[La actitud política de las nuevas generaciones]

Notas para el estudio «El prejuicio revolucionario», 1918/1919


U na cosa que preocupa mucho, por lo que parece, a los críticos que ya tienen cuarenta años es la actitud poco «generosa» –en el sentido que dan a este término en política- de las nuevas generaciones. No son democráticos, no son libertarios, no simpatizan con los oprimidos, no odian a la Iglesia, no alzan la voz por la Justicia.

Les parece a los mismos críticos que esta actitud es triste. Tal vez no lo sea. Les parece reaccionaria. Tal vez no lo sea. Todo depende del modo como se encaran generosidad y reacción. Y lo que esta actitud finalmente es, es algo muy simple: es fruto de la experiencia.

La juventud de hace veinte años venía después de la experiencia constitucional, y toda su tendencia, ante la falencia de esa experiencia, era contra el constitucionalismo. La juventud de hoy viene después de las democráticas, y, siempre en su papel de juventud, representa la reacción contra esas experiencias, cuya falencia estruendosa es de cotidiana evidencia.

La juventud de hoy vio, además de eso, que los libertarios, los socialistas, los demócratas, ardiendo en amor por el pueblo, acababan en la malversación y en el peculado, en el uso, en sus relaciones con el pueblo de la policía y el ejército. Y, como esta experiencia es la última, la juventud de hoy se acordó de concluir que la realidad vale más que las buenas intenciones, que es inútil predicar buenas doctrinas si solamente las malas pueden tener éxito. Más vale, pensaron ellos, que se defiendan, desde el principio, las doctrinas antipáticas. Por mi parte, encuentro preferible defender, como algún día lo haré, con la debida argumentación sociológica, que es más legítimo que los políticos roben y expolien al pueblo, que robar y expoliar al pueblo llamando a esa actitud «gobierno popular», «democracia», «libertad» y otras cosas por el estilo.

El amor a la verdad sustituye, en la juventud de hoy, el amor a la mentira que, aunque generosamente encarado, caracterizaba a la juventud de ayer y de antes de ayer. De nada sirve estar al servicio de la mentira, por más generosidad que haya en eso. El anarquismo, el socialismo, el democratismo –toda esa basura de teorías simpáticas que se olvidan que teorizan para la humanidad de carne y hueso- fueron divinizaciones de la mentira. Y fueron eso a que Carlyle denomina la peor especie de la mentira: la mentira que se piensa verdad. No fueron error, que es admisible. Fueron la mentira inconsciente. Cualquiera yerra. Pero no todos mienten inconscientemente.

Fernando Pessoa


1 comentario:

Anónimo dijo...

No puedo evitar la idea (en singular) del dolo y la culpa, esas construcciones que no ceden los alemanes y que me imagino los conserva.

Ser (fueron) la "mentira inconsciente", y ahí ejecutando: un dolo eventual y una culpa igual que la primera, pidiendo ser elegidas. ¿puede uno extraviarse entre la probabilidad y la negación? Y sin embargo existe un minúsculo espacio donde sucede, indiferente a cualquier prueba, aun más: a cualquier reminiscencia.

Desdeñar su existencia para tenerlo más claro, me hace recordar a los alemanes, y no sé si sea mejor o peor conseguir esa declaración para eludir el yerro, lo cierto es que tenemos consciencia.