Crónicas de la vida que pasa [II]

Notas publicadas por Fernando Pessoa en la columna «Crónicas de la vida que pasa» de «O Jornal»


Columna del 08/04/1915

De las disposiciones de alma que caracterizan al pueblo portugués, la más irritante es, sin duda, su exceso de disciplina. Somos el pueblo disciplinado por excelencia. Llevamos la disciplina social hasta aquel punto de exceso en que cualquier cosa, por buena que sea –y yo no creo que la disciplina sea buena– forzosamente ha de ser perjudicial.

Tan reglada, regular y organizada es la vida social portuguesa que parecemos más un ejército que una nación de gente con existencias individuales. Nunca el portugués tiene una acción suya, que quiebre con el medio, que dé la espalda a los vecinos. Actúa siempre en grupo, siente siempre en grupo, piensa siempre en grupo. Está siempre a la espera de los otros para todo. Y cuando, por un milagro de desnacionalización temporaria, comete la traición a la patria de tener un gesto, un pensamiento, o un sentimiento independiente, su audacia nunca es completa, porque no saca sus ojos de los otros, ni su atención de su crítica.

Nos parecemos mucho a los Alemanes. Como ellos, actuamos siempre en grupo, y cada uno del grupo porque los otros actúan.

Por eso aquí, como en Alemania, nunca es posible determinar responsabilidades; ellas son siempre de la sexta persona en un caso donde sólo actuaron cinco. Como los Alemanes, siempre estamos esperando la voz de mando. Como ellos, sufrimos de la dolencia de la Autoridad: obedecer a criaturas que nadie sabe por qué son obedecidas, citar nombres que ninguna valorización objetiva acredita como citables, seguir a jefes que ningún gesto de competencia nominó para las responsabilidades de la acción. Como los Alemanes, compensamos nuestra rígida disciplina fundamental con una indisciplina superficial, de niños que juegan a la vida. Replicamos sólo de palabra. Hablamos mal sólo a escondidas. Y somos envidiosos, groseros y bárbaros, en nuestra verdadera índole, porque tales son las cualidades de toda criatura que la disciplina molió, en quienes la individualidad se atrofió.

Diferimos de los Alemanes, es cierto, en ciertos puntos evidentes de las realizaciones de la vida. Pero la diferencia es sólo aparente. Ellos elevaron la disciplina social, temperamento en ellos como en nosotros, a un sistema de estado y de gobierno; mientras que nosotros, más rígidamente disciplinados y coherentes, nunca castigamos a nuestra tosca disciplina social, especializándola en un estado o una administración. La dejamos coherentemente entregada al propio cuerpo entero de la sociedad. ¡De ahí nuestra decadencia!

Somos incapaces de revuelta y de agitación. Cuando hicimos una “revolución” fue para implantar una cosa igual a la que ya estaba. Manchamos esa revolución con la blandura con que tratamos a los vencidos. Y no nos resultó una guerra civil, que nos despertase; no nos resultó una anarquía, una perturbación de las conciencias. Quedamos deplorablemente los mismos disciplinados que éramos. Fue un gesto infantil, de superficie y fingimiento.

Portugal precisa un indisciplinador. Todos los indisciplinadores que hemos tenido, o que hemos querido tener, nos han fallado. ¿Cómo no va a suceder así, si es de nuestra raza que ellos salen? Las pocas figuras que de vez en cuando han surgido en nuestra vida política con aprovechables cualidades de perturbadores fracasaron inmediatamente, traicionaron desde el principio su misión. ¿Qué es lo primero que hacen? Organizan un partido... Caen en la disciplina por una fatalidad ancestral.

Trabajemos al menos –nosotros, los nuevos– por perturbar las almas, por desorientar los espíritus. Cultivemos, en nosotros mismos la desintegración mental como una flor valiosa. Construyamos una anarquía portuguesa. Escrupulicemos en lo enfermizo y en lo disolvente. Y nuestra misión, al mismo tiempo de ser la más civilizada y la más moderna, será también la más moral y la más patriótica.

Fernando Pessoa