Crónicas de la vida que pasa [VI]

Notas publicadas por Fernando Pessoa en la columna «Crónicas de la vida que pasa» de «O Jornal»


Columna del 21/4/1915

El proletariado se organiza. Se inauguró hace unos días en Lisboa, la Asociación de Clase de los Monárquicos.

Los obreros manuelistas me merecen la misma simpatía y consideración que los otros siempre me merecieron; y sería, de mi parte, tan cruel como falto de delicadeza hacer referencias menos bondadosas a quien procura ganarse honradamente la vida y, hallando completas las profesiones usuales, se aprovecha de la necesidad de una nueva profesión, y por eso, a veces, la ejerce incompetentemente.

Cuando surgió la industria automovilística, fue preciso crear la clase de los chauffeurs; nadie por cierto, a no ser uno que otro atropellado más plebeyo, se rebelaría contra la impericia inicial de los conductores de automóviles. Estaban aprendiendo el oficio –lo que es natural– y ganándose la vida –lo que es respetable. Después terminaron sabiendo de su arte, y, aunque la mayoría continúe conduciendo mal, el hecho es que son chauffeurs definitivamente.

Pero el criterio de humana tolerancia que se aplica a los chauffeurs –como a todas las otras clases de operarios que el progreso va haciendo necesarias– triste sería que no lo quisiésemos aplicar a los artistas monárquicos, excluyéndolos así, abusivamente, de la gran familia proletaria, a la cual tan dignamente pertenecen.

La mayor prueba de falta de espíritu humanitario sería señalarles los defectos de la obra, como si se tratase de un proletariado con tradiciones. Así, el hecho de que el Sr. Crispim, de la Nación, nunca tenga gracia, no le debe ser recriminado. No la tiene naturalmente. Tampoco nadie nace chauffeur o bailarín ruso. ¿Quién sabe lo que la aplicación y la buena voluntad pueden conseguir? ¿Quién nos dice que no tendremos un día la sorpresa de que el Sr. Crispim se nos aparezca con espíritu?

Lo que acontece con la gracia del Sr. Crispim acontece también, es claro, con el talento del Sr. José de Arruela y la lógica del Sr. Cunha y Costa. Y con respecto a esos otros artífices que se ocupan de las partes más técnicas de la industria monárquica, también el desaliento me parece prematuro. Es el caso, por ejemplo, de mi amigo João do Amaral (no lo particularizo sino para saludarlo), del cual –un santo joven, y hasta inteligente– se ve que, como los otros, todavía no se encuentra a gusto en la tecnología de la clase. Porque la gente ve que aquello de El Rey y Sumo Pontífice es herramienta con la que todavía no saben lidiar. Nos queda siempre la impresión de que hay piezas que saltan en el rodar de aquellos ingenios lógicos, que hay rebordes, holguras y otras cosas feas en estos engranajes de la dialéctica integralista.

De los otros defectos que la clase ostenta –la falta de cultura, la precipitación en las conclusiones, la frecuente grosería en los ataques – sería casi innoble hablar, dado que tales siempre han sido, en todas partes, las infelicidades de origen de las agremiaciones plebeyas.

Fernando Pessoa


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