[Romanticismo]

[texto dactilografiado, tal vez 1918]


El movimiento literario al que ordinariamente se llama romanticismo, se contrapone de tres maneras al clasicismo que lo precediera. A la constricción y sequedad de los procesos clásicos los sustituyó con el uso de la imaginación, liberada, todo lo posible, de otras leyes que no sean las suyas propias. A la mezquindad especulativa del arte clásico, donde la inteligencia aparece apenas como elemento formativo y nunca como elemento sustancial, la sustituyó con la literatura hecha con ideas. A la clásica subordinación de la emoción a la inteligencia, la sustituyó, invirtiéndola, con la subordinación de la inteligencia a la emoción, y de lo general a lo particular. Los dos primeros procesos representaron una innovación y una vigorización del arte; el tercero es puramente mórbido.

Según aquel movimiento cíclico, que parece ser el de toda civilización, el romanticismo, en sus dos procesos verdaderamente innovadores, no hizo más que reeditar el helenismo, contra la fórmula clásica, más latina que griega. En estos dos puntos, por lo demás, es el continuador de aquello que el Renacimiento trajo de nuevo –pero también de helénico– a la literatura de Europa. En lo que tuvo de propio, la inversión del orden de la inteligencia y de la emoción, el romanticismo fue un simple fenómeno de decadencia; y fue por no haber mostrado esta tercer característica que el Renacimiento pudo llegar a un nivel poético más alto, puesto que en el romanticismo no hay un Dante ni un Milton, tal la falencia constructiva con la que el nuevo sistema venía contaminado.

En su desarrollo, el romanticismo, que nació mórbido, se descompuso. Se desintegró en sus tres elementos componentes y cada uno de ellos pasó a tener una vida propia, a formar una corriente separada de las otras. De la sustitución del escrúpulo imitativo por la imaginación nació toda la literatura de la Naturaleza que distinguió al siglo pasado. De la introducción de la especulación en la sustancia del arte nació toda la literatura realista. De la inversión de las posiciones mentales de la inteligencia y de la emoción nació todo el movimiento decadente, simbolista, y siguientes.

Es claro que estos elementos, aunque creasen corrientes que se pueden decir separadas, no están separados; y la mayoría de los cultores de las literaturas nacidas de los dos primeros están viciados por el preconcepto personalista que es la base mórbida del tercero.

El siglo veinte encontró frente a sí, heredado del siglo que lo precedió, un problema fundamental: el de la conciliación del Orden, que es intelectual e impersonal, con las adquisiciones emotivas e imaginativas de los tiempos recientes.

Es imposible resolver este problema, como quieren los integristas franceses, por la supresión de uno de sus términos. Es igualmente imposible resolverlo aceptando el predominio de la emoción sobre la razón, porque, aceptado este predominio, desaparece el orden, y el problema está aun por resolver. Evidentemente sólo hay una solución: llevar la personalidad del artista a lo abstracto, para que contenga en sí misma la disciplina y el orden. Así, el orden será subjetivo y no objetivo.

Volver abstracta la imaginación, volver abstracta la emoción, es el camino.

[añadido manuscrito]

Dramatización de la emoción. Los hombres del Renacimiento ya la tenían; su poesía de emoción es impersonal y humanamente universal.

Emoción de lo abstracto.

La literatura de fantasía, que irrumpió con los trascendentalistas alemanes y seguidamente en los dos grandes poemas de Coleridge. Este elemento es de origen medieval.

Por dramatización de la emoción entiendo el despojar a la emoción de todo cuanto es accidental y personal, volviéndola abstracta: humana.

Fernando Pessoa