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[El carácter emotivo del cristismo]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Nacido del imperio romano, el cristianismo debía manifestar las influencias del medio donde nació. Siendo una religión, y, como todas las religiones, proselitista, el cristianismo habría por fuerza de ir a buscar sus métodos proselitistas al medio donde nació. De aquí el hecho de haber asumido las características del imperio romano, toda la atmósfera de mando que al nacimiento respiraba.

Religión emotiva, esto es, no casi puramente ritual, como lo fuera el paganismo, el cristismo era, por su naturaleza, disolvente de las facultades superiores del alma. No confundamos el espíritu cristista con esta o aquella otra filosofía que produjo, en lo que fenómeno intelectual; poco admira que en un filósofo haya predominio de la inteligencia.

Lo que importa es el carácter emotivo del cristismo. Es emotivo porque es la religión de esclavos y de súbditos, que viven de los instintos y no tienen en el alma con qué dominarse; que no miden un término medio (como, por lo demás, es natural que a los emotivos les suceda), pero, o se sumergen en la normalidad, o se apegan, aquí y allí, a una castidad absurda; absurda por ser sin propósito, como sería el de tornar lúcida la inteligencia, o el de aumentar la vitalidad, u otro cualquiera, falso mismo que fuese, que efectivamente fuese un motivo.

El carácter absurdo del cristismo es tan evidente que un reciente defensor suyo, el sr. G. K. Chesterton, lo elogió precisamente porque sus tres virtudes típicas –la fe, la esperanza y la caridad- son «paradojales».


[La democracia y la evolución del espíritu cristista]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Prolegómenos

El caso del origen (¿sólo?) económico de las recientes transformaciones del espíritu cristista.

La gran presión económica de los tiempos modernos, actuando sobre el proletariado, produjo la democracia; arrojando a la mujer a la lucha económica, causó las funestas doctrinas feministas; volviendo prominente el comercio –porque, con la expansión y la proliferación de las industrias, le amplió las bases- sustituyó con una despreciable inter-permeación pacifista la brutal y saludable interpenetración guerrera de las naciones antiguas, así como, dislocando el nivel de comunicación de la aristocracia (por la inteligencia y por la cultura) hacia la burguesía (por el comercio) rebajó el nivel general de las empresas intelectuales, abatió el prestigio, del que la inteligencia antiguamente gozaba. Tal decadencia en el valor social de la inteligencia estudia el sr. Charles Maurras en su rápido pero interesante esbozo «’Avenir de l’Intelligence».

No fue sólo, sin embargo, la determinación económica la que actuó para crear la democracia moderna. Este funesto fenómeno social nace de la propia evolución del espíritu cristista, evolución, en el caso que se estudia, de pura disolución. La gran prominencia de las industrias en Alemania no creó un estado democrático; y fue porque Alemania estaba tallada, por su espíritu, en lo que había llegado, para tomar sobre sí la parte imperialista del cristismo, en el momento de su disolución, y eso es ahora.

Es necesario que ese elemento industrial actúe sobre fuerzas preparadas para recibir su influencia, para que tengamos los plenos efectos de la disolución humanitaria del Cristianismo.


[La «licencia pagana»]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Prefacio o Prolegómenos

Las observaciones de Max Nordau sobre la moral estoico-judaica y su mala aceptación por los pueblos cristianizados. (Vus du Dehors en el estudio sobre Maupassant).

Nordau se engaña, cuando cree que el paganismo, la «licencia pagana» representa una sensualidad. Cae en el error, craso, vulgar, de casi todos los que, desde dentro de las ideas cristianas, juzgan el paganismo: el de confundir el paganismo en sí con el paganismo DE LAS PLEBES de las épocas paganas.

Esa «licencia pagana» es la «licencia» de las plebes de todos los tiempos y de todas las tierras, cualquiera que fuese la religión bajo la que viviesen. Comparando la religión cristiana, tal cual la entienden las elites de las naciones cristianas, con el paganismo, tal cual era en las plebes de la antigüedad, no se compara una religión con otra religión, lo que estaría bien, sino una aristocracia con una plebe, lo que es ilegítimo.

La debilidad del cristianismo es la de todos los productos híbridos. No tiene la fuerza del judaísmo, ni la del paganismo [?], o, antes, ni la del monoteísmo ni la del politeísmo.

¿El concepto pagano de la vida representa la muerte de lo ideal? No: representa su colocación en su esfera verdadera, que es […]


[Cristismo y virtudes morales]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


De las virtudes que el cristianismo incita, ninguna, de las que son verdaderamente virtudes, le es propia; las tiene en común con el paganismo, como también con la mayoría de los sistemas religiosos y éticos. Y hay otras que, o no tiene, o no incita, como son el culto de la verdad, la dignidad, la escrupulosa justicia. Las que le faltan son, en general, las virtudes viriles.

Los principios morales, que más marcadamente le son propios, son destructivos. Son el misticismo, el caballerismo y el humanitarismo.

Hay virtudes que el Cristianismo pregona, que son antinaturales, como la castidad, pero en parte por ser aristocráticos, in-plebeyizables, in-generalizables.


[Metafísica y politeísmo]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Prolegómenos

La igual aceptación de todos los sistemas metafísicos no es otra cosa que la reconstrucción superior del principio politeísta pagano.


[El Destino]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


El Destino, el dios que nunca pasa; aquel que, aunque hubiese mil dioses, sería, aún así, el dios único.


[El mito]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


El término «mito» tiene dos sentidos. Está el mito que es dado como historia, y está el mito que es dado como fábula. El griego que inventa determinado detalle de la vida de determinado dios hace el mito fábula.

Así, el pagano es creador consciente de sus dioses, mientras el cristiano lo es inconscientemente, y como sin querer.


Definición de religión

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Prolegómenos
Definición de religión


Consideremos casos religiosos como el de Shelley, Carlyle…

Religión es una actitud del espíritu que es:

(1) un conocimiento de lo desconocido

(2) una afirmación (esto es, una metafísica escéptica o ateísta no es religiosa)

(3) un sistema que no analiza las ideas de las que parte, sino que las acepta, sin querer perfeccionarlas. (De otro modo, se trataría de un mero sistema metafísico, con mayor o menor semejanza con una actitud religiosa).

De ahí que tendamos a considerar religiosas obras metafísicas vagas. Es que falta aquella discusión de los fundamentos que distingue una metafísica de una actitud religiosa.

La metafísica comienza con el espíritu crítico. Es fácil que la metafísica pase a actitud religiosa. Muchas metafísicas no son más que religiones individuales.

Una metafísica es tanto más religión cuanto más sus principios arbitrariamente tenidos por ciertos son extraídos de la religión vulgar: caso de Carlyle.

Ahora bien, una religión –esto es, una metafísica sin bases- puede tener una de tres causas: (1) una «intuición», esto es, el metafísico asienta en determinados principios porque los considera encima o fuera de la lógica, alcanzables por alguna otra facultad, pero no por la inteligencia. (2) una autoridad, esto es, el individuo acepta de afuera, de otro, esos fundamentos, sin discutirlos; tal el caso de la apologética religiosa. (3) una revelación, esto es, conocimiento que se supone recibido del exterior, pero de un exterior que no es la Naturaleza, o de otra manera, como que por otros sentidos, o, aun por los mismos sentidos, en una ocasión especial y formando un milagro.

Pero de estos tres fenómenos sólo uno nos da el sentido social de la religión: es la autoridad. La religión (social) es aquella que se definió, aceptada por la imposición de aquellos que constituyen autoridad para quien la recibe.

CONDICIONES DE ACEPTACIÓN SOCIAL DE UNA RELIGIÓN: (a) ligarse al sentimiento social general, esto es, a la síntesis más vulgar en las almas de los fenómenos sociales de la época; (b) […]

CONDICIONES DE SURGIMIENTO DE UNA RELIGIÓN:

(A) transformaciones sociales, porque estas envuelven: (a) perturbaciones que causan una inseguridad general, y una necesidad de huir de la realidad, lo que el general de los hombres sólo puede hacer con emociones, y no con acto o pensamiento; (b) una decadencia y, por tanto, una general receptividad nerviosa mayor, (c) una desagregación del estado social y, por tanto, una alteración, incertidumbre y perturbación en las ideas generales nacidas de ese estado o fórmula social y, por tanto co-fijas con él. –Estos fenómenos son necesarios para que una religión pueda surgir, pero, dándose sólo ellos, no surgirá; se transformará, solamente, aquella que existe.

(B) Contactos culturales (con otras religiones), porque estos: (a) aguzan, sobre todo en las clases superiores, el espíritu crítico (por cierto anormalmente fuerte en las decadencias) y, al mismo tiempo que arruinan la fe establecida, llaman la atención hacia las creencias extrañas; (b) […]

Si creamos lo abstracto (que es irreal, falso) para nuestro uso, sucede que la utilidad se vuelve el criterio de verdad en lo que respecta a la Vida.


[Tipos de religión]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Los tres factos preconscientes, que el hombre encuentra en su experiencia, son el facto sexual, el facto natural, y la muerte. Aquel crítico francés que dijo que el valor de un poeta se medía por el valor de lo que hubiese dicho sobre el amor, sobre la naturaleza y sobre la muerte, no supo qué profunda verdad tocó sin comprender.

Siendo estos los tres factos más notables de la experiencia humana es alrededor de ellos que la mente del hombre teje su trama de interpretaciones. Y así tenemos las religiones sexuales, las religiones naturales y las religiones del misterio y del fin.

Un pueblo, o mera tribu que sea, tiene una de estas religiones conforme la organización de sus sentidos.


Books to read for «Prolegomena»

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Fustel de Coulanges: «La cité antique»

J. M. Robertson: «The Evolution of States»

_____________: «Christianity and Mythology»

_____________: «Pagan Christs»

_____________: «A short History of Christianity»

A. W. Benn: «Revaluations, Historical and Ideal»

«Religions Systems of the World»

Löbeck: «Aglasphannus»

Robertson Smith: «The Religion of the Semites»

Warde Fowler: «The City State of the Greeks and Romans»

Montesquieu: «L’Esprit des Lois»

Mahaffy: (various works on Greece).

J. S. Stuart-Glennie: The New Philosophy of History


[La religión helénica]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


I. Introducción

II. Teoría del paganismo

III. El Mal cristiano

IV. El Renacimiento Pagano – Caeiro

V. Conclusión


II. (a) Cada nación tiene un tipo de mentalidad.

(b) La religión fija y revela ese tipo de mentalidad.

(c) Toda religión es tres cosas: (1) una teoría de la realidad, (2) una teoría de valores abstractos de esa teoría de la realidad; (3) una teoría de la socialidad (valores concretos).

(1) El hombre en contacto con lo Exterior,

[…]

(3) el hombre en contacto con los otros hombres.

La religión es, en el fondo, una teoría de las relaciones: de las relaciones abstractas entre las cosas (teoría de la realidad), teoría de las cosas consideradas como no producto nuestro; de las relaciones del hombre con las cosas (teoría de la impresión que las cosas le causan, teoría de los valores humanos de las cosas en general, teoría extra-humana o abstracta de los valores); de las relaciones de los hombres entre sí.

El objetivista, como considera las cosas desde el punto de vista puramente exterior, es politeísta, puesto que, considerando desde el punto de vista exterior, las cosas son, antes que nada, plurales; como se considera a sí mismo exterior, es naturalista, esto es, se considera integrado en ese sistema de cosas y no pudiendo […]; y, como una atención prolongada a las cosas desenvuelve la regularidad de su manifestación […] es determinista y fatalista.


II

La frase donde expreso que es Caeiro el reconstructor del paganismo me obliga a que haga más extenso este prefacio, dado que la frase es incomprensible sin un esclarecimiento previo de lo que sea el paganismo. Tantas son las ideas sobre la materia y con tal igualdad erróneas, que no está de más, aunque este estudio se fuerce, poner en limpio el asunto.

Por paganismo entiendo el paganismo helénico, porque es el único paganismo culturalmente tal.

El paganismo, como todas las religiones, se divide en tres partes, se manifiesta de tres modos:

Es, primero lo que los alemanes llaman una Weltanschauung, un concepto u opinión del mundo. Circunstancias, unas de orden climático y geográfico, otras, de índole histórica y cultural, dan a cada pueblo un modo común de mirar el mundo, un sustrato ideativo común, sin el cual no podrían constituir un pueblo, ni vivir en sociedad. Esta mentalidad instintiva se manifiesta primordialmente en la religión, fenómeno social que es, de los instintivos, el más (próximo) de la inteligencia, y de los comunes a todos el más íntimo y más profundo. Pero es en la religión instintiva donde se manifiesta: en los ritos, mitos y cultos populares; no en los sistemas metafísicos que se apoyan en esos cultos, ni en las otras formas culturales, poéticas u otras, que el culto conserva.

Esa mentalidad sustancial se revela en las artes en general por la forma preferida; en la literatura por el tipo de imágenes y de metáforas, así como […]

En la metafísica es notable esta […] por los defectos, por las limitaciones. (El caso de Parménides y de la esfera).

Por último y más cubierta todavía, no ya sólo por el factor individual, como en el arte y la filosofía, sino todavía por el factor histórico y civilizacional, esa mentalidad se revela en la política: en el tipo de instituciones, en la forma de la política, en el ámbito y género de vida económica, en la fórmula central de relaciones con los otros estados.

La religión helénica –por causas que no importa aquí averiguar cuáles fueron- es sustancialmente objetivista. Esto quiere decir que, con variaciones secundarias y despreciables en función de las regiones a que se extendió, el paganismo helénico es (primero efecto y después causa mantenedora) de un tipo de mentalidad en que la atención está constantemente, característicamente, dirigida hacia lo Exterior. Y, como la primera característica de lo Exterior es la multiplicidad de los objetos –en lo que se contrapone a la unidad que el individuo encuentra cuando, más introspectivo que observador, considera su propia alma-, la primera manifestación característica de una mentalidad objetivista es el politeísmo.

Hasta aquí, sin embargo, la mentalidad griega está de acuerdo con los pueblos salvajes, que son, apenas con variación de grado y de tipo, «politeístas», porque son objetivistas, dado que la introspección, con valor social como tal, es un producto de cierta duración de vida social, de una sucesión de ya algunas generaciones en que el hábito del reposo y el establecimiento de una casta –sacerdotal u otra- con tiempo para pensar, […]

Hablo, no obstante, del politeísmo de los helenos ya civilizados incluso aun en el inicio homérico de su civilización. Puesto que, civilizados, mantuvieron, afirmándolo cada vez más, su politeísmo, tenemos como seguro que el objetivismo no era en los helenos un fenómeno de infancia social, sino, [como ya desde el principio acentuamos] el tipo de su mentalidad.

Pero el objetivismo se caracteriza por una atención prestada predominantemente a lo Exterior. Un objetivismo educado; esto es, de una sociedad ya constituida con posibilidades culturales, es, por lo tanto, una atención educada prestada fundamentalmente a lo Exterior. Y una atención así aplicada descubre rápidamente y se sustenta en tres distinciones: la distinción entre lo Exterior y lo Interior, la distinción entre la naturaleza y el hombre, la distinción entre el hombre y las fuerzas externas que, tanto a él, como a la Naturaleza, obligan, coaccionan, dominan.

No se diga que el subjetivismo establece también distinciones idénticas.

– Respecto a la teoría de valores, el objetivista, colocando el punto de apoyo de su mentalidad fuera de su propio espíritu, sólo presta obediencia a preceptos […]

El heleno es por eso naturalmente cientista en su metafísica, porque busca siempre la explicación de las cosas en la observación de ellas y en la meditación del principio externo (aire, agua, espacio infinito) que les sea sustancia; es naturalmente esteta en su teoría de los valores externos, porque lo que le interesa en las cosas son ellas relativamente a ellas mismas, y no ellas relativamente a él (de donde se ve que el esteticismo moderno nada tiene de pagano salvo la pretensión y el nombre); y es naturalmente político en su teoría de los valores humanos, porque el punto externo de la política es la sociedad constituida, mientras que el punto interno es el alma consciente. Tales son las características del paganismo helénico.

Cientismo en lo que inteligencia; estetismo en lo que emoción; patriotismo e inercia en lo que criterio de acción para la voluntad: tal es el paganismo helénico en los atributos de su sustancia.

III

La religión cristista, fundamento mental de nuestra civilización, se compone, como fenómeno social, de tres elementos: en su mezcla […] De común esos elementos tienen la morbidez, […]

El primer elemento, de donde deriva la metafísica del cristismo, es el neo-platonismo alejandrino, en aquella forma suya más corrupta y difundida que representan Filón el Judío, y, dentro del propio cristismo, los secuaces de la herejía gnóstica. Mezcla de la tendencia especulativa griega, todavía helénicamente precisa pero ya decadentemente abstracta, con el esoterismo cabalístico de los judíos, reforzado todavía, en la metafísica cultural, por el elemento mitraico y el propio esoterismo que desbordó de los misterios paganos, la sustancia metafísica del cristismo es una amalgama de corrupciones de la inteligencia, a la que sólo la tradición del raciocinio griego dio una cierta estabilidad doctrinaria, y el ritualismo mitraico una cierta sugestión popular.

El segundo elemento, de donde deriva la moral del cristismo, es el monoteísmo estrecho e intolerante, el moralismo farisaico, el mesianismo ya desnacionalizado de los hebreos, corrupto ya por la continua intromisión de elementos orientales, en la secuencia, por cierto, de la tradición orientalizante del espiritismo judaico.

El tercer elemento, de donde deriva […]


[Salutación al porvenir pagano]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Preface ad finem

No tengo palabras para el futuro, incluso el pasado, de nuestro esfuerzo. Ese esfuerzo (y el Destino) y no ellas, crearán, si lo crean, ese futuro.

Por eso mis últimas palabras no son proféticas, sino exhortativas. Las dirijo a los que quieran acompañarnos, a los dos que hice maestros, en este tiempo redentor. Las dirijo un poco a mí mismo, y al poeta a quien acompaño, para que ese deber, escrito en este libro, corra menos riesgo de ser olvidado. Todas ellas se resumirán en una advertencia. Sabemos nosotros nuestro deber; nuestro objetivo comprendemos; sabemos quiénes son nuestros enemigos.


Pero no nos dejemos arrastrar por la comprensión de cuánto nuestro espíritu no se conforma a nuestra época. Es justo que nos aislemos, porque lo que podemos dar a este mundo, él no lo quiere; ni él nos puede dar aquello que, si pidiésemos, le pediríamos. No podemos, pues, como paganos participar de la vida de la ciudad, o de las cosas de la época activamente. Hasta este punto es justa y apropiada nuestra actitud negativa.

No pasemos, sin embargo, más allá de este punto. Aislándonos, por una higiene del espíritu, de los hombres y de los cuidados de nuestro tiempo, cuidémonos bien de no tomar el aislamiento en sí por un bien, ni dentro de nuestro espíritu pongamos entre nosotros y la humanidad aquella frontera que es forzoso que tracemos entre nosotros y la humanidad presente.

Que nuestro aislamiento sea doloroso, para que sea noble; porque nosotros debemos estar aislados por amor a la humanidad y a la patria, y no por indiferencia a ellas; por amor de la patria del pagano aislados de la patria degenerada y cristista que, seamos nacionales de donde fuéramos, el destino nos dio que habitásemos a nosotros de hoy. Debe dolernos de veras la degeneración y la torpeza en que la humanidad cayó, con el cristismo; no debemos ser indiferentes a que sea así o de otra manera.

De otro modo no seremos dignos de la estatura de paganos, ni del nombre, que debemos merecer, de siervos de los Dioses, de esclavos sumisos del universal Destino. Seremos solamente hombres de un período de decadencia, superiores por el instinto de liberación, pero no por la práctica, dentro de nosotros, de ese instinto.

Digo esto porque tan altos y claros espíritus como Caeiro y Ricardo Reis no dejaron de pecar en este punto. ¿A qué fin superior sirve decir –y antes de decir, pensar- como Caeiro: […]?

¿Qué nobleza hay en la frase impía de Ricardo Reis: Prefiero rosas, mi amor, a la patria?

¿O en el insensato y jactancioso epodo en que se vanagloria de no importarle la guerra y las cosas de los hombres, anteponiéndoles un juego de ajedrez?

¿En qué se distinguen estas […] de las más características efusiones de los bajos «decadentes» de los Whitmans, de los Paters y de los Wildes de nuestra Bizancio Universal?

Tales errores nos obligan a la consabida cita del viejo pasaje de Terencio, donde enseña que al hombre nada humano deber ser ajeno.

Debemos probar, con nuestras palabras, y por eso con nuestros pensamientos, que nosotros, paganos, somos superiores no sólo en la metafísica como en la ética, no sólo en el sentimiento estético como en el sentido humano.

Que seamos enemigos del humanitarismo igualitario de los crististas; que conocedores de las leyes fatales, que hacen pasar bajo su yugo inalterable las sociedades, defendamos como principios eternos de regulación social la supremacía de clase, la desigualdad de sexos y el derecho a la guerra, nada de esto lleva a que, como alemanes descendientes del feroz politeísmo de los nervios, caigamos en el exceso pervertido y obstinado de abandonar aquellos principios de justicia, de caridad humana y de moderación en las costumbres y en los modos que son, no de los cristianos sino del hombre, y que, más que a otro, convienen al pagano, a quien el hombre interesa antes de todo y que, si no lo quiere pervertido por ideas de igualdades inferiores y de estériles paráfrasis, es porque sabe que con esas ideas se arruinan los estados, se deterioran las costumbres y se depravan las civilizaciones. Por amor a los hombres seremos francos para con los hombres, no juzgando bien lo que ellos, en su infancia o vejez espiritual, suponen que les conviene, ni llevando el amor por ellos al extremo en que los pierda, como la mona de la historia que con el ardor excesivo, con que abraza al hijo, lo ahoga y lo pierde.

Que los Dioses nos concedan el auxilio –salvo el Hado, todopoderoso- para que, guiados por él, no nos perdamos en el laberinto de nuestras falsas emociones, ni en el abismo del exceso de nuestros amores, que es el fanatismo. Puede haber un fanatismo de la indiferencia, y un ardor en no sentir. Paganos conscientes y píos, hombres por lo tanto de la armonía y de la moderación, esquivemos esos morbos mentales, frutos más de aquel desequilibrio nacido de la falsa fe, que combatimos, que de nuestra clara religión, cuyo cuerpo inmortal es la armonía y la plenitud.

Toda la disciplina, que coloquemos en nosotros, es poca para los peligros que nos cercan. Cada bocanada que sorbemos del aire que nos circunda trae a nuestra sangre los venenos de la atmósfera cristista. La exageración, el culto subjetivo de la persona humana, la delicuescencia de sentimientos, la pérdida de la noción de las realidades naturales y humanas, son cosas que, no minuto a minuto, sino instante a instante, nos entran por los sentidos, sólo con usarlas, del mundo humano que nos envuelve. Ser pagano es hoy la mayor cosa del mundo, y la más noble, y por eso la más difícil. Nuestra voluntad ha de ser la de un asceta; nuestra visión la de un hombre que sólo tuviese la vista. La armonía de nuestras facultades, y la moderación en su empleo, fueron cosas difíciles en todos los tiempos; cuánto más difíciles no son en una época, degeneración de la degeneración, en que armonía es una palabra en el diccionario, y la moderación una reliquia de la que ningún supersticioso espera milagros, y a la que ningún creyente presta culto.

Creo que este es el mayor peligro, de los diversos peligros que nos amenazan o nos pueden amenazar. Es el peligro de que el cristismo, que es todo lo humano que nos rodea, se insinúe en la propia sustancia de nuestro pensamiento y nos arruine por donde no esperamos, como una plaza asediada en cuyo ámbito habiten traidores.

Es humano en quien combate combatir excesivamente. Es natural en el espíritu del hombre –y cuánto más en un espíritu que vive entre influencias cotidianas, todas indicadoras de exceso y exageración- que, en el combate al enemigo, exagere, para contraponerlos bien y animarse a sí mismo, los principios en cuyo nombre combate.

Recordemos, sin embargo, que al combatir nosotros el cristismo, una de las cosas que más combatimos en él es el exceso, la exageración, la extravasación. Tengamos presente en todos los momentos esa divisa de nuestro estandarte. Nosotros que combatimos la exageración, si caemos en ella, no sólo erramos, sino que seremos vencidos, porque nos pasamos al enemigo. Hagamos de la armonía, de la disciplina y de la moderación, la ciudadela de nuestro destino y de nuestro pensamiento. Firmes en eso, no temamos. Tan bellas son la armonía y la moderación que en ellas no puede haber exceso, porque son lo contrario del exceso; y que su obtención no queda en ellas, pero su calmo auge y su frío climax, es la perfección.

Bello es el combate y la esperanza es grande. Estas palabras de Platón deben ser el lema que nos guíe.

Somos pocos, los suficientes para no ser ningunos, pero puede ser que mañana vengan a nuestro encuentro aquellos a quienes hablemos la lengua olvidada de la civilización.

La senda que proponemos es todavía más estrecha que la que Cristo proponía a los que deseaban seguirle. Por una ironía natural de las cosas, nosotros, aunque en otro sentido, podemos decir a nuestros contemporáneos que aquellos que quieran seguirnos, tienen que dejar el mundo. Pero es el mundo moderno, equivocado como está, el que deben abandonar; él tiene seducciones, todas las seducciones del camino trillado, que por trillado es conocido, por conocido fácil, y por fácil agradable. Nosotros defendemos la civilización contra la civilización hodierna; Apolo contra Cristo; […]

Estos enemigos nuestros, los tiene cada cual en su espíritu; es consigo la mayor lucha que tiene que trabar. ¿Cuántos habrá capaces de este ascetismo liberador?

Quien se bate por una causa grande puede ser vencido sin que la causa se vea disminuida. Lo que muere en la defensa de los dioses, muere solo él, y los dioses quedan.

Lo peor que nos puede suceder es que queden sin eco nuestras palabras, y que nuestros nombres reviertan al olvido, del cual, en ese caso, mal habrían alguna vez salido. El mal es poco: que nada suceda. La derrota será no haber habido victoria.

No nos quedará pesando que, habiendo visto la verdad, no la hubiésemos dicho; o que, habiendo conocido a los Dioses, hubiésemos dejado sin desagravio el insulto de los vencidos a su eterna presencia.

Estas palabras son escritas en la confianza en Apolo, cuya vida da luz a la tierra, y cuyo influjo da verdad al pensamiento. En sus manos soberanas entrego lo que hice, para que él lo tome como sacrificio en su altar.

Mi misión era explicar. He explicado.

No he iniciado: he seguido. Pero he visto que había un camino porque, antes, dos me lo habían señalado. A esos dos consagro el fruto de mi esfuerzo, y, cuando éste sea nulo, el valor de ese esfuerzo, que no puede ser nulo.

Abuso, por ventura, de la duda y de la descreencia. Lo que se comienza en base tan poco propicia, podrá significar anti-creencia, que no quiere, a pesar de todo, […]

¡Elevo pues, a los dioses, lleno de esperanza, mi corazón! ¡En verdad, bello es el combate y la esperanza grande. En verdad algún núcleo de futuro debemos arrancar al estancamiento!

¡Saludo en Caeiro y Ricardo Reis, saludo en nosotros mismos el Regreso de los Dioses!

¡Alegraos, todos vosotros que lloráis, sin saber por qué, en la mayor dolencia de las civilizaciones!

¡El gran Pan ha renacido!


[Aclamo en Alberto Caeiro el Regreso de los Dioses]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


¡Aclamo en Alberto Caeiro el Regreso de los Dioses! ¡Alegraos todos vosotros, que lloráis en el Declinar mayor de la Historia! ¡El Gran Pan renació!

El hecho de que el Sacro-Imperio haya acabado recién en 18... debe ser leído con atención.


[El primer día del neopaganismo]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Con esta obra finaliza el primer día del neopaganismo. Él tiene su aurora en Caeiro, luz todavía débil, pero día ya. Su pleno día se abre con Ricardo Reis, donde la forma se junta a la idea y la proporción esculpe la esencia.

En este opúsculo represento la tarde de ese Día Nuevo. Desde donde estoy, porque es más tarde, el día puede verse cual fue.

En esta obra llevo ya el paganismo hasta la crítica de Cristo. Aquí ya no sólo explico, sino que contrapongo. Siempre que ataco, muestro por qué ataco. Lo que tengo de destructivo tiene base constructiva, en la que asienta. Del modo como afirmo, y de como niego, verá el lector que me haya acompañado.

En Ricardo Reis hay ya una plena conciencia, esencial como formal, de la obra y del crítico.

De mí no hablamos porque no soy artista; porque ya dije lo que debo y porque lo que no dije, la obra lo dirá por mí.


[Introducción a «El Regreso de los Dioses»]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Me pidieron los parientes de Alberto Caeiro, cuya tarea amiga es la de publicar su Obra, que pusiese un prefacio a dicha Obra. La honra, que me hicieron, era grande; el pedido, sin embargo, era justo. ¿Quién podría hablar de él sino su único discípulo?

Pero para hablar de Caeiro evidentemente no iba yo a escribir una biografía, o decir unas palabras de elogio. La biografía no tendría interés, porque en la vida de Caeiro nada sucedió, a no ser los versos que escribió, y que por ellos mismos hablarán. Para elogiar, o había de decir mi admiración en frases apenas declamatorias; o había de explicarla, de intentar convertir a los otros a ella por el peso, cuando no por la abundancia, de mis argumentos. Decir mi admiración, sin decirle la causa, sería insensato; porque, o la obra de por sí inmediatamente avasalla los espíritus, o a algunos o muchos, deja fríos. Si avasalla a todos, a nada viene que yo exprese lo que cada uno mejor expresa para sí. Y si la obra no toma por asalto la admiración ajena, ¡cuán absurdas, estériles y mal colocadas no serían mis palabras de admiración, yuxtapuestas a la frialdad del acogimiento!

Era necesario, pues, para escribir elogiar; para elogiar, explicar. Pero para explicar, era necesario, todavía, explicar detalladamente; más que explicar por arriba y no explicar. Para explicar detalladamente era necesario, sin embargo, ir mucho más allá de la obra, cubrir un gran terreno; porque al presentar una obra como importantísima, por ser la reconstrucción del paganismo, es evidente que es necesario trazar un retrato del paganismo, recorrer sumariamente el trayecto humano desde que él terminó, para que se pueda ver a qué viene, y cómo cabe, una reconstrucción del paganismo. Todo eso trascendía, en el más humilde de los cálculos, el número de páginas que podemos considerar apropiado al mero prefacio de una obra.

En ese prefacio, además de todo lo que dije, tengo que versar puntos que, desde hace largos meses, me proponía explicar detenidamente, por hallar útil que así se hiciese, para así transmitir mis pensamientos sobre el problema más importante –sino el único verdaderamente importante- de nuestra civilización. Tratar sumariamente esos puntos en el prefacio a la obra de Caeiro me llevaría a una compresión exagerada de mis opiniones, compresión que, siquiera por lo que habría que omitir para ser breve, no me satisfaría, me dejaría en el mismo estado que antes, con las mismas opiniones por expresar y las mismas tesis por explicar. No tratar esos puntos sumariamente, aumentaría fuera de toda medida las dimensiones del prefacio pedido.

Resolví la dificultad del único modo que se me antojó posible. La oportunidad de explicar mis opiniones me era dada. A ningún propósito yo las podría explicar mejor que a propósito de Caeiro. No era justo para Caeiro, a cuyo genio mi obra era debida, que yo no la hiciese en torno a quien la causara. No era justo para conmigo si a Caeiro sacrificase mi obra, que, al final, siendo él la plena justificación de ella, él era, finalmente, siempre el único sacrificado. Decidí aprovechar la oportunidad que me era dada, pero escribir la obra como yo quería. Ella sería el mejor prefacio a la obra de Caeiro; y sería la obra que yo intentara escribir. El único óbice es que, escrito, excedió el volumen natural de un prefacio. Eso, que obstará tal vez a su inclusión en el propio libro de Caeiro, no obstará a su publicación por separado, sea como prefacio, o como comentario, a su libro.

Así lo hice.

Dejo a los editores del libro de Caeiro que publiquen esta obra como prefacio o como comentario separado al libro del Maestro. Es un gesto ése que satisface plenamente el pedido justo que me fue hecho; y que al mismo tiempo cumple enteramente mi deber para con las opiniones que eran de él y son mías.

No quiero decir con esto que, para mi explicación total, exigiese exceder la dimensión de un opúsculo.

Tendré que estudiar el paganismo, el cristianismo, las relaciones de los dos, y la evolución del segundo; tendré que apuntar el sentido de esa evolución y el camino que se abre ante nosotros.


[Los dioses son también categorías mágicas]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Los dioses son también categorías mágicas. Esto es, así como hay categorías del pensamiento –como lo son la calidad, la cantidad-, por medio de las cuales el pensamiento piensa; del mismo modo hay categorías mágicas, por medio de las cuales la acción mágica es posible.

La acción mágica –cuya propia existencia el pequeño adelanto de la ciencia moderna no permite afirmar con carácter «científico»- se resume en un empleo divino de la voluntad ejercido sobre las cosas y los acontecimientos según las leyes de su producción divina, y no de su producción humana.

Si corro riesgo de muerte porque me persiguen enemigos asesinos, puedo evitar que me encuentren de dos maneras: la de acción humana, buscando la manera de huirles […] y a manera divina, o mágica, haciéndome invisible, por ejemplo.

Los dioses, además de ser las esencias formales de las existencias superiores, son también, y por eso, categorías mágicas.

Los dioses son los artífices (o los artistas) de las cosas reales.


[Los iniciadores]

[texto dactilografiado]

Antonio Mora


Injusto sería –y no sólo injusto sino desagradecido- que increpásemos a Alberto Caeiro la poca observancia, que ejerce, de la forma y de su perfecto equilibrio, y no sólo esto, sino también la disciplina relativamente débil, para tan elevado concepto de las cosas, que emplea en su propia inspiración. Pero a los iniciadores y […] no se puede exigir que, además de lo nuevo que traen, cuiden también de la disciplina de la novedad que acarrean. Aristóteles fue, como sabéis, el primero que formó una noción de síntesis científica; pero no es su obra el mejor ejemplo de la síntesis rígida como la querríamos. Porque inició, su atención quedó detenida en lo que había a iniciar, sin mucho tiempo para emplear en cómo ordenar lo que había traído. Lo que no exigimos de Aristóteles –aunque por fuerza lamentemos su ausencia- no lo hemos de requerir de Alberto Caeiro. Bueno es que se note, con todo, que, de los iniciadores, él es de los menos pecadores en materia de llevar a buen éxito la novedad que trajo.

Otra cosa todavía, acaso, cabría que no dejase de explicaros. En lo que escribo, dado que escribo, no es abuso que procuréis la excelencia de la forma y el cuidado de la frase. Es deber de quien practica las letras, aunque sólo para enseñanza, cuidar de cómo usa el material de que se sirve. Pero en mis páginas no se os deparará cantidad de elegancias, con que os extasiéis, ni relieve de conceptos, con que mis propios teoremas se realcen. Percataos, sin embargo (y con percataros de eso excusadme) que soy, no un cultor de las letras, que puede, sin perjuicio de su ingenio, poner el escrúpulo todo en cómo escribe, sino solamente un estudioso y un pensador, que otro uso no da a las cualidades de su espíritu que el de emplearlas en la búsqueda de la verdad, y en la observancia de la lógica. Por eso no encontraréis con qué deleitaros en los parágrafos de esta exposición; ni con que vos no hastiéis. Eso me competía daros y os lo he dado siempre. En este punto, en verdad, quiero que seáis benévolos; no ya, sin embargo, en el estudio de la teoría que os doy, donde el mejor elogio es la atención y la ponderada discordancia, si bien que no para agradar, más placentero, por cierto, que el descuidado y espontáneo deleite.

Con esto os dejo y con desearos que de lo que os expongo podáis compenetraros de cuánto era excelente y amable aquella religión de muchos dioses cuyo origen fue en el seno del pueblo a quien el coro de Eurípides decía, como en un (…) para ser grande, «Lucha según las leyes (…)» de la excelencia y de la […], de aquella forma antigua de fe que el cristianismo, revuelta de esclavos, destruyó.


[Por este hombre y por esta obra]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Por este hombre y por esta obra estamos, sin que nadie lo sienta, en el comienzo de una nueva era.

Yo recuerdo:

Au plus profond […]

Nunca el lugar común del «huevo de Colón» tan completamente se pudo aplicar.

Pasada nuestra… los primeros poemas…

Leeréis […], estudiarás o, […] hasta llegarás, en el poema – al mayor verso pagano que está donde tiene arte.

La naturaleza es partes sin todo.

[…] educación pagana completada con una fuerte disciplina del espíritu, que logre que de nuestros hábitos sólo no pueda decir lo que dijo Juliano de aquel (…) que los (…) de (…), cristianos y viles, (…) los hijos […]

Cristiana, la (…) orden, que es la apoteosis de esclavos-natos; cristiana la erupción gnóstica del teosofismo hindú; cristiana […] del pagano, sólo, por ciertos lados, el culto de los Santos en la Iglesia Católica, la disciplina antigua de un griego, y el cielo y la tierra, eternos testimonios contra Cristo.

Ni la ciencia moderna, parte, cuando surgió, de la mixtura psíquica de variado gusto, se apoya en el vacío cristista.


[En Caeiro renació la sensibilidad pagana, no la inteligencia pagana]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


Es un mensaje de alegría para todos a quienes oprime la furia niveladora de una época podrida, la rabia igualitaria de una mezquindad constante-, la esterilidad de nuestra potencia, la necesidad de una metafísica.

A esta obra faltan, es cierto, los elementos, que nosotros denominamos, sociales. Esos faltan todos.

Ni la noción del hombre cívico, ni la noción de la forma en el verso, ni la de la disciplina en el pensar y en el escribir. Aquí, en esto, Caeiro es de su época. Pero es también de la época de […]

Fue la sensibilidad pagana que renació en él, no la inteligencia pagana. Agradezcámosle haber hecho la obra divina; considerémosla nosotros con el pensamiento humano, lo que el estudio, la aplicación y la voluntad firme puede obrar.


[El paganismo es una religión natural, el Cristianismo una religión cultural]

[texto manuscrito]

Antonio Mora


La primera distinción se establece, porque, de cierto modo, nos aproximamos a una noción de la sustancia del paganismo, y es que el paganismo es una religión natural, y el Cristianismo, por ejemplo, una religión cultural. Una nace del sueño, de la tierra y de los sentimientos naturales de los hombres; pero siempre se pierde en el tiempo primero y en la noche que está antes de la historia. Lo otra nace en el tiempo del desorden romano, y aunque coagulase elementos de toda especie, con tal registro, específicamente, su origen es histórico, cultural y artificial.

Otro tanto sucede con ciertas ideas del vulgo a propósito del paganismo: la «alegría» pagana, que es la alegría de los griegos y no del paganismo (y aun así, los griegos eran menos alegres de lo que el vulgo cree), que es como si juzgásemos al Cristianismo por las fiestas de los santos y por las romerías; el «vicio» pagano, como si no hubiese otro placer que el de la Roma decadente y el de la Grecia ya conquistada, contaminada ya, incluso, de la sentimentalidad de donde hubo de salir el Cristianismo; y lleno ya, el arte, del aristotelismo ya antes en la filosofía de Platón.

La verdad es que cuando un hombre de nuestros tiempos quiere decir que no es cristiano y que ama la belleza, dice que es pagano; no ama, en el fondo, sus artistas, sino sólo la sentimentalidad cristiana, ni, en general, ama una idea de belleza de alguien que como pagano se complacería.