[La esencia del paganismo de Grecia y Roma antiguas]

[texto dactilografiado, tal vez 1917]

Ricardo Reis


L o que evidentemente no voy a hacer, en las escasas páginas que con justicia puedo exigir para este prefacio, es explicar y analizar minuciosamente lo que sea el paganismo, como fenómeno completo, multímodo y que tuvo, como todo, una vida y una evolución, que, dentro de sí mismo, lo volvieron diverso. Puedo, no obstante –y es lo que haré-, hacer notar en breves palabras –las precisas- lo que es la esencia del sistema religioso de Grecia y de Roma antiguas.

Lo que fundamentalmente distingue al paganismo grecorromano (a pesar de las diferencias entre el paganismo griego y el romano) no es el hecho de ser politeísta. Politeísmos hay varios, de diversas especies y de distintos grados de valor humano. Politeísmo es el sistema que fue de los pueblos nórdicos de la Europa, politeísmos también, a pesar de tener el aspecto de un fundamento monoteísta, sin crisis para el alma general, los sistemas egipcios, indio y el actual sistema llamado católico.


Tampoco se distingue el paganismo grecorromano por aquella característica que es costumbre atribuirle: la alegría y la sensualidad. Ese concepto, que existe solamente entre los ignorantes y entre los que sólo piensan en el paganismo como cosa diferente del cristismo, es, como la ciencia sabe, un error. No es necesario repetir las observaciones de los dos maestros de la ciencia del helenismo: Boeckh y Burckhardt. Ellos afirmaron, el último categóricamente, que los griegos eran más tristes de lo que mucha gente piensa. El punto de la sensualidad del paganismo es inútil tocarlo, porque sólo habla de la sensualidad grecorromana quien ignora el carácter griego y romano. La castidad griega es cosa sabida y establecida para los estudiosos; la disciplina romana, la austeridad de principios de los romanos es cosa de conocimiento general. El hábito de tomar una parte por el todo, que hace que la Roma medio cristiana de la decadencia sea considerada como típica del paganismo, es causa del craso error del vulgo a ese respecto. El cristianismo es, como religión, más alegre que el paganismo, y es más sensual también.

Lo que distingue al paganismo grecorromano es el carácter firmemente objetivo que en él brilla, efecto de una mentalidad que, aunque diferente en los dos pueblos, tenía en común la tendencia a colocar en la Naturaleza exterior o en un principio, si bien abstracto, derivado de ella, el criterio de Realidad, el punto de Verdad, la base para la especulación y para la interpretación de la vida. El paganismo del Norte de Europa no es así. Y, en la esfera de la vida humana, la misma objetividad perdura: de modo que son las cualidades humanas y no las sobrehumanas las que forman las bases ideales de la ética. El ideal, la especulación, son extraídos de la realidad por los griegos, no le son impuestos ni por dentro, como en el sistema indio, ni por fuera, como en el de Cristo.

Este objetivismo absoluto de los griegos y de los romanos, que en los primeros principalmente afloró en la especulación y en la interpretación de la vida y en los segundos en la segura experiencia y comprensión práctica, o como diría un sintético excesivo, que en los primeros era inteligencia y emoción, y voluntad en los segundos; este objetivismo, digo, constituye la esencia del paganismo. Claramente enunciado a través del inconsciente de todos los autores antiguos, raras veces llega a conciencia de sí mismo, y a conciencia plena no llega nunca. Porque una civilización, por alta que sea, nunca se ve a sí misma en su conjunto, sino apenas en una mayor o menor suma de varias de sus partes.

Reconstruir el paganismo envuelve, pues, como primera acción intelectual, hacer renacer el objetivismo puro de los griegos y de los romanos. Todo lo demás que se intente, no pasa de ser una reproducción estéril de los elementos secundarios o incluso accesorios del paganismo antiguo. Por eso nunca hubo, dentro de la civilización cristiana, tentativa alguna que merezca el nombre de pagana, aunque haya habido varias con sobradas pretensiones a este respecto. No ejemplifiquemos exhaustivamente, que la tarea, sobre ser inútil, sería penosamente larga. Enumerar todo el tipo cristiano con las pretensiones paganas de los Matthew Arnolds, de los Oscar Wildes y de los Walter Paters del bajo-cristismo, sería enojoso y desolador. Esta gente juzgaba estar con los antiguos cuando iba de encuentro al cristismo por lo que ellos llamarían razones estéticas; no pasan de discípulos cristianos, no del paganismo, sino apenas de ciertas escuelas filosóficas que el paganismo produjo. Epicureístas cristianos, hedonistas católicos, estoicos de un pórtico judío, dejémoslos en la necia pudrición de los que quisieron aceptar a los dioses sin saber de qué materia estaban hechos, de los que quisieron seguir a los filósofos de la antigüedad en lo que tenían de esencial, sin saber qué es lo que tenían de esencial, ni por qué camino iban.

Pero aun cuando los diversos paganos a la fuerza de nuestra civilización cristiana hubiesen tenido la noción clara de lo que constituye la esencia del paganismo, no quiere esto decir que inmediatamente hubiesen pasado a ser paganos, neopaganos o re-paganos. Esas cosas, comprendidas sólo con la inteligencia, nada son y nada valen. El individuo tiene que nacer con la inteligencia para comprenderlas colocada en el centro de su sensibilidad. Para ser pagano el individuo tiene que nacer pagano. Nascitur non fit, como el poeta, y al final, como todo lo que es estable en este mundo.

Incluso una teoría filosófica del paganismo no es posible a quien no tenga una organización nativamente objetivista de la inteligencia y de la sensibilidad, una construcción de los sentidos y de las emociones de tal modo tallada que interprete objetivamente las cosas. Puede ser así, y nunca considerarse pagano, que de todos modos lo será. Si no fuere así, puede construir un alma postiza con pedazos de Hesíodo y de Homero que nunca pasará de un despreciable cristiano. Téngase presente siempre que nacer pagano representa nacer libre de más de veinte siglos de civilización cristiana, porque las influencias que finalmente se revelaron en el cristismo estaban desde hacía mucho en acción en los países del paganismo. Esto no es imposible, porque nada es imposible. Sobre todo no lo es en nuestro tiempo en que la civilización cristista, extraviando para todos los puntos de la insania, se deshace por completo, se anula a sí misma en el último arranque de su vilísima alma sensual, abyecta, de esclavo que mató al señor.

No era menester que nos viniese a decir toda la gente que el cristismo es más triste que el paganismo, ni que nos viniese el Sr. Chesterton a decir lo contrario, que es más alegre que el paganismo. Ambas cosas son ciertas. El cristismo es, de hecho, más triste y más alegre del que el paganismo. Por naturaleza, un fenómeno enfermizo, presenta la oscilación característica de la histeria (de aquello a que se llama histeria), donde comúnmente se vive en los extremos y en los auges de las emociones, y donde todo es posible menos el equilibrio y la sobriedad.

Cuando los que iban a morir en los circos elevaban su grito al Cesar, representaban, sin querer, un símbolo terrible: era como si en aquel escenario de decadencia se representase el mayor drama de la historia –la muerte del paganismo-, y que al Cesar –representante ante-típico del imperialismo abyecto que es núcleo del cristismo- ellos elevasen su lamento de muerte y el llanto de una civilización que llevó consigo el secreto humano de la vida.

El odio de Nietzsche al cristismo le aguzó la intuición sobre estos puntos. Pero erró, porque no era en nombre del paganismo grecorromano que él elevaba su grito, aunque él lo creyese; era en nombre del paganismo nórdico de sus mayores. Y aquel Dionisos, que contrapone a Apolo nada tiene que ver con Grecia. Es un Baco alemán. Ni tampoco aquellas teorías des-humanas, excesivas, tal cual como las cristianas aunque en otro sentido, nada deben al paganismo claro y humano de los hombres que crearon todo lo que verdaderamente subsiste, resiste y todavía crea dentro de nuestro sistema de civilización.


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