[Los adversarios de la poesía moderna]

[texto manuscrito, tal vez 1915]


Se acordó, de un tiempo a esta parte, cierta gente, degenerada por naturaleza y crítica por predilección, de protestar, cada cual con el mal «modo» que le es modo, contra la obscenidad y la confusión de esta o de aquella «literatura», de esta o de aquella otra poesía moderna, etc.

Esto, además de revelar la tendencia a tener opiniones sobre cualquier asunto, que es uno de los estigmas psíquicos de degeneración, muestra, paralelamente, el hábito mental de no tener ideas y exponer al público las ideas que no se tienen.

Así, en este punto, no cuidaron nada los autores de los diversos atentados críticos en ver qué sería la obscenidad y la confusión, no se detuvieron a buscar el valor real de esa moneda artística. Ni siquiera se preguntaron a sí mismos si en realidad ser obsceno y confuso no sería más natural y sano que escribir con claridad y lucidez.

De dos cosas una: la ideación literaria debe o no debe seguir la norma de la ideación vulgar. O por ser ideación debe ser tan sólo un grado superior de la ideación normal, o, por ser literaria y no vulgar, debe ser un género diferente de ideación.

¿Qué carácter tiene, vista bajo el aspecto de ser confusa o no, la ideación vulgar?

Siendo la ideación vulgar aquella que aparece en las conversaciones vulgares, es en esta prosa de conversación que la hemos de fotografiar.

¿Qué carácter tienen las ideas según son expuestas en una conversación usual?

¿Son perfectamente claras? No lo son. Tanto no lo son que las discusiones generalmente son interminables, no siendo más que modos en que dos o más individuos emplean mucho tiempo en llegar a percibir que no se perciben unos a otros, algunas veces que no se perciben a sí mismos, raras e ilustres veces que no perciben nada.

¿Son perfectamente confusas? No lo son. Si lo fuesen no sólo no hallarían expresión en las palabras del propio individuo, ni traerían consigo, al ser expresadas, aquella cuota parte de comprensibilidad que habilita al otro locutor a creer que las percibe...

La ideación de conversación es, por lo tanto, al mismo tiempo clara y confusa. ¿En qué es clara y en qué es confusa? Veamos. Si no fuese clara en la ideación de la idea, el individuo, no teniendo esa idea, no la pondría en palabras, porque no toda la gente puede estar como el Sr. Maeterlinck, exponiendo constantemente ideas que no tiene. Si fuese clara en la ideación de la expresión de la idea, el interlocutor percibiría lo que se dice, lo que nunca sucede, y, suponiendo que conociese el pensamiento sobre el asunto, podría, ya desde el principio, decir si están o no en aquella especie de divergencia de sí mismos a la que se llama estar de acuerdo con otra persona.

De modo que llegamos a esto: que la ideación vulgar es clara en la ideación de la idea y confusa en la ideación de la expresión de esa idea. Ahora, la ideación artística, siendo, o bien una prolongación, o bien una inversión de la ideación normal –una de las dos ha de ser, porque aquí no se puede ser dos cosas opuestas, como los católicos son cristianos (espiritualistas) y materialistas–, ha de ser –es el caso de la prolongación– clara como aquélla en la idea y confusa en la expresión, o –y es el caso de la inversión– clara en la expresión y confusa en la idea. En el primer caso tenemos una idea clara expresada confusamente, de lo que resulta confusión, visto que la idea, al ser expresada, se vuelve confusa; y en el segundo caso tenemos una idea confusa expresada claramente, de lo que resulta confusión también, puesto que una idea confusa no puede producir sino confusión, de cualquier modo que sea expresada.

Fernando Pessoa


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