Crónicas de la vida que pasa [III]

Notas publicadas por Fernando Pessoa en la columna «Crónicas de la vida que pasa» de «O Jornal»


Columna del 11/04/1915

S iempre que alguien comienza a discutir el carácter del pueblo portugués, se puede adivinar que a cierta altura del análisis dirá que una de las más notables facultades de nuestro espíritu es el exceso de imaginación. Por un azar inexplicable, esta apreciación vulgar resulta justa. Es cierto que el portugués sufre de una imaginación excesiva.

Pero las criaturas de imaginación excesiva están fatalmente enfermas de un defecto; ese defecto es la deficiencia de imaginación.

Esto puede parecer una paradoja a quien todavía crea, ingenuamente, que hay paradojas en este mundo. La aserción, sin embargo, es tan fácil de demostrar que no vale la pena cuidar del modo en que se presenta.

Tomemos un ejemplo conocido. Es el caso de esos literatos modernos que en su obra se entusiasman por los locos, por los vagabundos y por los criminales-natos, o, en grado menos sangriento, por los proletarios “rotos y oprimidos” y otros objetos análogos. Pero todo artista, sino por condición social, es, al menos por temperamento, lo contrario de todo cuanto los locos, los criminales-natos o los proletarios real y verdaderamente son. Sucede, pues, que su simpatía por tales criaturas sólo puede nacer de la violenta necesidad de escapar de los temas del medio en que vive: tanto del medio social, de gente pacata y apenas verbosa, que rodea a los artistas, como del medio, por así decir, nervioso, esto es, aquella disposición refinada y exigente que es la atmósfera espiritual en que el artista vive consigo mismo. Y esa necesidad de salir fuera de la atmósfera psíquica donde respira es manifiestamente trabajo de la imaginación excesiva. Por lo demás, el género literario que esta especie de autores surca –asuntos excesivos, sentimientos exagerados, estilo complejo y doliente–, todo eso confirma que se trata de un fenómeno de excesiva imaginación.

Pero, si colocásemos a uno de estos literatos entre criminales-natos reales, entre verdaderos locos o entre proletarios existentes, condenándolo, no a atravesar ese medio, sino a vivir en él, el desgraciado no huiría solamente si no lo dejasen huir. La misma delicada condición nerviosa e imaginativa, que le provoca el entusiasmo por esos medios, lo haría salir, si en ellos se demorase.

¿Qué explicación tiene este fenómeno? Aquella que de entrada dimos: la deficiencia imaginativa que caracteriza a los imaginativos en demasía. Si al construir en su espíritu una representación clara de esas figuras que lo atraen, el artista consiguiese imaginarlas verdaderamente, con absoluta claridad, tal claridad equivaldría a un ante-gusto de esos mismos medios, y resultaría, desde luego, aquella nausea por ellos que un contacto real causaría.

Toda esta demostración vino a propósito del exceso de imaginación del portugués. Y la finalidad a que vino es la de poder establecer claramente cuál es la terapéutica a aplicar en este caso. Con la demostración que hicimos, dicha terapéutica quedó indicada. Aquí, como en la homeopatía, similia similibus curantur[1], el exceso imaginativo del portugués, que tan dañino le ha sido, sólo puede ser curado mediante una cultura cada vez mayor de la imaginación portuguesa. Educar a las nuevas generaciones en el sueño, en el devaneo, en el culto prolijo y enfermizo de la vida interior, viene a dar en educarlas para la civilización y para la vida. Sobre ser fácil y agradable, el tratamiento es de resultado seguro.

Fernando Pessoa



[1] “Lo semejante se cura con lo semejante” (Nota del traductor)