

[texto dactilografiado, tal vez 1914]


Este problema del arte inmoral es de los que están siempre saliendo a la superficie, momentáneamente centralizados en una u otra obra que coloca bajo el foco público los vagos principios existentes en tal problema. Hay dos aspectos del problema. El primero es el filosófico abstracto que consiste en la discusión de las relaciones entre arte y moral, el problema estético de la ética, si así podemos llamarlo, o en otros términos, el problema ético en la estética.

No me preocupa ahora este problema. Mi finalidad es discutir el problema práctico, basado en aquellos dos elementos, el problema de la pornografía, podemos decir. ¿Debería el gobierno o cualquier otra autoridad controlar o supervisar el ejercicio de las facultades literarias o artísticas, teniendo en vista su maléfica influencia sobre el público que lee, que ve o que oye? Si así fuere, ¿sobre qué bases trabajará esa supervisión?


Abordaremos el problema en lo que toca a la literatura. La única clasificación admisible en literatura, en lo que hace a este problema, es la literatura y los escritos propia y simplemente obscenos. Esos escritos obscenos que son, digamos, el equivalente a las fotografías obscenas, en que la única justificativa posible es la obscenidad, pertenecen de manera palpable a una especie diferente a la de la producción que es literaria y en la que los elementos obscenos están sobrepuestos a la infraestructura literaria o están inextricablemente entretejidos con la sustancia artística de la misma. De modo que, si las autoridades han de interferir en este problema, han de proceder, en primer lugar, sobre una base manifiestamente estética.

La cuestión presenta, como todas las cuestiones, varios grados. Hay obras que evidentemente solo son obscenas y en ningún modo literarias, tales como aquellos panfletos, que acabamos de citar, que corresponden en la manera escrita a las fotografías obscenas también citadas en paralelo. Y hay, en el otro extremo, productos como Venus y Adonis, como tantos poemas clásicos y obras en prosa; la dificultad es mayor cuando tenemos que lidiar con obras de arte superior que son, no solamente inmorales, sino que hacen francamente la apología de alguna especie de inmoralidad.

No se puede alegar que los elementos artísticos en causa absuelven y extirpan la inmoralidad de la obra. De las dos especies de público que lee, una, la más baja, no ve los elementos artísticos y sólo penetra la significación de los elementos inmorales contenidos en la obra de arte. La otra porción del público lector, la porción sensible a las influencias artísticas, es capaz, en consecuencia, de efectuar una separación entre las dos especies de elementos que participan, por hipótesis, de la especie de obra artística que estamos discutiendo, no se distancia mucho del otro público en lo referente a los efectos, pues, si la obra fue realmente una alta obra de arte, y los elementos obscenos, por tanto, no ajenos a la sustancia de ella, sino inextricablemente mixturados con ella, esos elementos inmorales son tanto más puestos en evidencia, cuanto ganan de intensidad, belleza y fervor, gracias al modo artístico en el que son presentados.

Venus y Adonis , muy probablemente, excitará sentimientos sexuales en una persona de poca educación; pero tendrá en cierta forma todavía más probabilidad de excitarlos en una altamente educada o altamente sensible. La propia superioridad artística de la obra asegura ese efecto. El principio de que «para el puro todas las cosas son puras» es mero fuego de artificio; no hay «puros».

Si queremos prohibir la venta de arte inmoral, no podemos hacerlo sin prohibir al mismo tiempo el arte. El problema es especialmente difícil cuando hemos de considerar obras no extremas, esto es, obras que no son palpablemente superiores desde el punto de vista artístico, pero que tampoco son pura obscenidad, mera obscenidad y nada más. Al nivel de Shakespeare, todos más o menos concordamos en que sería equivalente a la violencia prohibir la circulación de la literatura inmoral. Cuando estamos en el nivel literario correspondiente a la fotografía obscena, solamente los comerciantes del género no acordarían con su supresión. Pero cuando nos hallamos al nivel del novelista popular, el problema se vuelve muy difícil. Hasta cierto punto obras en nivel literario como las de Hall Caine o Miss Marie Corelli son literatura; aunque sean literatura que no permanece –aunque varias personas, en verdad, puedan atribuirles un nivel superior. Si tales obras son vehículos de obscenidad o inmoralidad, ¿qué se debe hacer con ellas?

El hecho central es que el problema se halla en algún lado y su solución se vuelve imposible hasta que decidamos ver que alguna clasificación de públicos debe ser admitida, antes que cualquier luz penetre en la discusión.

Es que la diferencia esencial entre el lector deseducado y el educado, digamos, de Venus y Adonis es que, aun cuando sea bien posible que tanto el educado como el deseducado se sientan sexualmente excitados en el mismo grado, mientras leen la obra, la influencia posterior difiere, no debiéndose tomar en cuenta, sin duda, casos especiales y mórbidos. Un poco después de acabar Venus y Adonis, el lector deseducado que no se irritó, pero quedó interesado por la parte intelectual del poema, permanece bajo la influencia de aquella parte de él que le interesó y que es la sexual. Mientras que, el lector educado, una vez pasada la momentánea excitación de la obra, permanece, por el contrario, bajo la influencia de los elementos artísticos.

La segunda distinción a efectuarse es entre el público adulto y no adulto. Se considera adulto a quien es capaz de defenderse, lo que no sucede con un niño. De modo que, en este campo, el problema se vuelve simple: la lectura de obras inmorales, de cualquier especie que sean, debería ser prohibida a los niños, pero permitida a los adultos.

Entre adultos, la distinción es la siguiente: existen los educados y los deseducados, y estos últimos se hallan, hasta cierto punto, en la posición de niños. De modo que, si la prohibición ha de ser decidida hasta cierto punto, debería ser extensiva solamente a la parte ineducada del público. La cuestión de como ha de ser esto efectuado es del todo secundaria y resoluble, de diversas maneras, aunque aproximadamente.

Fernando Pessoa


[Arte y moral – III]

[texto manuscrito, tal vez 1916]

Fragmento con la indicación: As Artes


Las relaciones entre el arte y la moral son análogas a las relaciones entre el arte y la ciencia. No hay relación entre el arte y la moral, como no la hay entre el arte y la ciencia; pero un poema que viola nuestras nociones morales impresiona idénticamente al hombre sano como un poema que viola nuestra noción de la verdad.

Un poeta que canta, elogiando, el robo, no hará con eso un buen poema; ni lo hará un poeta moderno a quien se le ocurra cantar el curso del sol alrededor de la tierra, que es una cosa falsa.

Viola la regla del agrado. Agradará a más gente un poema que, sobre ser bello, sea moral, que uno que, siendo bello, sea inmoral. Las épocas tienen más en común sus ideas morales que sus inmoralidades. Sólo en las épocas de decadencia la moralidad dejó de ser un ideal; e, incluso en esas, se reconoce su valor ideal.

Las relaciones son entre el artista y el moralista, no entre el arte y la moral. Como es improbable que un gran artista, dado que es un gran artista, falsee la verdad, es improbable que falsee la moral. No pertenece esa característica a un cerebro típico de creador.

El creador de arte para influenciar tiene, en general, como motivo el interés de influenciar; al cual falta si crea la obra con elementos que tienden a limitar la acción de la obra.

La tendencia moral es reconocida por la especie [?] humana como superior a la realidad [?] inmoral. El poeta inmoral corre por tanto, en la proporción en que es inmoral, el riesgo de no influenciar los espíritus superiores (cuando no de su época, acaso decadente), de las otras épocas por lo menos.

Fernando Pessoa


[Arte y moral - II]

[texto manuscrito, tal vez 1914]


La cuestión del arte moral o inmoral –si el arte debe ser «art for art's sake», independientemente de la moralidad- a pesar de ser de muy simple solución, no ha dejado de ocupar desagradablemente a muchos pensadores, especialmente a los que desean probar que el arte debe ser moral.

En primer lugar, demos entera razón –es evidente que la tienen- a los estetas; el arte, en sí, tiene como fin únicamente la creación de belleza, independientemente de las consideraciones de ser moral o no. ¿Si esto es así, quién manda pues al arte a ser moral? La respuesta es simple: la moral . Lo manda la moral porque la moral debe regir todos los actos de nuestra vida y el arte es una forma de nuestra vida. Han errado aquellos que han querido hallar una razón dentro de la propia naturaleza del arte para que el arte sea moral. No existe esa razón donde la buscaron. El arte qua arte tiene como fin solamente la belleza. La razón que lo manda a ser moral existe en la moral, que es exterior a la estética; existe en la naturaleza humana.

El arte tiene dos caras: la puramente artística y la social. La artística es crear belleza: nada más. Como la belleza es una cosa independiente del consenso humano (a pesar de ser juzgada por él), como la belleza en sí, digamos, es independiente de las opiniones, el arte en su (...) social ningún otro fin tiene que la creación de belleza, sin otra consideración moral o intelectual.

Pero el arte tiene otra cara. Es la cara social. El artista es un hombre y un artista. Puramente artista, su obra, ya lo dijimos, sólo tiene por fin crear belleza, sólo una responsabilidad: frente a la Estética. Pero el artista vive en sociedad, publica sus obras de arte. Vive en sociedad como artista y vive en sociedad como hombre. Como artista su fin es uno solo: agradar. Como hombre su fin es uno solo: obtener gloria. Vemos pues que el artista se nos muestras bajo tres caras: como puramente artista (no teniendo otro fin que crear belleza), como al mismo tiempo artista y hombre (queriendo ver admirada esa belleza que creó), y finalmente como hombre (deseando la gloria, lo que es común a los otros hombres, generalmente a todos). El primer sentimiento es puramente impersonal; el segundo es entre personal e impersonal: desear ver admirada una obra de arte, aunque sea suya, no es enteramente egoísta; el tercero es enteramente personal.

Creemos haber dado, en estas palabras, la solución definitiva del problema.

Ahora bien, según estos tres modos del artista, está él sometido a diversas leyes. Como puramente artista ninguna otra ley tiene que la de seguir la estética. Pero buscando agradar ya se tiene que someter a otras leyes; la naturaleza de la humanidad es una sola, no se divide en estética, moral, intelectual, etc. Sólo la Estética personalizada es la que podría apreciar una obra de arte bajo el punto de vista puramente estético. La humanidad no; el amor de la belleza es fundamental en su alma: es arte; pero no sólo eso reside en ella, no sólo con eso critica y aprecia. Otros elementos entran inevitablemente en esta apreciación. Un gran poema revolucionario agradará más a un republicano que a un conservador, admitiendo en ambos, en cuanto a cualidades críticas, la misma dosis de estética.

Los hombres no aprecian sólo estéticamente, aprecian según toda su constitución moral. Por eso, cosas groseras, impuras, les desagradan, no en la parte estética de ellos, sino en la parte moral que no pueden desalojar de sí.

Fernando Pessoa


[Arte y moral]

[tal vez 1914]


El arte supremo tiene por fin libertar: erguir el alma encima de todo cuanto es estrecho, encima de los instintos, de las preocupaciones morales o inmorales.

El arte no tiene nada que ver con la moral, en cuanto al fin; tiene que ver, en cuanto al contenido.

Todo arte debe dar placer; el tipo de placer es el que varía. El arte inferior proporciona placer porque distrae, libertad porque libera de las preocupaciones de la vida; el arte superior menor proporciona alegría, libertad porque libera de la imperfección de la vida; el arte superior proporciona placer porque libera, libertad porque libera de la propia vida.

Un asunto sexual debe ser tratado en arte de modo que no suscite deseo. Para suscitar deseos, sirve mejor una fotografía pornográfica.

Fernando Pessoa


[Las cualidades fundamentales del artista]

[texto dactilografiado, tal vez 1916]

Fragmento con la mención: Estética


Las tres cualidades fundamentales del artista son:

1) La originalidad,

2) la constructividad, y

3) el poder de suspensión.

Es vulgar que haya confusiones que oscurecen totalmente el verdadero sentido de estas palabras, y es absolutamente importante que esas confusiones se deshagan. Ellas resultan, en general, de la adopción de un ideal artístico estrecho, por vía del cual se vicia la interpretación de las causas. Así, muchos no saben propiamente distinguir la originalidad de la excentricidad; una caracteriza al genio, la otra manifiesta al loco. Y, en el mismo punto, lo más frecuente es que no se sabe evaluar bien la originalidad de un autor, por no saberse, en general, medir el valor de las influencias que él recibe, de donde sucede, muchas veces, que se considera como plagio lo que es legítima influencia. Ahora bien, la originalidad es de tres especies: a) de pensamiento, b) de modo de manifestar ese pensamiento, c) de modo de manifestar esa manifestación; tenemos, por tanto, a) originalidad ideativa, b) originalidad formal (...)

Los románticos confunden en general el poder de construcción con el poder de desarrollo, el cual, meramente por sí, y desprovisto de la base de construcción propiamente dicha, no pasa de ser una mera facilidad retórica sin gran valor, salvo episódico.

Si en estos dos puntos son grandes los errores que se cometen, mucho mayores son los que padece, casi siempre, el concepto general de «poder de sugestión». Por ese término deseo expresar aquello que en el artista permite volver enteramente perspicua su intención y su emoción. Importa mucho –la distinción es de relieve capital– no confundir «poder de sugestión» con «comprensibilidad», como importa no confundir perspicuidad con claridad. Sobre este tipo de confusiones asienta el error que siempre hubo, de parte de las personas de escasa sensibilidad, en la crítica a los poetas simbolistas y decadentes: todos aquellos que, en su plenísimo derecho, fueron perspicuos sin ser claros.

Fernando Pessoa