Notas para el recuerdo de mi maestro Caeiro [VII]

[texto dactilografiado, 27/2/1931]

Alvaro de Campos


E s costumbre que se diga, desde que alguien comenzó a decirlo, que, para comprender un sistema filosófico, es preciso comprender el temperamento del filósofo. Como todas las cosas con aires de ciertas, y que se divulgan, esto es un disparate; si no lo fuese, no se habría divulgado. Se confunde la filosofía con su formación. Mi temperamento puede llevarme a decir que dos y dos son cinco, pero la afirmación de que dos y dos son cinco es falsa independientemente de mi temperamento, sea él el que fuera. Puede ser interesante saber cómo es que vine a afirmar esa falsedad, pero eso no tiene nada que ver con la propia falsedad, tiene que ver solamente con la razón de su aparición.

Mi maestro Caeiro era un temperamento sin filosofía, y por eso su filosofía –que la tenía, como toda la gente– no es susceptible siquiera de estas travesuras del periodismo intelectual. No hay duda que, siendo un temperamento, esto es, siendo un poeta, mi maestro Caeiro expresó una filosofía, esto es, un concepto del universo. Ese concepto del universo es, sin embargo, instintivo y no intelectual; no puede ser criticado como concepto, porque no está en ese lugar, y no puede ser criticado como temperamento, porque el temperamento no es criticable.


Las ideas orgánicamente ocultas en la expresión poética de mi maestro Caeiro intentaron definirse, con mayor o menor felicidad lógica, en ciertas teorías de Ricardo Reis, y en el sistema filosófico –éste perfectamente definido– de Antonio Mora. Tan fecundo es Caeiro que cada uno de nosotros tres, debiendo todos el pensamiento del alma a nuestro maestro común, produjo una interpretación de la vida enteramente diferente a la de cualquiera de los otros dos. Verdaderamente, no hay derecho a comparar mi metafísica, y la de Ricardo Reis, que son meras vaguedades poéticas intentando esclarecerse (al contrario de Caeiro, en quien el alma era de certezas poéticas no buscando esclarecerse), con el sistema de Antonio Mora, que es realmente un sistema, y no una actitud o un estar inquieto. Pero, en fin, mientras que Caeiro afirmaba cosas que, estando todas ajustadas unas con las otras (como todos percibíamos) en una lógica que excede –como una piedra o un árbol– a nuestra comprensión, no eran, con todo, coherentes en su superficie lógica, tanto Reis como yo (no hablemos de Mora, nuestro superior en calidad en esta materia) intentábamos encontrar una coherencia lógica en lo que pensábamos, o suponíamos que pensábamos, respecto del Mundo. Y eso que pensábamos, o suponíamos que pensábamos, respecto del mundo, eso lo debíamos a Caeiro, descubridor de nuestras almas, colonizadas después por nosotros.

Propiamente hablando, Reis, Mora y yo somos tres interpretaciones orgánicas de Caeiro. Reis y yo, que somos fundamental aunque diversamente poetas, interpretamos todavía con suciedades del temperamento. Mora, puramente intelectual, interpreta con la razón; si tiene sentimiento, o temperamento, anda disfrazado.

El concepto de la vida, formado por Ricardo Reis, se ve muy claramente en sus odas, pues, cualesquiera que sean sus defectos, Reis es siempre claro. Ese concepto de la vida es absolutamente ninguno, al contrario del de Caeiro, que también es ninguno, pero al revés. Para Ricardo Reis, nada se puede saber de la realidad, excepto que está aquí y nos fue dado como real un universo material. Sin que necesariamente aceptemos como real ese universo, tenemos que aceptarlo como tal, pues no nos fue dado otro. Tenemos que vivir en ese universo, sin metafísica, sin moral, sin sociología ni política. Conformémonos a ese universo externo, el único que tenemos, así como nos conformaríamos al poder absoluto de un rey, sin discutir si es bueno o malo, sino simplemente porque es lo que es. Reduzcamos nuestra acción al mínimo, cerrándonos todo lo posible en los instintos que nos fueron dados, y usándolos de modo de producir la menor falta de confort para nosotros y para los otros, pues tienen igual derecho a no sufrir incomodidad. Moral negativa, pero clara. Comamos, bebamos y amemos (sin sujetarnos sentimentalmente a la comida, a la bebida y al amor, pues eso traería más tarde elementos de malestar); la vida es un día, y la noche es cierta; no hagamos a nadie ni bien ni mal, pues no sabemos qué es bueno o malo, y ni siquiera sabemos si hacemos uno cuando suponemos hacer el otro; la verdad, si existe, está con los Dioses, o sea con las fuerzas que formaron o crearon, o gobiernan, el mundo; fuerzas que, como en su acción violan todas nuestras ideas de lo que es moral y todas nuestras ideas de lo que es inmoral, están patentemente más allá o fuera de cualquier concepto del bien y del mal, no habiendo nada que esperar de ellas para nuestro bien o hasta para nuestro mal. Ni creencia en la verdad, ni creencia en la mentira; ni optimismo ni pesimismo. Nada: el paisaje, una copa de vino, un poco de amor sin amor, y la vaga tristeza de nada comprender y de tener que perder lo poco que nos es dado. Tal es la filosofía de Ricardo Reis. Es la de Caeiro endurecida, falsificada por la estilización. Pero es absolutamente la de Caeiro, de otro modo: el aspecto cóncavo de aquel mismo arco del que la de Caeiro es el aspecto convexo, el cerrarse sobre sí mismo de aquello que en Caeiro está vuelto hacia el Infinito; sí, hacia el mismo infinito que niega.

Es esto –este concepto tan fundamentalmente negativo de las cosas– que da a la poesía de Ricardo Reis aquella dureza, aquella frialdad, que nadie negará que tiene, por más que la admire; y quien la admira –poca gente– es por esa misma frialdad, al fin y al cabo, que la admira. En esto, por lo demás, Caeiro y Reis son iguales, con la diferencia que Caeiro tiene frialdad sin dureza; que Caeiro, que es la infancia filosófica de la actitud de Reis, tiene la frialdad de una estatua o de un pico nevado, y Reis tiene la frialdad de un bello túmulo o de un maravilloso peñasco sin sol en el que ni siquiera hay musgos. Y es por esto que, siendo la poesía de Reis rigurosamente clásica en la forma, está totalmente destituida de vibración; más todavía que la de Horacio, a pesar del mayor contenido emotivo e intelectual. A tal punto es intelectual, y por tanto fría, la poesía de Reis, que quien no comprende un poema de ella (lo que fácilmente sucede, dada la excesiva compresión) no le aprehende el ritmo.

Conmigo lo que sucedió fue lo mismo que sucedió con Reis, con la diferencia de que fue lo contrario. Reis es un intelectual, con el mínimo de sensibilidad que un intelectual precisa para que su inteligencia no sea simplemente matemática, con lo mínimo que un ente humano precisa para que se pueda verificar por el termómetro que no está muerto. Yo soy exasperadamente sensible y exasperadamente inteligente. En esto me parezco (salvo un poco más de sensibilidad y un poco menos de inteligencia) a Fernando Pessoa; pero, mientras que en Fernando la sensibilidad y la inteligencia se interpenetran, se confunden, se interseccionan, en mí existen paralelamente o, mejor, sobrepuestamente. No son cónyuges, sino gemelos desavenidos. Así, espontáneamente formé mi filosofía de aquella parte de la insinuación de Caeiro de que Ricardo Reis no extrajo nada. Me refiero a la parte de Caeiro que está integralmente contenida en aquel verso, “Y mis pensamientos son todos sensaciones”; Ricardo Reis deriva su alma de aquel otro verso, que Caeiro se olvidó de escribir, “Mis sensaciones son todas pensamientos”. Cuando me designé como “sensacionista” o “poeta sensacionista” no quise emplear una expresión de escuela poética (¡Santo Dios!, escuela); la palabra tiene un sentido filosófico.

No creo en nada sino en la existencia de mis sensaciones; no tengo otra certeza, ni la del tal universo exterior que esas sensaciones me presentan. Yo no veo el universo exterior, yo no oigo el universo exterior, yo no palpo el universo exterior. Veo mis impresiones visuales; oigo mis impresiones auditivas; palpo mis impresiones táctiles. No es con los ojos que veo, sino con el alma; no es con los oídos que oigo, sino con el alma; no es con la piel que palpo, es con [el alma]. Y, si me preguntaran qué es el alma, respondo que soy yo. De aquí mi divergencia fundamental de lo fundamental intelectual de Caeiro y de Reis, pero no en lo fundamental instintivo y sensitivo en Caeiro. Para mi el universo es solamente un concepto mío, una síntesis dinámica y proyectada de todas mis sensaciones. Verifico, o imagino verificar, que coinciden con la mías gran número de sensaciones de otras almas, y a esa coincidencia la llamo universo exterior, o realidad. Eso nada prueba de la realidad absoluta del universo porque existe la hipnosis colectiva. Ya vi a un gran hipnotizador obligar a un gran número de personas a ver, positivamente ver, la misma hora falsa en relojes que no estaban. Concluyo de aquí la existencia de un Hipnotizador supremo, a quien llamo Dios, porque consigue imponer su sugestión a la generalidad de las almas, las cuales, con todo, no sé si él creó o no creó, porque no sé lo que es crear, pero que es posible que crease, cada una para sí misma, como el hipnotizador me puede sugerir que soy otra persona o que siento un dolor que yo no puedo decir que no siento, puesto que lo siento. Para mí ser “real” consiste en ser susceptible de ser experienciado por todas las almas; y esto me obliga a creer en un Hipnotizador Infinito, pues creó una sugestión llamada universo capaz de ser experienciada por todas las almas, no sólo reales, sino hasta posibles. Esto aparte, soy ingeniero: esto es, no tengo moral, política o religión independiente de la realidad real mensurable de las cosas mensurables, y de la realidad virtual de las cosas inmensurables. También soy poeta, y tengo una estética que existe por sí misma, sin tener que ver con la filosofía que tengo o con la moral, la política o la religión que soy ocasionalmente forzado a tener.

Antonio Mora, sí. Ese realmente, recibiendo de Caeiro el mensaje en su totalidad, se esforzó por traducirlo en filosofía, esclareciendo, recomponiendo, reajustando, alterando aquí y allí. No sé si la filosofía de Antonio Mora será lo que sería la de Caeiro, si mi maestro la tuviese. Pero acepto que sería la filosofía de Caeiro, si él la tuviese y no fuese poeta, para no poderla tener. Así como de simiente se evoluciona a planta, y la planta no es la simiente magnificada, sino una cosa enteramente diferente en aspecto, así del germen contenido en la totalidad de la poesía de Caeiro salió naturalmente el cuerpo diferente y complejo que constituye la filosofía de Mora. Voy a dejar la exposición de la filosofía de Mora para el tramo siguiente a este. Estoy cansado de querer entender.


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