[Autoanálisis]

[texto mecanografiado, tal vez 1910]


Es necesario ahora que diga qué especie de hombre soy. Mi nombre, no importa, ni cualquier otro pormenor exterior a mí mismo. Debo hablar de mi carácter.

La constitución entera de mi espíritu es de hesitación y de duda. Nada es o puede ser positivo para mí; todas las cosas oscilan alrededor de mí, y, con ellas, una incertidumbre para conmigo mismo. Todo para mí es incoherencia y cambio. Todo es misterio y todo está lleno de significado. Todas las cosas son “desconocidas”, simbólicas de lo Desconocido. En consecuencia, el horror, el misterio, el miedo demasiado inteligente.

Por mis propias tendencias naturales, por el ambiente que me rodeó en la infancia, por la influencia de los estudios realizados bajo el impulso de ellas (de esas mismas tendencias), por todo esto mi carácter es de la especie interiorizada, concentrada, muda; no autosuficiente, sino perdida en sí misma. Toda mi vida ha sido de pasividad y de sueño. Todo mi carácter consiste en el odio, en el horror, en la incapacidad que invade todo cuanto en mí existe, física y mentalmente, para actos decisivos, para pensamientos definidos. Nunca tuve una decisión nacida de un autocomando, nunca una denuncia exterior de una voluntad consciente. Todos mis escritos quedaron inacabados; siempre nuevos pensamientos se interponían, asociaciones de ideas extraordinarias e inexcluibles, de término infinito. No puedo evitar el odio que tienen mis pensamientos de ir hasta el fin; respecto a una simple cosa, surgen diez mil pensamientos y millares de inter-asociaciones con esos diez mil pensamientos y carezco de voluntad para eliminarlos o detenerlos, ni tampoco para reunirlos en un pensamiento central, donde sus pormenores sin importancia pero asociados se pueden perder. Se introducen en mí; no son pensamientos míos, sino pensamientos que pasan a través de mí. No pondero, sueño; no me siento inspirado, deliro. Sé pintar, pero nunca pinté; sé componer música, pero nunca compuse. Extrañas concepciones en tres artes, amables caricias de imaginación acarician mi cerebro; pero los dejo allí dormitar hasta que mueran, pues no tengo poder de corporizarlos, de convertirlos en cosas del mundo exterior.

El carácter de mi mente es tal que odio los comienzos y los fines de las cosas, porque son puntos definidos. Me aflige la idea de que se descubra una solución para los más altos y más nobles problemas de la ciencia y la filosofía; me horroriza la idea de que una cosa cualquiera pueda ser determinada por Dios o por el mundo. Me enloquece la idea de que las cosas más importantes puedan realizarse, de que los hombres pudiesen ser todos felices un día, de que se encuentre una solución a los males de la sociedad, mas en sus concepciones. Con todo, no soy malo ni cruel; soy loco y eso de un modo difícil de concebir.

Pese a haber sido un lector voraz y ardiente, no me acuerdo de ningún libro que haya leído, a tal punto eran mis lecturas estados de mi propia mente, sueños míos, y más todavía provocaciones de sueños. Mi propio recuerdo de acontecimientos, de cosas exteriores, es vago más que incoherente. Estremezco al pensar cuánto conservo en la mente de lo que ha sido mi vida pasada. Yo, el hombre que afirma que hoy es un sueño, soy menos que una cosa de hoy.

Fernando Pessoa